26 de septiembre de 2021, 6:34:45
Opinión


Mileurismo: la tomatina del fin del verano

David Felipe Arranz


El ministro de Fomento hace unos días noqueaba a los españolitos, que apuraban la paella en la playa y se daban crema, anunciando que el Gobierno estudiará la posibilidad de gravar las rentas más altas –no sabemos dónde están, salvo en esa metáfora callejera de las millas de oro– con una subida de impuestos. Aquellos chalados en sus locos cacharros, pero no embutidos en elegantes trajes de aviadores: cabríos y almizclados. El Ministerio de Hacienda acaba de sobresaltarnos con un dato para tomar con las garrapiñadas y los algodones de azúcar de las fiestas de las vírgenes de agosto –ya sólo se las localiza en la canícula–: que seis de cada diez ciudadanos de los que habitamos este país perciben una renta que casi no alcanza los 1.000 euros brutos mensuales. Los inspectores del fisco han hecho un recuento tardoveraniego y de cuchufleta y nos agarran de las solapas estivales: nuestro salario es un 34% más bajo que la media de la Unión Europea, cuya presidencia de turno –no sabemos si el turno de la calle Montera– ocuparemos en 2010.

Yo no veo a nadie protestar, más allá del espeto andalusí de “pescaíto” y la sangría de verano. Y qué mal va el país, oiga; Pepe, mañana hay que llevar a mamá a ver las olas. Que España es así, el país del runrún básico y primigenio. Tampoco me parece mal sablear a los ricos, si es que de eso se trata, que lo son porque hay una inmensa mayoría de gente pobre que arrastra su rostro ajado contra el polvo del camino. Y si la oligarquía política y esta peste partitocrática que hiede deciden nuestra cotidianidad van a poner a los capitalistas contra las cuerdas, me apunto el primero a sacudirles. Pero me da la sensación de que, una vez más, serán las clases medias, esas que no escapan del mileurismo –que es un milenarismo del pobre–, las que salgan perjudicadas. Porque a poco las rentas que lleguen a los 1.000 van a denominarse “altas” por algún ingenio gubernativo. Tiempo al tiempo.

Mientras se filtran sumarios, se acusan de acoso y se pretenden impunidades para presuntos corruptos que llevan esposados y no aguantan el flash del fotógrafo –que se me estropea el cutis–, el final del verano del Dúo Dinámico de Zetapé y Rajoy ha llegado envuelto en la tomatina de Buñol, que son más de 120.000 kilos de hortaliza por la alcantarilla mientras los niños de los países en vías de desarrollo se mueren de hambre. No me hable de mover mis tradiciones, que soy muy etnocéntrico, oiga, y lo del tomate espachurrado en la cara me llega al alma. A los rostros de etarras pintados en las paredes de Lekeitio nadie les pega un chicle. En Lliria se lanzan merengues, que es más metrosexual.

Siguen cerrando diariamente 500 empresas y ante el embotamiento generalizado, la oposición, que es cada día más crepuscular y dispara a bocajarro sin apuntar, busca espías debajo de las baldosas; al Gobierno, con un déficit público y un déficit exterior de gigante sobre sus espaldas de galgo, se le astillan ahora las costillas del Estado de Derecho con un Estatut catalán amenazante y chillón, que llega el otoño. Nos tomamos un salario congelado de primero, de piscifactoría, ¿hace? De esos que los recursos humanos dispensan con una sonrisilla maquiavélica. En las saunas del hemiciclo retumban los martillos de herejes de los “zetapés” y los “rajoys” y los bañistas ven a los púgiles en la tele del chiringuito:

Pero, oiga, que los ministros son, se supone, los mejores políticos y más cualificados… Y saben mucho del Estado.
Del Estado parece que poco, pero de confrontación conyugal y zapatillazo, mucho. Que lo de estos dos parece un matrimonio mal avenido.
No sé si “buñolearme” o “tomatinarme” este ocaso del ferragosto pegajoso, pero como la salida de la recesión es sine die, me apetece leer a Ortega, cuando para definir la estructura de nuestro mundo en El hombre y la gente escribió aquello de que lo que propiamente nos es presente no son las cosas, sino la “resistencia deslizante del líquido”. Y, sin él saberlo, el filósofo genial había definido el mileurismo: los euros que se deslizan como agua por banasto.
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