10 de diciembre de 2019, 20:55:48
Opinion


Ayala, como maestro

Juan José Solozábal


Es verdad que la contribución fundamental de Francisco Ayala como intelectual es su reflexión sobre la circunstancia nacional, en cuanto marco inevitable de historia y cultura en la que los españoles desarrollan su vida y desde la que se hace su aportación al tiempo en el que están. Desde este punto de vista me parece que hizo dos sugerencias esenciales. Ofreció, primeramente, una relectura de los clásicos españoles sin los que difícilmente podríamos entender lo que la literatura significa en la formación de nuestra personalidad colectiva. En segundo lugar, propuso una interpretación de un inmediato período de nuestra historia absolutamente novedosa, de manera que se ensanchase el acuerdo acerca de lo que podrían considerarse las bases de la modernización y europeización de España.

En efecto, como ha ocurrido con otros pensadores, así Ortega, Unamuno o Azaña, Ayala hace a Cervantes objeto nuclear de su reflexión. Lo que Ayala se propone es una reconsideración del Quijote como clásico, esto es, una obra que se puede leer con provecho fuera de su tiempo pues sus enseñanzas trascienden la época en que fue escrita. No quiero decir que Ayala ignorase que el Quijote fue escrito en un tiempo loco en el que el sobreesfuerzo español determinaba cierta irrealidad de todo lo existente, como veían bien los arbitristas de la época, con González de Cellórigo a la cabeza. Lo que creo es que Ayala hace a Cervantes preguntas desde nuestra hora sobre el sentido de la libertad, el poder o la nación y en Cervantes encuentra respuestas suficientes, que denotan precisamente un peculiar modo de encarar con responsabilidad la existencia. Sin duda don Francisco Ayala era nuestro máximo cervantista vivo, lo que quiere decir no que era quien más sabía de Cervantes, sino el más capaz de sacar de él cosas provechosas para entender nuestro propio proyecto individual o colectivo de vida.

Para mí, en segundo lugar, Ayala ha rectificado la comprensión del momento de la Restauración al que se libera del tópico orteguiano como periodo de la farsa y la “vieja política”, resaltándose en cambio su condición de tiempo en el que la vida pública se desempeñaba con un alto nivel de calidad y libertad. No ignoraba las limitaciones de este período, los obstáculos que imponía en el sistema político la marginación de determinados sectores sociales o mentalidades, pero Ayala salvó esta época de nuestra historia política de la descalificación y el desdén y la consideró acertadamente anticipación de la modernización y europeización de España, reparando en la viveza de la vida parlamentaria, aunque las Cortes no llevaran a cabo el efectivo control político del gobierno. Nadie podrá discutir que la Restauración, los cincuenta años que van desde el golpe de Estado de Martínez Campos al de Primo de Rivera, dirá don Francisco, son el único periodo en que el pueblo español, “ha vivido, no sin injusticias ni trastornos, claro está, pero en una atmósfera de efectiva libertad política, con discusión pública, respeto al adversario e imperio del orden jurídico”. No puede ocultarse la significación de esta relectura de la Restauración si la misma se propusiera como pauta para la constitución de una memoria histórica compartida en relación con otros períodos de nuestra historia, por ejemplo la época de la, John H.Elliot dixit, España Imperial o la Segunda República.

Ayala, finalmente, tiene para mi otra significación . Durante muchos años he manejado con devoción, una fotocopia de la edición de la Teoría de la Constitución de Carl Schmitt, un tanto torpemente encuadernada, que don Francisco había traducido del alemán y que era un libro inencontrable desde su publicación en la Editorial Revista de Derecho Privado del año 1934. Con éste libro, la traducción de otro clásico de don Fernando de los Ríos, y el manual maravilloso de don Manuel García Pelayo Derecho constitucional comparado, comencé mi formación en la disciplina que profeso. Muchas veces he pensado que si no me he perdido, como otros, en la bruma complicada y a veces abstrusa de la literatura jurídica alemana, que después he frecuentado, es gracias a la claridad y perfección absolutas de la extraordinaria traducción de Ayala que yo cotejaba con el original, y que como digo, me mostró que había escape de la niebla germana . En esto pienso al evocar hoy a este andaluz grave y lúcido, de palabra tan aguda como comedida. Francisco Ayala.

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