18 de septiembre de 2021, 18:46:34
Opinión


¡Quiero ser como Berlusconi!

Andrea Donofrio


Esta semana, en una entrevista matutina, en una de sus tres cadenas privadas, Berlusconi ha recordado que su elevado consenso entre los italianos depende de un hecho fundamental: “en el fondo, la mayoría de los italianos querrían ser como yo”, añadiendo que “se reconocen en mí y aprueban mi comportamiento porque saben que Berlusconi no roba y no utiliza el poder para su beneficio personal”. Reconozco considerar creíble la primera afirmación, la segunda, retórica mentirosa. Efectivamente, Berlusconi se presenta como un ganador, un vividor, un triunfador, un follador, en síntesis una persona que sabe gozar de los placeres de la vida; un hombre rico, rodeado de chicas guapas, diosas en carne y hueso, dueño de un equipo de fútbol, multimillonario, plurioperado, omnipotente.

Pues si, como a todos los italianos, a mí también me gustaría ser como él. Me gustaría llevar su estilo de vida, y ¿a quien no? A todos nos gustaría tener un amigo (el Sr. Tarantini) que nos presentase cada día una amiga nueva, conociendo, además, los “gustos en materia” (“vestida de negro con traje corto y poco maquillaje”); a todos nos agradaría que alguien nos organizase banquetes erótico-festivos (en total 18 fiestas en el palacio Grazioli, en Villa Certosa y reclutó a un total de 30 prostitutas y vedettes); a todos nos encantaría poseer un equipo de fútbol; a todos nos gustaría gozar de la inmunidad judicial, de poder cometer cualquier crimen y culpar a los demás; a todos nos apetecería mandar un país como si fuera un juguete, el monopoly y también ser el dueño de un imperio mediático y económico, el cuyo dinero para construirlo sale de…bueno, a ver si nos denuncia.

Mientras tanto, resulta evidente que Berlusconi vive una etapa de deriva personalista, autoritaria y populista, caracterizada por los ataques por el control mediático nacional “total” y en contra de su aliado más próximo y ambicioso, Gianfranco Fini, presidente de la Cámara de Diputados, culpable de “osar salir del coro” y, sobre todo, posible alternativa política al berlusconismo. De ahí que la estrategia del Cavaliere es evidente: negar la existencia de los problemas (“no hay crisis económica en Italia”, aunque, a los pocos días, en una de sus autocelebraciones cotidianas afirmaba “la crisis ya ha terminado), restar importancia a los asuntos (sobre todo si están relacionados con él), inculpar a izquierda y comunistas de cualquier disfunción nacional o tacharla como herencia de pasadas gestiones políticas, crear una confusión permanente entre ficción y realidad y, finalmente, gobernar a través de leyes promulgadas por el Consejo de los Ministros (más del 90%), evitando, en este modo, la discusión y el debate sobre tema de fundamental importancia dentro del hemiciclo parlamentario. De esta misma manera, Berlusconi está consolidando una “democracia guiada”, donde sus poderes se acomodan a sus necesidades, las leyes a sus intereses y alimenta en el país el deseo imitador de “quiero ser como él”.

Sin embargo, los periódicos extranjeros empiezan a anunciar “el inicio del final de una era” (el Times hablaba de una “Roma en llama, mientras su Nerón toca la lira”): espero que no, si no ¿de qué voy a escribir las próximas semanas? Sin Berlusconi no hay columna. Berlusconi es una persona inapropiada para mandar cualquier país y, sobre todo, a Italia, teniendo en cuenta su cultura y su pasado: es una cuestión de estilo, de elegancia y de capacidad política (hay cosas que no se aprenden y hay gente que nunca aprende). Tomamos como ejemplo la cumbre bilateral con España: su respuesta fue una mezcla de egolatría y de humor machista, con algo de “amenaza final”. Pero, eso no quiere decir que Italia sea un país degenerado y en degeneración, aunque siempre merece la pena recordar que Berlusconi no es la causa del problema, sino una consecuencia de la actualidad italiana. Preocupa que el Egócrata, el Papi, el Sultán se haya convertido en un modelo social. Mientras la izquierda sigue desaparecida (¿alguien allí se está preparando para construir una alternativa, un post-Berlusconi tan necesario como deseable?), él no pierde su sentido del humor, un mixto de machismo (“¿cómo podía el primer ministro de Italia, la patria de Casanova y de los playboys, criticar a las ministras?”) y mal gusto, con el tono triunfalista de siempre. Y, en frente a un Zapatero perplejo (y podía exteriorizarlo más), se autoproclamaba como “el mejor presidente que ha tenido Italia en sus 150 años de historia”. Obviamente, discrepo de su retórica (¡nunca pensé que se podría echar de menos a Andreotti!), pero sí, reconozco única su capacidad para encarnar los deseos de los italianos.

Ps. Pensaba en como evoluciona la historia: antes las grandes figuras, generales o comandantes anhelaban conquistar el mundo, tierra, fama y riqueza. Hoy en día, para este Conquistador moderno, ¡la máxima ambición es cazar una virgen!
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