25 de enero de 2020, 13:20:41
Opinion


Por qué odio a Dios

Aurora Nacarino-Brabo


No sé si son ustedes aficionados a la serie ‘House’. A mí me gusta, y sigo con atención cada caso, para inmediatamente después olvidar su desenlace, es decir, el diagnóstico, la solución, el milagro que obra Gregory House al final de cada episodio para salvarle el pellejo al paciente. Es posible que a ustedes les ocurra lo mismo. No obstante, hay un caso que siempre recordaré y que tal vez ustedes también guarden en la memoria por constituir una extravagancia dentro de la serie: es uno de los contados capítulos en los que el todopoderoso House no es capaz de salvar la vida del enfermo. Ocurrió en la tercera temporada: un afamado científico de avanzada edad sufre un desvanecimiento en su laboratorio. Así empieza todo.

Pero se estarán preguntando a qué viene todo esto y, sobre todo, cuál es su relación con el título que nos ocupa. Tengan paciencia, a una atea recalcitrante no le resulta sencillo explicar por qué odia aquello en lo que no cree. Matizaré mi reflexión: odio la idea de Dios que los hombres han construido. ¿Por qué? Bueno, a este dios de los milagros selectivos se le puede odiar por muchos motivos, pero la mejor respuesta que se me ocurre está en ese científico al que House tuvo que dejar morir sin poder hacer nada por evitarlo.

No recuerdo con exactitud cómo se desarrolla el caso, supongo que los médicos barajarían varias hipótesis antes de dar con el diagnóstico: quizá mieloma, sarcoidosis, lupus (los seguidores de ‘House’ saben que nunca es lupus). Sea como fuere, el veredicto fue demoledor: amiloidosis. A ustedes, como a casi todo el mundo, no les dirá nada. No han de preocuparse, pues la probabilidad de padecerla es casi tan remota como la de ser alcanzado por un rayo. Sin embargo, para unos pocos es como el rayo que no cesa.

Conozco a alguien que fue alcanzado por el rayo. Era joven. Tenía cuatro hijos, un marido que la adoraba y la sonrisa más bonita del mundo. Jamás se lamentó de su suerte. Jamás se rindió. Juntas recorrimos muchas veces los pasillos de ese Gregorio Marañón que se había convertido en su casa, ella enfundada en un pijama de hospital con que el que estaba tan extrañamente guapa. Planeábamos viajar a Egipto cuando se recuperara. Yo solía llamarla mamá.

Cuentan que Jesús dijo “Lázaro, levántate y anda”. Y Lázaro anduvo. Hace pocos días, mamá yacía exánime en la UVI de un hospital. Solo yo la supliqué en vano que se despertara. Tal vez ahora lo entiendan.
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