20 de septiembre de 2021, 10:06:36
Opinión


¡Basta de italianos!

Andrea Donofrio


¿Son los italianos “buenos turistas”? Según el Comando Anti-Turista Guillem Nas de Barcelona, la respuesta es negativa: ruidosos, sucios y maleducados, los italianos dificultan los sueños de este barrio, recorriendo cada día y, sobre todo, cada noche el Gòtic con sus cánticos etílicos y su hablar en voz alta, considerando la zona como un “parque temático” (cuentan que han llegado a fotografiarles mientras regaban las plantas) y apropiándose de sus espacios y de su intimidad. Hartos de esta situación y para sensibilizar a los foráneos a cerca este problema, los vecinos han decidido crear una asociación, elaborando unas camisetas (I’m not a tourist, give me a break -No soy un turista, dame un respiro- o Warning. Tourist Area -Peligro, zona turística) y llenando las calles con pegatinas del tipo “Hey! Pavarotti”, en alusión a las incesantes sonatas en su portal, en la calle de Gignàs. Los vecinos, autores también de un blog, comentan irónicamente: “que canten bien los ingleses e italianos que cantan debajo de nuestra ventana... ¡o que no canten!”

¿Realmente los italianos son así? Yendo por delante que las generalizaciones son frecuentemente erradas y los estereotipos forzosos, creo que se trata de una “caracterización excedida” en la que, no obstante, están presentes algunos elementos de verdad. Sin embargo, empezaría subrayando el parecido entre los turistas italianos y los españoles: ambos somos “alérgicos” a las propinas, despreciamos a los franceses (bueno, ¿a quién les gustan?), nos creemos los “reyes de la fiesta”, somos ruidosos y, a veces, nosotros mismos sentimos vergüenza ajena frente a los excesos de algunos compatriotas, tanto que llegamos a “traicionar la patria” y simular cualquier otra nacionalidad para ahuyentarlo (recuerdo una vez en un autobús en Irlanda donde, de forma automática y como si fuera lo más natural posible, una ex novia y yo empezamos a hablar en español, avergonzados por algunos italianos que hacían unos piropos impropios e innecesarios a una irlandesa con barrigón). Asimismo, compartimos otra peculiaridad: cuando viajamos a otro país, no nos esforzamos en hablar la lengua local bajo ningún concepto, ni siquiera para comunicar con los camareros. Y, además, ambos reputamos el idioma del otro como muy fácil y cuando viajamos al otro país no tememos hacer el ridículo: para los italianos, hablar en castellano es una pasada ya que simplemente basta poner una S al final de cada palabra y, al revés, para hablar italiano, una I. De hecho, los españoles “más graciosillos” siempre me dicen: “Yo hablo un poco de italiano. Espaguetti, Maccheroni, Ramazzotti, Pausini, Padrini”. Todo acompañado con un movimiento amplio de los brazos como si estuvieran dirigiendo la Philarmonic Orquestra de Viena. Bueno, casi prefiero cuando me demuestran su conocimiento del idioma de Dante a través de varios tacos y groserías.

En la mayoría de los casos, los italianos “en el exterior” son fácilmente reconocibles: el hombre lleva la camiseta con el cuello alto, levantado (preferiblemente de color salmón), gafas de sol también en el metro y, durante el día, una mochila Invicta (el modelo más famoso) pegadita a sus hombros como si fuera una tortuga; la mujer, independientemente de la hora, está maquillada, con calzado incomodo y un vestido que por la noche se sube un par de centímetros pa’arriba. Pero, como ya decía, como estereotipo, lo mismo vale para un español: para nosotros también los españoles se reconocen a la legua por su polos de rayas (eso a pesar de que la canción “Venecia” de los Hombres G me persigue desde que aterricé en España) y la gomina (¿aparte de España y de México, hay otro país donde se venda?) mientras las chicas por sus flequillos, los leguis y las bailarinas rojas como si fueran Dorothy en “El maravilloso Mago de Oz”.

Pese a comprender las quejas de los habitantes de Barcelona (viviendo escenas análogas en las calles de Madrid), los turistas representan una fuente de ingreso y un recurso económico que, en tiempo de crisis, no hay que “desaprovechar”. Los vuelos a bajo-coste han recortado la distancia y convertido España en uno de los destinos turísticos preferidos para los italianos que, sobre todo en el sur, suelen repetir “italiani e spagnoli, popoli fratelli” tanto que presumen de hablar su idioma, conocerla bien, aunque si le preguntas a un italiano donde se encuentra Barcelona, te contestaría con la máxima naturalidad: “Al sur, sin duda”. Encima, ¡hasta ignorantes son bienvenidos!

Ps. Un simple apunte en el tema de “libertad de prensa” y miedo al Sultan: hace algunos días, José Saramago de visita al país para presentar su libro “Cuaderno”, ha osado decir que “Berlusconi es patético, ridículo y vulgar” y que “Berlusconi dice que es ofensivo que una prostituta vaya a la televisión. ¿Y que vaya a la cama del primer ministro no lo es?”. Lastima que ningún italiano haya podido tener acceso de forma rápida a esta noticia, ya que ningún medio ha considerado oportuno dar relevancia a las palabras de un premio Nobel de la Literatura y gran escritor. Si ha sido publicada lo ha sido como noticia menor. Nada nuevo bajo el Coliseo.

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