15 de diciembre de 2019, 20:29:39
Opinion


Italia: ¿qué hacer con tanto dinero?

Andrea Donofrio


En Italia, la pasada semana, un afortunado acertante se hizo con el máximo premio de la lotería jamás concedido en Europa, ganando un total de 147.807.299 euros. Durante algunas semanas, el juego del Superenalotto se ha convertido en una “droga” para los italianos, con largas colas en los estancos, mientras la gente no hablaba de otra cosa que no fuera qué haría con tanto dinero en caso de victoria. La posibilidad de ganar un premio millonario mantenía al país en jaque y la fiebre por el juego había traspasado incluso las fronteras hasta el punto de que turistas de toda Europa viajaron a Italia sólo para probar suerte (el periódico alemán Bild fletó un Airbus para acompañar 140 lectores a comprarse un billete de lotería).

Como ya explicamos en otra columna, el Superenalotto es como la Lotería Primitiva española pero con una probabilidad de ganar mucho menor ya que se trata de una entre 622 millones mientras en el juego español es de apenas una entre 14 millones: se eligen seis números del 1 al 90 y si se aciertan todos, se gana el bote entero. Pese a su dificultad, el síndrome del juego ha alcanzado dimensiones alarmantes y el intento de ganar el rico bote del Superenalotto ha enloquecido al país entero: bien se sabe que el incremento del juego es proporcional al empeoramiento de la crisis económica y la victoria de un premio millonario se presentaba como el “antídoto a la italiana” contra la crisis. Por eso, en los últimos meses, el volumen de apuestas nacionales ha crecido casi un 20%, creando un mercado en ebullición y un pueblo cegado por el juego. Mientras tanto, el verdadero ganador es el Estado Italiano, ya que la Sisal, la impresa que gestiona el sorteo, ha ingresado en lo que va de año unos 800 millones de euros.

No sólo se presenta el juego como solución a la endémica crisis económica italiana: el fenómeno debe ser contextualizado en un país como Italia aficionado al juego en el que existen teorías cabalísticas y de interpretación de sueños para la lotería. Según la tradición napolitana, a cada imagen, elemento o evento soñado le corresponde un número. La smorfia, cuya tradición está ligada indisolublemente a Nápoles y cuyo nombre se asocia a Morfeo, dios de los sueños, traduce las sugerencias oníricas en números para la lotería. Así por ejemplo, si durmiendo, se te aparece la virgen tendrás que apostar por el 8, si es una mujer desnuda por el 21, si sueñas con Maradona deberás jugar al 10, el 90 por el miedo, 48 por el muerto que habla o el 87 por los piojos. Sin embargo, la codificación no es tan fácil, previendo variantes dependiendo del contexto: si por ejemplo, al caerse le corresponde el 56, si se cae en el mar cambia al 43, mientras si cae al suelo habrá que jugar al 22. Y lo mismo vale para “jugar”, numero 79 de la smorfia, ya que si se juegan los caballos es 81, al lotto 33, al fútbol 50 o con las cartas 17. Casi peor es soñar con los carabinieri cuyo número varía según sus grados, sus vestidos, su función.

Como todos los italianos, yo también me he preguntado que hubiera hecho en caso de victoria del premio. Creo que en primer lugar, optaría por comprarme una villa en Cerdeña, donde organizaría fiestas que provocasen la envidia de más de uno o, mejor, ¡sobre todo a uno! Quizá un equipo de fútbol o un lateral izquierdo para mi equipo del corazón me daría más satisfacción. O simplemente invitaría a Monica Bellucci a cenar conmigo en un lujoso restaurante, encendiéndome habanos con billetes de 10 euros y bebiendo licores de marca. Sin embargo, mi educación judeo-cristiana y mi formación filantrópico-altruista, me empujarían a actuar por el interés del país -olvidado frecuentemente incluso por quien nos gobierna. Por eso creo que en primer lugar, habría construido estructuras educativas en el Sur de Italia, creando, en esta manera, una alternativa al sistema mafioso dominante en las ultimas décadas y empezado así la obra de “saneamiento” socio-económico del área; luego creo que destinaría parte de los fondos necesarios para reconstruir la región de Los Abruzos, ya que sus habitantes siguen de camping y las promesas del gobierno en el aire. Una parte del premio la invertiría en Pompeya para que las ruinas no sigan arruinándose y en otras maravillas arqueológicas italianas abandonadas por el Gobierno y poco valoradas. Siempre en el interés nacional, utilizaría un porcentaje del premio para mejorar las finanzas municipales de muchas ciudades pequeñas que sufren los recortes gubernamentales o para ayudar a muchas de las familias forzadas a reducir su jornada de trabajo y abandonadas por los sindicatos a su destino. Sucesivamente, podría lanzar una OPA, oferta pública de adquisición, por Mediaset, la empresa de Berlusconi dedicada a la comunicación televisiva y cotizada en la Bolsa italiana, cuya compra, rentable económicamente, me hubiera permitido substraerle el monopolio de los medios de comunicación y podría representar un viático para la Presidencia del Consejo. Además, poderle dar un disgusto al Cavaliere, no tiene precio… Sin embargo el premio ya ha sido ganado por un afortunado y a mi me toca volver a la realidad, a ryanair y e-bay.
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