9 de diciembre de 2019, 17:42:03
Opinion


La paradoja europea

Alejandro Muñoz-Alonso


El sí de Irlanda al Tratado de Lisboa ha dado un respiro a todos los que quieren que Europa avance por el camino de una mayor integración que, sin ninguna duda, será positiva para todos los miembros de la UE. Sin embargo, todavía hay demasiados euroescépticos que, presos de un nacionalismo decimonónico, creen que les va a ir mejor jugando a un aislacionismo, insostenible a estas alturas en este mundo globalizado, y que siguen dispuestos a poner todos los obstáculos posibles para que Europa no avance. El primero de ellos es el presidente de Chequia, el peculiar y hasta atrabiliario Vaclav Klaus, que se ha sacado de la manga un nuevo pretexto para aplazar su firma, indispensable en el tratado: el recurso constitucional de 17 senadores de su cuerda, algo que, inevitablemente, retrasará la entrada en vigor del texto y mantendrá a la UE en una situación de provisionalidad. El primer ministro de ese pequeño país, Fischer, seguramente avergonzado por los malos modos de su presidente, asegura que el incidente puede quedar resuelto antes de fin de año pero algunos expertos creen poco probable esta visión optimista. Si ese recurso tarda en resolverse, podría prolongarse durante todo el semestre de la presidencia española, lo que la condenaría a la más absoluta inoperancia.

Que Klaus hará cuanto pueda para retrasar ese trámite está fuera de duda. Su maquiavélico plan consiste en alargar ese ínterin hasta bien avanzado el año 2010 con el designio de que en el Reino Unido, tras el triunfo en junio de los conservadores de Cameron, que parece totalmente seguro, se celebre el prometido referéndum que daría el Tratado de Lisboa la definitiva puntilla. Los optimistas afirman que no pasaría nada si el tratado es rechazado ya que seguiría vigente el actual Tratado de Niza, negociado ya teniendo en cuenta la gran ampliación a 27 miembros. Un tratado negociado en la época de Aznar y que a España le da más peso en el Consejo del que consiguió después en el de Lisboa, por la desidia e inoperancia del gobierno Zapatero. Pero sucede que, siendo eso cierto, la sensación de fracaso que se produciría si hay que echar el Tratado de Lisboa al cubo de la basura sumiría, sin ninguna duda, a la UE en un largo periodo de confusión e irrelevancia. Una de las grandes aspiraciones del Tratado de Lisboa es la de aumentar el peso y la presencia de la UE en el mundo, en un momento histórico en que Asia está en alza y el Pacífico ha desbancado en cierto modo al Atlántico como el mare nostrum del siglo XXI. La existencia de un Presidente del Consejo Europeo con un mandato de dos años y medio renovable y de un reforzado Alto Representante para la Política Exterior, que vendría a ser un ministro de Asuntos Exteriores, van en esa dirección.

Pero hay que ser realistas y en esta Europa nuestra tan complicada conviene no echar las campanas al vuelo alegremente. La UE es una gran empresa que ha logrado lo que hace medio siglo parecía impensable. Pero es una gran empresa hecha a partir y sobre la base de los Estados que la constituyen, no una organización federal con un poder “a lo Washington”. No hay una soberanía europea ni un pueblo europeo; siguen siendo soberanos los Estados, aunque pongan en común y compartan una parte de su propia soberanía. A lo que suele llamarse “proceso de construcción europea” que, en mi opinión, merece el apoyo de todos los europeos sensatos, le han hecho tanto daño los euroescépticos a que antes nos referíamos, como los hiperfederalistas que quieren hacer de Bruselas el Washington europeo y de los Estados una especie de comunidades autónomas, que, de hacer caso a los más radicales, no tendrían siquiera los desbordantes poderes que da a Cataluña su nuevo Estatuto. Si ciertos excesos federalistas no se hubieran colado en la mal llamada Constitución europea (no puede haber constitución sin poder constituyente, y en Europa hoy por hoy no lo hay) nos habríamos ahorrado el Tratado de Lisboa -que tras el fracaso franco-holandés-irlandés se hizo totalmente necesario- y hace años la UE tendría ya un sistema institucional más adecuado al actual momento del mundo.

Por todo lo que llevamos dicho hay que contar con que incluso aprobado el Tratado de Lisboa no se puede dar por supuesto el mayor peso e influencia de la UE en el mundo. Al final, la última palabra la tienen los Estados, sobre todo los más importantes, aunque ya vemos como los pequeños ponen obstáculos y paralizan procesos. Por eso en el tratado se prevén fórmulas para que los que lo deseen avancen más deprisa. El problema es la unidad y en esta Europa a 27, casi la mitad de sus miembros, recién salidos de la tiranía comunista, no son propicios a cesiones. Así y todo, el Tratado de Lisboa puede y debe ser un paso adelante. Pero sólo tendrá éxito si los europeos, los diferentes pueblos de Europa, se convencen de que es mucho más lo que les une que los que le separa. Y si el europeismo vive una nueva primavera como la que por aquí vivimos hace quince o veinte años.
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