20 de enero de 2020, 2:42:55
Salud

el dr. house no es el modelo


¿Cómo debe un médico dar a su paciente las malas noticias?


Durante mucho tiempo la formación de los médicos se ha centrado en los aspectos técnicos. Viven bajo el paradigma de “yo curo enfermedades”, cuando la realidad es que no tratan con enfermedades sino con enfermos. Saber dar malas noticias médicas es fundamental porque puede generar un sufrimiento innecesario. Los expertos apuestan por humanizar el proceso.


Es muy frecuente que un médico se encuentre ante la difícil situación de tener que dar una mala noticia a su paciente o a la familia de éste. Se trata de un aspecto de su trabajo que se aleja de lo que les enseñaron en la Facultad de Medicina, por lo que muchos Colegios de Médicos organizan en sus respectivas comunidades autónomas cursos de formación para que su conocimiento humanice un poco más ese delicado trance que es informar sobre una situación médica poco favorable.

En este sentido, el psicólogo y consultor en formación de Isavia, José Luis Casado, uno de los encargados de impartir estos cursos de formación, explica a EL IMPARCIAL que “el punto de partida para dar malas noticias es que es difícil que nos salga bien, hay que humanizar el proceso y olvidarnos del resultado del tratamiento que se vaya a aplicar. Saber que estamos tratando con una persona”.

Protocolo de actuación
Este especialista cuenta que, “aunque se trata de una relación médico-paciente, al igual que ocurre cuando se dan malas noticias en otros ámbitos, hay que recuperar el proceso de comunicación y utilizar un protocolo sobre cómo dar estas malas noticias”.

Este método cuenta con seis pasos básicos y en España se conoce con el acrónimo EPICEE:

1.- E (entorno): La primera idea es preparar el contexto y el entorno. Buscar un buen lugar, sentarse cerca y hablar claro.
2.- P (percepción): Saber qué sabe el paciente, hablar con él sobre lo que conoce de su enfermedad. Hablar a su nivel de vocabulario.
3.- I (invitación): Consiste en saber qué es lo que quiere saber el paciente de su situación clínica.
4.- C (conocimiento): Compartir información con el paciente. Se debe hablar al mismo nivel que el paciente, transmitir la información hasta donde el paciente quiera saber, hacerlo de forma sencilla y mostrando comprensión con el paciente.
5.- E (empatía): Trabajar emociones con el paciente, empatizar. El médico debe entender las emociones del paciente y transmitir comprensión.
6.- E (estrategia): Para terminar, hablar del plan de acción concreto que se vaya a seguir. El paciente tiene que entender que va a tener un profesional en todo momento respaldando todo el proceso.

Los expertos dicen que hay que humanizar el proceso de dar malas noticias médicas.La información cambia su futuro
José Luis Casado insiste en que más allá de las fases concretas, “lo importante es recuperar la esencia de la comunicación”, porque hay una empatía, hay una transmisión del mensaje, pero hay también emociones “y en el caso de las malas noticias médicas con una peculiaridad fundamental, y es que la información que le voy a dar al paciente cambia la relación que tiene el paciente con su futuro”.

Este psicólogo nos cuenta que un ejemplo de lo que significa dar una mala noticia médica es la anécdota al respecto del ciclista Armstrong cuando le fue diagnosticado un cáncer: “Yo salí de casa ese día siendo una persona y volví siendo otra distinta”. “El paciente tiene una idea muy clara de lo que va a hacer en su vida, el médico da un diagnóstico y eso cambia la relación del paciente con su entorno, con su futuro, con la forma en la que se va a alimentar, se voy a relacionar o va a interactuar con familiares, amigos, la pareja o el trabajo”, matiza Casado.

¿Cómo se prepara el profesional?
Esta es una de la claves de la cuestión, apunta, porque el médico tiene que conectar con su propia vulnerabilidad, cómo ve la enfermedad y cómo se siente, hasta cierto punto, de fracasado en el hecho de que no puedo hacer nada más especial.

Muchas veces, la preparación se olvida y, en el caso de las malas noticias, hay un momento en el que tengo que recopilar información objetiva (de la enfermedad, del diagnóstico, de las pruebas…), pero también otra serie de informaciones que me ayuden a saber qué tengo que decir y cómo decirlo: cómo es esa persona, en qué estado emocional está.

José Luis Casado, psicólogo y consultor en formación de Isavia.No hay un momento preciso
No hay un momento preciso para decirlo, esto no es una ciencia exacta. Además, muchas veces se da el concepto de Marañón de ‘verdad soportable’, es decir, que “hay veces en las que dar la mala noticia va a llevar al médico a reunirse varias veces con el paciente y la familia porque no soportan toda la información de golpe y porrazo”.

Muchas veces, indica Casado, los médicos dicen: “No podemos vomitar la información porque desbordamos a la otra persona”. Hay que elegir el lenguaje. El lenguaje no puede ser inocente. Hay que cuidar las palabras, hay que cuidar la forma: No es lo mismo decir a una persona que tiene un cáncer a que tiene un tumor”.

Las más difíciles de dar
Efectivamente, explica este psicólogo especializado en cómo dar malas noticias médicas, las hay terroríficas, como por ejemplo todo lo que tiene ver con niños, con gestantes, pero indudablemente, la peor mala noticia es la que tiene que ver con una situación de urgencia (accidentes de coche, de moto, muertes repentinas) en los que no hay posibilidad de crear un antecedente.

Lo difícil es cuando no hay contexto, “no es lo mismo que un adolescente de 18 años tenga unos síntomas a que, tras un accidente de tráfico, nos encontremos con la mala noticia”. Y hay que darla, explica casado, que añade que, “aunque sepamos cómo transmitirla, la técnica no puede superar el hecho de que estamos dando una noticia trágica”

Por otra parte, existen casos en los que por la situación psicopatológica del paciente no sea recomendable dar una mala noticia: “imagínese una persona que tiene un cuadro de esquizofrenia o de una depresión mayor, son situaciones excepcionales en las que no es aconsejable”.

Igualmente, se da el caso de que un médico esté dando una mala noticia y de repente el paciente diga “no siga usted”, porque no quiere recibir más mala noticia, no quiere saberlo y ese es un derecho. “Al fin y al cabo, estamos hablando –señala Casado- de una información que le pertenece al paciente. No se guarda información al paciente”.

“La conspiración del silencio”
En este sentido, hasta hace pocos años, no se daba la mala noticia al paciente, se le daba directamente a la familia y esta hacía lo que considerara oportuno. El profesional también tiene que trabajar esta situación y estar preparado para lo que se llama “la conspiración del silencio”, que viene a ser la típica situación de “oiga, no le diga usted nada a mi hermano, díganoslo todo primero a nosotros, que prepararemos a nuestra madre…”.

Dar mal las malas noticias puede agravar la situación del paciente.El médico tiene que saber trabajar todas estas situaciones difíciles, destaca José Luis Casado, incluso con el propio equipo médico, porque “dentro de esta propia conspiración hay familiares que van jugando a sonsacar distintas informaciones al ATS, a la enfermera, al médico o al especialista”.

Para terminar, cuenta que, a parte de todo, nos encontramos con que un gran amigo como es Google se convierte en enemigo porque todos al final metemos en este buscador los síntomas que tenemos y nos generamos unas expectativas que es posible que no sean con las que juega el médico.

“No es triste la verdad, el problema es que no tiene remedio”
Al final hay reacciones de todo tipo, desde no aceptar la realidad a echarle la culpa al médico. Decía una canción de Serrat “no es triste la verdad, el problema es que no tiene remedio”.

Los psicólogos dicen muchas veces que “la realidad es una medicina de sabor amargo
y difícil de tragar”, por lo que muchas veces, concluye José Luis Casado, las reacciones van desde la negación absoluta, a evasión, a pensar que esto es una opinión de un médico, a justificar los fallos médicos (este hospital no tiene toda la tecnología, o es sanidad pública frente a la privada).

Al final se suele culpabilizar al médico por medio de lo que algunos llaman “el síndrome de House”, el médico de la serie de televisión al que nunca se le muere un paciente. La realidad es otra, los médicos son humanos, la vida tiene límites. Es algo que la gente confunde, “no es que la medicina tenga límites, lo que tiene límites es la vida. Nos olvidamos y cuesta aceptarlo”.
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