4 de julio de 2020, 14:30:49
Opinión


Ismaíl Kadaré

José María Herrera


Ismaíl Kadaré ha sido galardonado este año con el premio Príncipe de Asturias de las letras. Difícilmente se encontrará a nadie que lo merezca tanto como él. Lo sé de buena tinta porque he leído la mayoría de sus libros (¡benditos traductores!) y todos, en mayor o menor medida, me han proporcionado placer y conocimiento. No se me ocurre qué más se le puede pedir a un escritor.

Kadaré tiene muchas virtudes, pero entre todas sobresale la amenidad. Sus libros se leen de corrido. La cosa tiene mucho mérito porque la amenidad convive en ellos con una extraordinaria riqueza de asuntos, una mirada profunda e irónica y una envidiable destreza técnica.

La fama internacional del autor albanés está ligada mayormente a su crítica del sistema comunista que estranguló su país durante medio siglo. Pocos autores han sabido sofaldar con tanta energía los mecanismos de los que se sirven los regímenes totalitarios para ejercer el poder. Haberlo hecho preservando lo que de hermoso y palpitante tiene la vida es una lección que no debería caer en saco roto. La literatura actual, debido quizá al hastío filosófico que impregna la época, propende a practicar una lucidez corrosiva que se lo lleva todo por delante, tanto lo que carece de sentido como lo que no.

Pero el verdadero asunto de Kadaré no es el totalitarismo, sino Albania, un país cuya historia constituye una especie de pesadilla. Descendientes de los antiguos ilirios, los albaneses, como el resto de los habitantes de la península balcánica, permanecieron en la órbita romana y bizantina hasta 1204, cuando Constantinopla fue tomada por el ejército de la cuarta cruzada. A partir de esa fecha, el poder bizantino en los Balcanes se diluyó poco a poco, hecho que favoreció la independencia relativa de sus pobladores y después la conquista turca a finales del siglo XIV. Albania, también llamada Shqipëria (bandada de águilas) en alusión a su división política, fue uno de los primeros territorios europeos en rendirse a los otomanos y el último en desgajarse de su gigantesco imperio. Como Estado soberano, nació en 1912, aunque en sus cien años apenas ha disfrutado de las gracias de la libertad. Ni siquiera tras la caída del régimen comunista. Cada vez que se abre un claro en el firmamento, las antiguas águilas alzan el vuelo y lo ensombrecen.

Kadaré ha dado voz a este mundo malogrado en el que los mitos y costumbres ancestrales, núcleo de la identidad albanesa, coexisten con los frutos de una modernidad trastornada que, en vez de sacar al país de las tinieblas, lo ha hundido todavía más en el oscurantismo. Aunque comunismo, burocratización o terror totalitario sean fenómenos nuevos, Kadaré se las arregla para equipararlos con el despotismo de los sultanes o las tradiciones de un pueblo que, a falta de estructura política propia, nunca logró superar las bárbaras prácticas parentales: la venganza de sangre o la palabra que compromete más allá de la vida y la muerte. La pregunta que surge a menudo en sus novelas es esta: ¿cómo limpiar el pasado sin restaurar el viejo sistema de desagravios?

Existen tantas probabilidades de que un español conozca la biografía del último iljám mogol de Karamania como que sepa algo de la historia albanesa. Igual le ocurre a los albaneses con España. La excepción, como siempre, es don Quijote. Su traductor fue Fan Noli, obispo ortodoxo que ocupó la jefatura del Estado en los años veinte del siglo pasado. Desde entonces goza de gran popularidad. Kadaré alude a ello en el discurso de agradecimiento pronunciado en Oviedo. Después de distinguir entre dos ideas opuestas de la literatura (una antigua e ingenua que la considera un arte capaz de hacer milagros y otra moderna y en absoluto ingenua que piensa más bien que carece de utilidad, salvo para el autor) y de confesar su inclinación a creer en los milagros, asegura que uno de ellos fue que las autoridades comunistas de Albania no prohibieran la novela cervantina. Esto sólo se explica, a su entender, debido a la independencia de la literatura, algo que le permite mantenerse al margen de modas o gobiernos y también, incluso, de la vida. La literatura, como el resto de las artes, conforma un mundo paralelo, distinto del real, y aunque éste trata a veces de aplastarlo, celoso de su independencia, la literatura se venga siempre peleando por hacerlo más bello y habitable.

Esto es lo que hizo Cervantes en Albania y lo que hace ahora Kadaré en España. Debemos felicitarnos porque se le haya reconocido como merece.
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