7 de diciembre de 2019, 16:07:57
Opinion


Flavio Briatore y el Crashgate. ¿Qué tendría que hacer Alonso?

Alicia Huerta



Un verdadero culebrón, bautizado en la prensa británica como Crashgate, en el que no falta ninguno de los personajes truculentos que debe haber en cualquier trama de intriga que se precie. Tanto es así, que estoy segura de que ya debe andar por ahí algún avispado guionista sentado frente al teclado para escribir una historia cinematográfica que narre las oscuras maniobras por la victoria y el poder en el mundo de la Fórmula 1. Un mundo, que, con todo ese lujo y glamour que exhibe en la galería, está, en realidad, plagadito de mierda hasta las cejas.

El primero en entrar en escena fue el “pentito”, es decir, el arrepentido, un término que se hizo muy famoso en los años 80, cuando algún mafioso que quería dejar de serlo, pero librándose del castigo de las autoridades, hizo lo que hasta ese momento parecía impensable: colaborar con la justicia y largar, sin omitir nombres ni hechos concretos, sobre lo que pasaba en las profundidades de los clanes sicilianos. Está claro, que aquí el “pentito” se llama Nelson Piquet Junior, que ha actuado más por venganza que por otra cosa, pero que, por supuesto, y como cualquier otro arrepentido, ha llegado a un acuerdo con la justicia para garantizar su inmunidad. Otra cosa será ver quién es el guapo equipo que se atreve a contratar a lo que yo llamo finamente “pentito”, pero al que muchos otros verán, simplemente, como un chivato. Aunque como yo ya me creo cualquier cosa, tampoco me extrañaría que fuera la mismísima Renault la que se convirtiera en su próxima escudería.

Después está el “mafioso” en cuestión que se ha sentado en el banquillo. Mr Billionaire, el play boy más sobrado de carnes y de bronceado de la historia. Flavio Briatore ya sabe bien de qué va esto de los castigos cuando se camina siempre al borde del precipicio. Condenado a cárcel en Italia, vivió exiliado una temporadita hasta que una amnistía le permitió volver a casa y hacerse mucho más millonario y, de paso, famoso. De modo que no creo que se quede de brazos cruzados ante su crucifixión y tampoco dudo de que reaparezca cual ave fénix resurgido de sus cenizas, entre lentejuelas y brillantina.

No nos olvidemos tampoco del “capo di tutti i capi”, es decir del jefe supremo de la Fórmula 1, Max Mosley, que, antes de terminar su mandato el próximo mes de octubre, tenía muy claro que se llevaría por delante, sí o sí, a Briatore, a quien se la tenía guardada públicamente, entre otras cosas, por sus comentarios más que críticos cuando aparecieron las fotos de Mosley en plena orgía sadomaso con ambientación y vestuario indiscutiblemente nazi.

Tenemos, incluso, a un Mister X, la garganta profunda que ha acabado por cavar la tumba de Briatore, que, a partir de ahora, verá las carreras desde el sofá de su salón. El testigo protegido, que debía estar agazapado en algún rincón esperando a que llegara el momento justo para sacar de la caja fuerte esos documentos definitivamente probatorios del accidente amañado en Singapur.

Pat Symmons sería el malo al que le ha podido un ataque de mala conciencia cuando todo se ha descubierto y que sólo se ha llevado cinco años de suspensión, porque ha tenido la “decencia” de pedir perdón con una carta que, encima, hace más profundo el hoyo en el que ha caído su ex jefe en Renault.

¿Y Alonso? ¿Qué me dicen de Alonso? Aquí en España, no se ha dicho mucho, sólo que está plenamente probado que el piloto asturiano no sabía nada del impactante tongo. Pero, fuera, sobre todo en los países donde con más efecto ha caído la bomba, Italia y Gran Bretaña, opinan que, en todo caso, al haberse demostrado que la carrera fue amañada, se debería anular su resultado.
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