6 de mayo de 2021, 20:18:34
Opinión


Tarde de toros en Barcelona

José Suárez-Inclán


Plaza Monumental de Barcelona. Segunda corrida de la Feria de la Merced. Quizá penúltima de su historia. Toros de Victoriano del Río, nobles, con fondo y buen juego, excepto el 3º, que dudaba y el 6º, que manseó. Notables 1º y 5º, bravos y nobles. Juli (2 orejas) y Manzanares (4 orejas) salieron en hombros por la Puerta Grande; Cayetano, saludó en ambos.

Se hizo un minuto de silencio en los 25 años de la muerte de Paquirri. Un cuarto de siglo. Su nieto miraba al frente, a la media plaza de la afición melancólica, herida, agonizante de Barcelona, que aplaudía, desbordados los dolores y la emoción, al ruedo donde accionaban los areneros, hasta que los tres toreros, sincronizados con las monteras, salieron al unísono a saludar. Un paisaje de antes y después de la batalla.

En el 1º gana El Juli terreno, verónica a verónica, en septiembre perfecto. En la azotea de una torre, antenas y repetidores recogen en silencio los últimos oles de Barcelona, los transmiten, impotentes, al mundo y se hacen gritos y palmas crispadas en el garbo de las chicuelitas y en el brindis. “¡Vamos, guapo!” Toreo guapo el de Julián, que muletea sin un pase de más ni uno de menos, distancia justa, medida milimétrica, cálculo infinitesimal, física cuántica. Sabiduría, precisión, derroche del torero ante un gran toro que, con naturalidad de paseante, estallaba Barcelona. Sentí los trenzados y circulares finales porque no exigía estrambote tan hermosa métrica. El público no. Ni el toro, que recibió un espadazo a ley en lo alto y murió en segundos. Pero el presidente, amante del arte, solo dio una oreja.

Quería Manzanares mecer la verónica y lo hizo con empaque, el percal algo plano, como los grandes muleteros. Y así, muleta planchada, despaciosa y bien compuesta, denso el paso, bien corrido el brazo, andaba toreando el diestro hasta el platillo, donde dio, a derechas, una serie de puro toreo clásico. Y luego otra, armoniosa, de sabores eternos. Y otra… Reventaba la plaza hasta las cúpulas y las paellas de las antenas repetían: ¡ole… ooole… oooole…! Hasta la música sonaba con emotiva discreción. Hubo un redondo tan perfecto que el matador, mudo de asombro, se fue a por estoque -¡Torero!, se oyó- dibujó dos trasteos para cuadrar, y enterró el acero.

Cayetano, azul ultramar, mucho oro, brazalete negro, se fue, como correspondía, a homenajear a su padre a porta gayola. Pero el público le aplaudió en el camino y se distrajo a saludar. Se le juntaban muchas responsabilidades a Cayetano. Y aquello lo abrumó y lo retrajo. También los toros; fue peor lote, pero no tanto. ¿Por qué se enardeció la puya del picador con su 1º? ¿Y luego le dio unos doblones de castigo que dejaron al toro en media embestida? Media embestida, media estocada, media mirada al toro, media al público, media a él. Cayetano a medias, que no pudo levantar, ya en la noche la embestida mansa del burraco 6º, noble pero siempre desviada a tablas. Eso sí, apareció en la arena, bajo los focos, un capote muy rondeño, de otro mundo, de otra época, de vuelo blando y airoso, sierras del sur entre dos mares: ya nadie tiene ese capote lleno de recuerdos Ole.

Juli mostraba en el 4º una alegria de barrio en los remates. Capicúa: como el peso del toro: tres cincos como tres brincos del corazón. Como el salto que dio la música, en los compases de Chiclanera cuando ya lo metía en el canasto. Pero en un pase se cayó el toro y se calló el rizo de las olas. Volvió Julián a levantarlos (toro y olas), volvió la música, volvió la alegría y el cielo de Barcelona trajo suspiros de mar. Los adornos y trincheras del final se elevaban como gritos y una mujer tocaba las castañuelas een la plaza alborotada en el abaniqueo. Faena de electrocardiograma, de intensas cumbres en los trazos.

En el 5º todo fue in crescendo. Crecimiento de verónicas, de lento trazo, de rehiletes de manos de Trujillo y de toreo sobrado que, conritmo de mando fue empujando al toro –lo empujaba también la gente, la música…- hasta que decidió romper. Anochecía cuando dos derechazos y un pase por bajo acariciaron, de pronto, la felicidad. El arte salta cuando quiere y el toro era un torrente, templado en la franela de Manzanares. Algunos pedían: “¡No lo mates!” Pero la espada entró en lo alto, como un rayo implacable y luminoso. Y cayó la noche como destino obligado. El torero, muleta plegada en la cadera, miraba al toro morir. Le dieron la vuelta al ruedo entre ovaciones y se encendieron todas las luces de la plaza ¿O de Barcelona?
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