10 de mayo de 2021, 9:59:10
Viajes

cuaderno de viajes


El caótico y misterioso encanto de Pekín


Pekín huele mal, el cielo es gris, nunca azul, y pican los ojos y la garganta, pero dar un paseo es una experiencia inolvidable. Todos te observan, muchos te sonríen y saludan y en las zonas turísticas incluso se atreven a pedirte una foto con ellos. ¡¡¡Quieren hacerse fotos con los occidentales!!! Increíble...


Palacio de Verano. Pekín huele mal, el cielo es gris, nunca azul, y pican los ojos y la garganta, pero dar un paseo es una experiencia inolvidable. Todos te observan, muchos te sonríen y saludan y en las zonas turísticas incluso se atreven a pedirte una foto con ellos. ¡¡¡Quieren hacerse fotos con los occidentales!!! Increíble...

El metro, como todos. Eso sí, sólo hay chinos, los occidentales debían de estar con los tours. La plaza de Tiannanmen es impresionante no sólo por sus dimensiones, sino por la seguridad que la rodea. Su perímetro ha sido vallado y hay que pasar por un escaner para entrar. Y de nuevo, miles de chinos. ¿Dónde están los turistas?

Al atardecer fuimos a ver los hutongs, unos laberintos de callejones tercermundistas con comercios, restaurantes y viviendas insalubres. Allí hacen vida millones de pekineses. Estamos convencidos de que los guías jamás nos hubieran llevado por allí.

Paseo en barca en el Palacio de Verano.Los olores son... indescriptibles. Los callejones son tan estrechos que sólo circulan bicis y motocicletas por ellos. Conducen fatal y pitan todo el tiempo porque ellos no miran por los espejos, se avisan de forma sonora. Y sí, escupen en la calle con gran sonoridad para desconcierto y repugnancia nuestra. Ni palabra de inglés, por lo general, pero de momento nos apañamos estupendamente. Ya sabemos decir hola, gracias y de nada.

Cenamos en un restaurante pijísimo de la muerte y nos costó todo... ¡¡¡35 euros!!! Comimos rana (demasiado picante), cerdo buenísimo, una especie de brotes de acelga con soja, un tofu rarísimo y riquísimo y algo que procede del mar pero que ni por su textura ni por su aspecto ni por su sabor sabría adivinar de qué se trata. Eso sí, muy rico.

Algunas recomendaciones sobre el uso de palillos
Detalle de uno de los edificios de la Ciudad Prohibida.A tener en cuenta: no se deben mover los palillos ni apuntar con ellos a nadie. Tampoco se debe tamborilear con ellos en el plato porque eso lo hacen los mendigos. No es conveniente clavarlos en el arroz de forma vertical porque recuerdan a los cuencos de cenizas con incienso de los funerales y es augurio de muerte. La tetera no debe apuntar a ningún comensal, sino al exterior de la mesa. No se debe levantar un trozo de pescado para coger la carne que haya debajo porque el siguiente barco que se tome naufragará. Y el arroz, ni lo hemos olido todavía porque lo esconden, es cosa de pobres. Chúpate esa, con la de arroz tres delicias que hemos comido en Madrid...

Contratamos un tour para ver la Muralla China y fuimos en un mini bus cochambroso de los años 70 con otras 10 personas y un guía llamado Dino que nos explicó emocionado que estaban preparando los festejos del 60 aniversario de lo que ellos llaman Día de la Independencia, y se alegró de que ese día, el 1 de octubre, y los siguientes ya no estuviéramos en China "porque millones de chinos tienen 8 días de fiesta y están por todas partes: museos, restaurantes, tiendas... ¡¡¡Sois afortunados!!!". Mientras Dino sonreía, nosotros nos miramos consternados porque llegaríamos a Shanghai el 30 de septiembre y nos iríamos el 3 de octubre. Fue una visita inolvidable.

Costumbres muy diferentes
Un locutorio al más puro estilo pekinés.La Muralla China es indescriptible e inabarcable. Sólo vimos un pequeño trozo de sus 6.000 kilómetros de longitud, el más conocido, que fue edificado sobre unas montañas escarpadas. Tanto, que la Muralla sube y baja con pendientes imposibles que obligan al visitante a luchar por mantener la verticalidad. Y fue allí donde nos dimos cuenta de que ni de viaje, ni de visita, ni en ningún caso los niños chinos usan pañales. Los visten con unos pantalones partidos en dos y unidos sólo a la altura de la cintura, de forma que cuando el niño tiene alguna necesidad fisiológica, lo cogen por debajo de las rodillas con las piernas flexionadas como si estuviera sentado y así, en vilo, hace lo que tenga que hacer sobre el suelo. Como los perritos. Después, recogen el regalito y lo tiran. Esto lo vimos de lejos (bueno, a unos 4-5 metros de distancia), e, incluso, hicimos fotos, pero no nos imaginábamos que lo viviríamos mucho más de cerca en el vuelo hacia Sydney. Como en los aviones hay moqueta, los padres del niño del asiento de al lado utilizaron a modo de orinal, durante las 11 horas de vuelo, las bolsas que nosotros usamos para vomitar. Y ya que estamos tan escatológicos, en Beijing los váteres son de los que tienen un agujero en el suelo y un pedal para tirar de la cadena.

La Ciudad Prohibida es enorme, misteriosa y muy bonita. La componen diversas construcciones en las que vivían las concubinas, el emperador y la emperatriz, templos y otros salones. Nos sorprendió hasta el último día la escasez de turistas occidentales, incluso en los monumentos más representativos. Volvimos a adentrarnos por sus barrios más humildes y vimos pinchos de escorpiones vivos, de estrellas de mar, de caballitos de mar, de pepinos de mar, de serpientes y de gusanos de seda, entre otras delicias. Nosotros sólo nos atrevimos con la serpiente y con un coco que te abren en el momento para beber el líquido con una pajita. Aunque te intentan timar todo el tiempo (y probablemente lo consigan el 90 por ciento de las veces), nos convertimos en los reyes del regateo, aunque resulta cansado tener que andar con el tira y afloja hasta para comprar comida.

En bicicleta se transporta casi todo lo imaginable.Tuvimos un par de malas experiencias con taxistas. El primero, no quiso hacer una carrera tan corta; y el segundo, nos dejó tirados en medio, literalmente, de la plaza de Tiananmen, en el carril central de los tres que circulan en uno de los dos sentidos y nos indicó que debíamos cruzar al otro lado. Íbamos a la ópera y no conseguimos encontrar el edificio. De hecho, los tres policías a los que preguntamos nos indicaron en direcciones opuestas. Pekín es tan grande que sólo conocen los lugares significativos.

Conocimos en el tour a un matrimonio mexicano y quedamos a cenar con ellos en una Tea House que resultó ser otro fiasco para turistas, como el espectáculo de Kung Fu, así que decidimos ir a la aventura en busca de un restaurante. Entre establecimientos de comida rápida y restaurantes de dudosa apariencia encontramos un sitio precioso, con un jardín lleno de farolillos rojos e su interior y decidimos entrar, pero nos hicieron atravesar el jardín idílico, un pasillo, cambiar de edificio por un corredor, elegante, pero un corredor, subir en ascensor un par de plantas y... nos metieron en una sala privada ricamente decorada con una mesa enorme para nosotros solos. Todos hicimos un cálculo mental inmediato de lo que podría suponer semejante cena para nuestros bolsillos, pero a pesar de todo fue baratísima.

Ellos no hacen cola, no lo intentes
Así son las peluquerías.Otra de las costumbres que más nos ha chocado es la que ignora las colas. En Pekín, cualquier espacio vacío, por pequeño que sea, entre uno mismo y un mostrador, por poner un ejemplo, es susceptible de ser ocupado, aunque para ello tengan que tocarte o empujarte. Van apelotonados y se acercan muchísimo, incluso te rozan con el cuerpo. En cambio, nadie se sienta en el suelo, salvo sobre papeles o plásticos, porque es una alfombra de mocos y restos de otras sustancias orgánicas que nadie quiere tocar. Por eso, está muy mal visto subir los pies a un asiento o a cualquier otra cosa susceptible de serlo. Una curiosidad: entramos en un McDonalds para averiguar cuánto cuestan las hamburguesas más económicas en Pekín, donde todo es tan barato. Los precios son de risa pero lo que más nos sorprendió es que tienen productos diferentes, el Big Mac no se comerecializa y la hamburguesa simple lleva salsa picante.

Después de superar el trance de comer sopa de noodles con palillos, creo que nos merecemos un notable como mínimo en el máster sobre su uso. Y que sepáis que vamos a vivir hasta los 100 años, según nos dijeron en el Palacio de Verano, premio por subir los 100 escalones que conducen a la Torre del Incienso Budista. Pekín es una ciudad misteriosa y caótica en la que conviven en extraña armonía construcciones enigmáticas, majestuosas y centenarias con colmenas de viviendas, callejones estrechos y malolientes, basura, millones de bicicletas, motocicletas y coches que pitan sin parar y un mar de gente que jamás abandona las calles. A pesar de los peros, del choque cultural y de las costumbres tan diferentes que nos separan, a pesar de que se echa de menos ver el sol, Pekín enamora al visitante, lo atrapa. Volveremos.
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