26 de septiembre de 2021, 15:33:51
Opinión


Curas, muertos e historia

José Manuel Cuenca Toribio


La mediáticamente trompeteada autoacusación de la jerarquía eclesiástica vasca por su prolongado silencio ante la muerte de 16 sacerdotes de Euzkadi en las primeras semanas de la guerra civil constituyó resonante suceso de la actualidad política y cultural de meses atrás. Desde los cuadrantes ideológicamente más avanzados se exaltó el gesto episcopal, no sin lamentarse con énfasis de lo tardío del arrepentimiento frente al execrable comportamiento de las autoridades franquistas. Pocos años antes del referido lance periodístico y televisivo vio la luz la correspondencia completa del cardenal Gomá en la que el primado toledano daba pormenorizada cuenta de su rechazo y condena frontales ante los alevosos fusilamientos ordenados durante el otoño de 1936 por jefes militares dependientes directamente del general Mola Vidal, nunca caracterizado por sus arraigados sentimientos religiosos y lector pedisecuo y rendido de Baroja. Ocioso se hace añadir que, dado el clima vigente en la vida pública nacional de hodierno, la extensa aportación documental del prelado catalán pasó por entero inadvertida, con una sola pero bien significativa excepción cargo de uno de los primates más encumbrados de la intelligentzia gobernante.

Con ser por completo reprobable, el asesinato de los 14 curas vascos no dejó de descubrirse como un vil acto de mandos castrenses secundarios, ulcerados por el pensamiento sabiniano opuesto per diametrum a su exaltado nacionalismo, de raíz todavía más laica que eclesiástica, según fuese común a la oficialidad y generalato del ejército español, entre 1876 y 1936. Justamente, la intervención en el terebrante tema de uno de los muy escasos oficiales superiores del bando sublevado distinguido por sus hondas convicciones católicas, el general Fidel Dávila, se revelaría muy eficaz a la hora de terminar tajante y expeditamente con una actuación de la que Franco, conocedor de sus efectos propagandísticos, quiso desmarcarse con prontitud.

Pero, al margen de rifirrafes polémicos entre revisionistas y antirrevisionistas de la tragedia colectiva de ha setenta años y de pruritos eruditos, es lo cierto que la autoinculpación de los actuales obispos vascos vuelve a dar fuerza en el discurso de la actualidad a uno de las cuestiones esenciales del drama y, provocadora por ende, de uno de sus más copiosos capítulos bibliográficos: la instrumentalización o no del catolicismo del lado de los vencedores. Salvajadas y desmanes como los ya mencionados se “contextualizan” para su exacto encuadramiento con multitud de escritos contra la “traición” del PNV y su vanguardia social e intelectual, el clero sabinista, salidos coetáneamente de la pluma de autores maurrasianos y regalistas y, en cualquier caso, poco o nada adictos a la religión tradicional de su país. Privados, obviamente, de espacio, el siguiente quizá cumpla suficientemente con su misión ilustradora: “Con todo, también ha sido indispensable en la ex invicta villa de Bilbao el expurgo post victoria, la limpieza, la depuración (…) estoy seguro de que no llegan a mil las existencias eliminadas en un mes; casi podría Afirmar que no pasan de ochocientas (…) Las columnas rescatadoras, que Dios guía, no tenían por qué actuar con el ímpetu justiciero y purificador que en Badajoz y en Mága”. ¿Autor? Gecé. “El inspector de alcantarillas” madrileño, férvido unamuniano y principal figura de ciertas facetas de las “Vanguardias” de los felices veinte, Ernesto Giménez Caballero…
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