7 de mayo de 2021, 20:15:52
Opinión


Alegrías furtivas en Guadalajara

José Suárez-Inclán


Los entendidos en materia taurina desprecian, por lo general, la mayoría de las plazas de toros y, de paso, los carteles y festejos que en ellas se dan. Por muy nombrado que sea el ganado y más afamados que sean los diestros. Los entendidos en toros declinan ir, por ejemplo, a Guadalajara; es más, lo tienen a gala, como parte de la pigmentación de su curtida piel taurina, o como uno de los cursos elementales de su doctorado en ciencias taurómacas. “¿Yo a Guadalajara? Vamos, ni regalao”, suelen decir, con media sonrisa entre despectiva y furibunda, cuando se les insinúa si irán a la feria. Es consustancial a su categoría. Ni siquiera la cercanía a la capital del reino parece aliciente eficaz para aguijonear su afición, antes bien, actúa como agravio comparativo, lo que no es óbice para que alardeen de asistir a ciertas cercanías, como a las muy serias corridas de Colmenar, a la Pamplona chica de San Sebastián de los Reyes, o a estrenar la temporada en los fríos serranos de Valdemorillo. Pero eso es otra cosa. Los aficionados, por el contrario, acuden con alegría a cualquier plaza, una alegría relativa y tolerante, condicionada por la cachaza y la resignación de quienes ha visto de todo, de quienes saben cómo están las cosas. Incluso en los cosos capitolinos. No se debe confundir nunca a los entendidos con los aficionados. Un aficionado sabe lo que es una plaza de 2ª o de 3ª. Y es capaz, si las circunstancias vienen benignas, de disfrutar en una portátil. Un entendido sólo está interesado en las plazas de 1ª. Como norma general, para el entendido el resto de las plazas no existen. Y como norma particular, las de primera, tampoco.

Así que jamás ocuparán una localidad en el coso del paseo de Las Cruces de Guadalajara. Aunque les contemos que una vez, en aquella misma plaza, vimos a Antoñete ir a acariciar el lomo de un toro recién echado con el que acababa de romperse a muletazos, que esa misma tarde se estiró Curro Romero como solo él sabía hacerlo y que en la misma arena terminó por embraguetarse, con excelso clasicismo, Frascuelo. Da igual: ellos allí no van. Y es una pena. Porque parece que pronto derribarán la plaza, y con ella se irán algunas de las alegrías que iluminaban las fiestas preotoñales de la ciudad. Alegrías tímidas, de luces cambiantes, como corresponde a las que superan el ecuador de septiembre. Porque hay alegrías que saltan como sorpresas de feria, incluso tras los muros sombríos del 57 que albergan las gradas y tendidos de la plaza alcarreña. Con ese gozo sorpresivo desorejó el rejoneador sevillano Diego Ventura a sus dos toros, se destapó el alcarreño López Bayo ¬¬—sustituyendo a Hermoso, nada menos — y toreó, clásico y campero, Fermín Bohórquez. La movilidad de aquellos Tornays no tuvo continuación en los Murubes salmantinos de El Capea, que salieron afligidos al día siguiente. Y aún así saltaron alegrías en las muñecas firmes de Manzanares frente al 5º, sobre todo al poner el puño en la misma yema en la estocada. Y volvieron a saltar en la faena templada y bien compuesta de Cayetano al tercero, el único de la tarde que secundó el paso artístico de las telas del torero. Sorpresivas alegrías, finalmente, en los toros blandos y disciplinados de Parladé, en tarde de brisa grata y frescor crepuscular, con el Juli dominador y valiente de siempre y con el Fandi de siempre: el que levanta el corazón popular de las plazas con los palos, el que guarda, con simpar oficio, saberes ocultos entre percales y franelas, el que corta tres orejas y abre puertas grandes. Alegrías furtivas en la plaza envejecida de Guadalajara.

Hay personas que son viejas desde que nacen. Parecen lastradas por el peso de la tristeza y la melancolía y, aunque la vida les preste los mismos altibajos que al común de los mortales, incluso en ¬¬las ocasiones más felices, los triunfos esporádicos, o los inevitables momentos de gloria, parecen olfatear lo inútil de toda satisfacción, la fatuidad que espera tras las puertas del regocijo; en fin, la presencia del destino, cuyo final inexorable es de todos conocido. Es como si la sombra de la destrucción y de la muerte siempre estuviese ahí, aletargada, pero no dormida, y mantuviese sus cuerpos en un permanente estado de abatimiento, alertados frente a la vida, desamparados ante el latido de la ilusión. Hay edificios a los que les ocurre lo mismo. La plaza de toros de Guadalajara, escondida en una herida del lánguido paseo de Las Cruces —inscrito en los carteles como calle del Doctor Fernández Iparraguirre— es uno de ellos¬. Nació endeble y morirá pronto. Pero durante la feria, bajo un cielo rasgado inenarrable, las peñas cantaban mejicanas. Y la chica ye-ye. Y los toreros abrían la Puerta Grande. Como cuando se estrenaba la plaza.
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