16 de octubre de 2019, 2:13:56
Opinion


Europa, Europa

Javier Rupérez


Con rara y comprensible unanimidad, medios de prensa y comentaristas políticos han recibido con desánimo la elección del Presidente de la Unión Europea y del (en este caso la) Alto Representante para la política exterior de la Unión. El hasta ahora primer ministro de Bélgica, Herman Van Rompuy y la hasta ahora comisaria europea de comercio Catherine Ahston serán a partir de ahora y por primera vez, según las disposiciones del laboriosa y recientemente aprobado Tratado de Lisboa los que pongan cara a los veintisiete. De Van Rompuy se dice que domina la técnica del consenso –tan necesario en la política de su fracturado país- y del “haiku”, la minimalista forma poética practicada por los japoneses. De Ahston en verdad poco han sabido decir, más allá de anteponer a su nombre el titulo de baronesa que le corresponde como miembro no hereditario de la Cámara de los Lores -donde ocupaba cuota laborista- y de subrayar que nunca se ha ocupado de lo que a partir de este momento va a constituir su ocupación central, los asuntos exteriores.

Pero si bien se mira era difícil imaginar otra cosa. La dinámica interna de la Unión, hecha de interminables luchas para asegurar poderes y competencias, se compadece poco con los liderazgos enérgicos. Aquellos que esperaban contar con una cara como la de Tony Blair al frente de la organización, en signo y símbolo de una nueva capacidad de afirmación interior y exterior, olvidaban la experiencia, tejida de compromisos y cesiones. Y poblada de una clase política que o bien venia de las europeístas y modestas filas de gentes del Benelux o tenia un currículum que no despertaba alarma, miedo o sospecha. Sobre todo entre los grandes.

Comprobar que han sido franceses, alemanes e ingleses los que han cocinado la receta final producirá también desconcierto y frustración entre los europeístas de convicción profunda pero tampoco debería objeto de sorpresa o espanto. Tantas veces se ha esperado que sea la locomotora germano francesa la que encarrile los asuntos de la comunidad que su efectiva y decidida dirección se ha puesto vigorosamente en marcha, con los resultados que ahora contemplamos. El belga Van Rompuy, seguramente dotado de laboriosidad y discreción, y capaz de entenderse con Paris y Berlín en sus respectivas lenguas, es lo mejor que las dos capitales podían encontrar para representar a sus intereses y al mismo tiempo suscitar asentimiento, bien que pasivo y poco entusiasta en el resto de los miembros. Es bueno recordar que la construcción europea, resultado de una gran visión política, no es normalmente producto de los entusiasmos sino de la constancia, y menos obra de los políticos que de los burócratas.

Pero sería erróneo deducir de ello que franceses y alemanes pretenden con Van Rompuy impedir el progreso de la Unión. En líneas generales ambos comparten una aproximación que en conjunto debe ser calificada favorable a la unión europea en un diseño, claramente, en donde ambos conjuntamente retengan poderes significativos de iniciativa y decisión. Es ahí donde entra el belga –como otros belgas, luxemburgueses y holandeses lo hicieron anteriormente-. Una manera de controlar tiempos y decisiones sin herir excesivamente las sensibilidades de los demás. Veremos como el sistema funciona en los casos críticos –Turquía es el mejor ejemplo, y tanto alemanes como franceses se oponen a su entrada en la UE- pero eso será en su momento la prueba de fuego del nuevo sistema y de sus directivos. De momento saludemos a Rompuy como el resultado de un compromiso razonable y esperamos que eficaz.

Lo de la Ahston, máxima responsable de los asuntos exteriores de la UE, tiene otras lecturas. La primera y natural consiste en comprobar la diabólica habilidad con la que un país que no cree en la unión europea y que no participa de sus mas avanzadas formas de integración -el euro y Schengen- coloca a uno de sus peones –y que a nadie quepa duda de ello: Ahston entra en la cúpula de la UE para vigilar el cumplimiento de los intereses británicos- en las máximas instancias del sistema. La segunda y conexa: Londres practica la medida inversa de alemanes y franceses. Su evidente presencia en tantos niveles de la unión en la que no creen y ahora en sus escalones superiores es para conformar el progreso del sistema a sus reduccionistas premisas. Más nación, menos unión y sobre todo, y como siempre, “rule Britannia”. Lo que la baronesa llegue a saber del contenido de sus nuevas responsabilidades será más que probablemente resultado de los que la información que la ofrezca el Foreign Office. Eso es lo que hay. Y que nadie se llame a engaño: Ahston no es Solana.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es