24 de enero de 2020, 13:00:41
Opinion


Mejor olvidar que reñir

Enrique Arnaldo


Alesund es un municipio pesquero de unos 40.000 habitantes que se alarga sobre un archipiélago frente al Mar de Noruega, en el centro del país escandinavo más próspero. Como otros pueblos costeros fue considerado estratégico por las tropas nacionalsocialistas que invadieron el país el 9 de abril de 1.940, y como otros pueblos fue destruído por la sangrante guerra que tuvo lugar en esta parte de Europa tradicionalmente pacífica.

Aunque menos literaria y con menor grandeno que la francesa, la noruega –encabezada por el Rey Hakon VII- apoyada por los británicos, logró efectivamente ser una pesadilla para los nazis y, en concreto, para su Armada establecida en el condado de More og Romsdal, cuya capital es precisamente Alesund.

En el monte Aksla, a 189 metros sobre el nivel del mar, que domina Alesund, se descubrieron hace algo más de veinte años 150 kilómetros de galerías subterráneas en las que se ocultaban los héroes anónimos que combatían a la desesperada a las tropas del general Böhme. El hallazgo no fue únicamente de aburridos y elementales túneles. En pocas semanas se contabilizaron dos docenas de cadáveres y la pequeña comunidad de Alesund vió removidos sus recuerdos.

Tras una rápida consulta, el Ayuntamiento (la Kommune) hizo suya la posición de la inmensa mayoría de los ciudadanos y abortó los trabajos. Los noruegos decidieron no remover esqueletos ni azuzar rencores ni enfrentamientos (recordemos que hubo en aquel tiempo un partido de la misma ideología hitleriana, Unidad Nacional de Noruega, dirigido por Vidkin Quisling). No desearon excavar en la olvidable historia ya almacenada en el disco duro. El tiempo había hecho su trabajo y había curado heridas y traumas. Los muertos estaban muertos y Noruega miraba al futuro con los ojos limpios. Superaron las lágrimas del horror y se hicieron fuertes para edificar un envidiable Estado del bienestar, temeroso aún de la burocracia bruselense. Su bandera de fondo rojo con la cruz de San Jorge preside cada casa, como símbolo vivo de su identidad y vertebración pero también de su firme voluntad de no perder ni tiempo ni energía en reabrir tumbas.

No creo que Noruega esté en el G-8 ni tampoco en el G-20. Ni pienso que le haga mucha falta. Mira con seguridad austera hacia el futuro. Ahuyentan los fantasmas del pasado porque confían en sí mismos. El innato pragmatismo de los noruegos les hace huir de banderías y de bandazos.

Igualito, igualito que nosotros.
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