24 de septiembre de 2021, 11:12:45
Opinión


Suenan, pero no disparan

José María Herrera


Estas son las palabras con que uno de los energúmenos de Pozuelo azuzaba a sus compinches mientras embestían a la policía. Palabras precisas, de una exactitud terrible, respuesta anticipada a la pregunta que ahora se hace la sociedad española. ¿Ausencia de valores, incuria paterna, fracaso del sistema educativo? De todo un poco, sin duda, pero sobre todo lo que dijo el energúmeno, las pistolas suenan, pero no disparan, o lo que es igual, los actos no tienen consecuencias, la responsabilidad no existe, ancha es Castilla.

Lo nuevo en todo esto no es el gamberro, sino que la gamberrada se haga a costa de la policía. Entre burlar a la autoridad y burlarse de ella hay una distancia inquietante. En cualquier sociedad sana la respuesta sería categórica. Aquí no. En vez de respuestas, surgen preguntas. Una parte de la sociedad permanece como sonámbula, convencida de que los males que padecemos son secuelas del pasado, esa torva tradición que debemos erradicar. ¿Cómo es posible que la generación mejor preparada de la historia española se conduzca de semejante manera?

La generación más preparada. ¿Qué autocomplaciente visión de la realidad anida bajo esta creencia? Nuestros jóvenes quizá sean la generación más tatuada de la historia, o la más noctámbula, pero: ¿la mejor preparada? No diré que entre las nuevas camadas celtíberas no haya tipos excelentes, capaces de hacer cosas positivas y valiosas, con una preparación superior a la de sus progenitores, pero el nivel medio, ese que se refleja en el fracaso escolar, la insolvencia profesional, la falta de inquietudes intelectuales o el gregarismo, en sus múltiples variantes, desde la pintada al botellón, es manifiestamente bajo, preocupantemente bajo, y hay que estar ciego para no verlo.

¿Padece la sociedad española la misma ofuscación con sus jóvenes que muchos padres con sus hijos o se trata de algo todavía peor y lo que aquí ocurre, quizá por haber recorrido demasiado camino en poco tiempo –de ser la reserva espiritual de Occidente a encabezar la vanguardia del nihilismo mundial-, es que hemos perdido el sentido de la realidad?

A nuestra juventud no parece complacerle demasiado el mundo en el que existe (de ahí su compulsivo deseo de evadirse), aunque tampoco muestra el menor deseo de cambiarlo. Sus actitudes fundamentales, pese a estampidas como la del otro día, típicas de cualquier manada, son la docilidad y el anonadamiento. El sistema da la impresión de ser para ellos una fatalidad natural y su ideal, si tiene sentido emplear esta palabra, la mera integración en él, mejor aún, el parasitismo, algo a lo que en buena medida se han visto abocados por la actitud vital de sus padres, una generación que ha crecido con la democracia, el desplome de las ideologías y el sueño del bienestar. Pese a su aparente modernismo –el gobierno Zapatero es la expresión pública de la mentalidad hegemónica entre las personas que hoy tienen entre treinta y cinco y cincuenta años- lo característico de esta generación es el regreso constante a lo ya superado (leyes de igualdad, memoria histórica, anticlericalismo, nacionalismo) como si su único proyecto, aparte la gestión de los recursos, fuera liquidar las cuentas pendientes de las generaciones anteriores.

En este contexto, el declive de los conceptos de autoridad y excelencia era cosa cantada. Un ejército de cerebros esclerotizados por la falta de expectativas espirituales y sociales ha vivido y sigue viviendo en la sugestión de que una libertad sin restricciones es lo mejor para que prosperen las cualidades humanas. Los hechos demuestran que no es así.
Por esa vía se llega al señorito satisfecho, al hombre-masa, no a la libertad, que es también asunción de las propias cargas. La lógica consecuencia de no querer entender que todas las cosas están amenazadas siempre de involución y retroceso es ignorar que para salvar lo ganado hay que poseer todo cuanto lo hizo posible, desde la disciplina al conocimiento de la tradición. Luego pasa lo que pasa.

¿Cómo hemos llegado a esto? Ortega lo explicó hace ochenta años con claridad deslumbrante. Basta con repasar La Rebelión de las Masas, libro que no han leído los jóvenes de la generación mejor preparada de la historia de España y tampoco los necios que ahora se ufanan de ella. A estos últimos, responsables máximos de la deriva social de nuestro país, les pasa con la verdad lo mismo que a las pistolas de la policía: suenan, pero no disparan, y si lo hacen nunca es a la diana, sino a las nubes, lugar donde suelen cazar sus ideas.
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