20 de enero de 2021, 18:21:06
Opinión


Septiembre: la vuelta al cole. I. Autoridad

José Lasaga


Lo primero, aplaudir sin reservas la iniciativa del gobierno de Esperanza Aguirre al anunciar que presentará un proyecto de ley de “Autoridad del profesor” para aumentar la protección legal de los profesores cuando en el curso de sus funciones docentes sean objeto de agresión por parte de los alumnos o, sobre todo, de sus progenitores. Aplaudirla sin reservas, aunque no sirva de gran cosa porque no llega al fondo de la cuestión. Ninguna ley podría hacerlo, pues cuando los tribunales entran en juego ya hemos salido del ámbito escolar y puede decirse con toda seguridad que el fracaso sustanciado en la imposibilidad de que profesor y alumno se entiendan, se ha consumado.

Lo segundo, reconocer que el ministro de educación, Ángel Gabilondo tiene razón cuando en unas declaraciones se quejaba de que Esperanza Aguirre haya tomado la iniciativa de promover la citada ley fuera o al margen de un futuro pacto educativo. La cuestión de la autoridad legal y espiritual del profesor es tan compleja que lo ideal fuera que la legislación que se cree tenga un alcance nacional. Pero tendremos ocasión, y pronto, de saber si lo dice con la boca chica de ministro de su partido. Nada le impide asumir la iniciativa puesta en marcha por el gobierno de la Comunidad de Madrid y consensuarla con el resto de las autonomías. Quizá no sea un mal comienzo para iniciar el largo camino de negociaciones para el ahora tan publicitado y deseado “pacto educativo”.

Dije antes que el escudo legal que la nueva ley va a proporcionar a los docentes no toca el fondo de la cuestión. Es una obviedad. La autoridad que encarna un profesor en el aula es mucho más compleja pero también más sutil que la que encarna un policía en la calle, un juez en el tribunal o un sacerdote en su iglesia. No tiene uniforme ni distintivos de autoridad. Ha de estar en el espacio cerrado de su aula durante el tiempo que dura su clase y así muchas horas a lo largo del curso. Tiene enfrente, o en su derredor, a un grupo de chicos y chicas, con algunos rasgos –edad, grupo social, nivel económico, por ejemplo—comunes, pero únicos y diferentes en todo lo demás, interactuando en el pequeño microcosmos de su clase. Y tiene que dirigirse a todos por igual, a todos tiene que mirar, escuchar, atender y comprender. No puede tener simpatías ni preferencias. Por todos tiene que hacerse oír y... respetar. El curso es muy largo pero todo queda decidido en las primeras semanas de clase, por no decir los primeros días. Cualquier profesor un poco experimentado sabe esto: que tiene que componer su figura de autoridad en las primeras horas de convivencia (permítaseme la exageración). Y también sabe que lo puede tener muy fácil o muy difícil según la “leyenda” que le preceda. Cuando entra en el aula el primer día de clase, “ellos”, sus futuros alumnos, ya se han informado: éste quien es, qué manías tiene, es colega o es sieso... de qué va. Y el profesor está inerme frente a esa leyenda suya que con toda probabilidad ignora, que puede contener elementos de realidad pero que también puede ser fruto de la imaginación, del azar, cuando no de la maledicencia calculada.

Aunque no creo que sea frecuente, hay profesores que tienen perdida de antemano la batalla de la autoridad antes de darla. Pero afortunadamente, la mayoría tenemos opciones. Podemos seguir unas estrategias u otras para conformar nuestra imagen en el drama, quizá mejor, melodrama y a veces comedia, de la convivencia en el aula. Y no hay muchas opciones, aunque sí infinitas variantes que oscilan entre los dos polos del dilema: o se compone la figura de autoridad según sus atributos: distancia hacia el alumno, cierto misterio, exquisita corrección en las formas, uso distanciador del lenguaje basado en el empleo del “usted”, reglas claras de convivencia de aplicación enérgica, sin excepciones. O se compone la figura de lo que hace muchos años se llamaba en Málaga “el profesor perita”. La expresión proviene de que en los ochenta el término “perita” se usaba para todo lo que estaba bien y resultaba agradable. Es como el término “guay” que aún emplean los jóvenes. Pues bien, el profesor guay o perita se dirige a sus alumnos con un mensaje esencial: “quiero ser tu colega. Aunque no seamos iguales porque yo te doy clase –qué fastidio—; pero eso no tiene que ser un problema. Me voy a enrollar, tío. Podemos jugar al fútbol o a la play station. Y podemos comunicarnos por internet. Pero tú también tienes que enrollarte, traer el libro a clase, no armar mucho follón, y hacer los ejercicios y estudiar un poco para que yo te pueda aprobar”.

Cada uno de los modelos que he descrito son ideales estilizados que por tanto no se dan en la realidad. En la realidad se dan todo tipo de mezclas oportunistas y combinaciones asombrosas. Al fin y al cabo, cada modelo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Pero más de un lector sin experiencia escolar se asombrará cuando lea a continuación que el tipo de profesor más apreciado por el alumno es el primero y que el estudiante, incluido el que suspende mucho, termina despreciando al profesor-perita. Esa es la palabra: desprecio. Aunque se aproveche de él. Y es que los jóvenes mantienen intacta su capacidad de juzgar la realidad social correctamente. En contra de lo que tanto se repite estos días, no carecen de valores. Están tan bien informados acerca de ellos como cualquier adulto de su entorno. Lo que pasa es que oyen decir a esos mismos adultos que no valen los valores y que cuando no cumples las reglas no pasa nada. Y también saben, aunque no les guste, que enseñar y aprender es una actividad que acontece, cuando acontece, entre personas diferentes que se reconocen y respetan en sus diferencias y que unas mandan y otras obedecen.
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