14 de diciembre de 2019, 1:49:41
Opinion


¡Al loro! (¡A colocarse todos!)

Enrique Arnaldo


El viejo profesor, Enrique Tierno Galván, fue convertido en icono de la movida madrileña gracias a su famoso bando en el que invitaba a “colocarse” a jóvenes y asimilados con su exclamante expresión: ¡Al loro! Y bien que triunfó con su exordio. Pero lo que fue gracia se convirtió en desgracia.

Una política educativa errática favorecedora de la ley del mínimo esfuerzo ha arrinconado a los profesores que sobreviven desazonados perdida toda su autoridad. Una cultura del facilitarismo fundada en el acceso gratuito y subvencionado, que permite alcanzar desde el aprobado general hasta el subsidio de cualquier cosa que se le ocurra al político de turno en su insaciable búsqueda de votos de último minuto, se ha instalado en una sociedad acomodada y festiva en la que resulta molesta cualquier exigencia. Unos padres y unos profesores acoquinados, desbordados, acomplejados e incapaces, que prefieren cerrar los ojos a tomar el toro por los cuernos e imponer unas reglas de disciplina (qué palabra tan anticuada).

Pero sobre todo, unos medios de comunicación, singularmente las televisiones, que en su obsesivo combate diario por la cuota de audiencia, han convertido en héroes a los que más vaguean, más beben o más y mejor se ponen. El ídolo social, según los guionistas de las series de éxito, es el que tiene más cara, menos escrúpulos y conoce todas las técnicas para vivir a tope, sin límites ni obligaciones. ¡Pobre de aquél que se salga del modelo! Es zaherido, burlado, tomado como un ser anodino y despreciable que no conoce lo que es divertirse.

La sociedad está desprotegida ante tamaña memez de las series y de los programas del corazón (que van ocupando poco a poco la totalidad de la parrilla completada con los “reality show”). Por más que nos hemos rodeado de instituciones garantes de nuestros derechos frente a las invasiones indeseables en la dignidad, la educación integral, la intimidad, la familia, etc..., nada se ha logrado parar. Los guionistas continúan agazapados en su anonimato para disolver los valores como azucarillos blandos en vasos de tubo con alcohol de alta graduación.

Es patético, pero parece que hemos renunciado a hacer las cosas medianamente bien. Algunos son capaces de gritar contra la guerra de Irak (en Afganistán, ya saben, sólo hay un conflicto) y otros de reunirse para abuchear al sátrapa de Chaves, pero se olvidan de lo cercano, de la formación de las generaciones que transitan al borde del abismo ante la mirada acobardada de padres y profesores. Y, por supuesto, con los políticos a lo suyo, que no es lo nuestro.

Por supuesto que hay padres que no hacen lo mínimo por difundir a sus hijos los valores propios de una sociedad civilizada, pero no nos engañemos, los que lo intentan se ven zarandeados por unas políticas públicas probotellón (desde los 18), proaborto (desde los 16), proaprobado general (desde los 6), prosubvencionadoras (desde el nacimiento)... Con tal inyección de dormidina los jóvenes están encantados y se plantan con suficiencia ante la demanda de padres para que cumplan un conjunto de reglas mínimas y para que se dediquen a prepararse. La política pop que algunos practican tiene estos perversos efectos. Es siempre muy complicado salirse de la “masa” y ejercer el propio”yo” –que diría Ortega- pero los que no creemos en el colectivismo sabemos que el que se salva es el individuo. Y que nada cabe esperar de salvadores sonrisistas.
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