9 de diciembre de 2021, 11:04:55
Opinión


El hipódromo de Constantinopla

Isabel Sagüés


Desde la explanada, entre árboles y minaretes, se aprecia la apabullante fábrica de Aya Sofia. La vista es directa. Ya no se interponen las gradas del viejo hipódromo. Ni se oye la algarabía ni los alaridos de los seguidores de verdes o azules. Ahora la música de fondo es la del muhecín cuando llama a la oración, la de los vendedores de postales, o la del taconeo incesante de los miles de turistas que cada día llenan la Sultanahmet Meydani, la plaza más visitada, la más hermosa, el lugar más extraordinario de Estambul, la antigua Bizancio.

Bizancio era desde los tiempos de Grecia el puente con Asia. En el 324 el emperador Constantino el Grande la convirtió en capital del Imperio Romano. A partir de ese momento, ya rebautizada con el nombre de Constantinopla, en una dilatada vida de más de mil años, desarrolló una civilización cuyo esplendor deslumbró a sus contemporáneos. Su proyección geográfica y temporal fue extraordinaria y su influencia se extendió por toda Europa. Su herencia terminó después de la toma de la capital en 1453 por los otomanos, pero su riqueza cultural, el brillante pasado de la ciudad, su antiguo y mítico nombre han permanecido en nuestro recuerdo colectivo.

Flanqueada por la imponente y sobrecogedora Aya Sofia, más conocida como Santa Sofia, la gran basílica construida por Justiniano, y la no menos hermosa Mezquita Azul, delimitada por el hamman Hürren, diseñado por el gran Sinan, y el palacio de Ibrahim Pasa, la plaza longitudinal de Sultanahamet fue en tiempos el corazón de la ciudad bizantina. Su perímetro coincide con la pista del viejo hipódromo.

El de Constantinopla no era un hipódromo más, ni un mero centro deportivo. Se constituyó en el centro social de la ciudad, e incluso del Imperio. Era un lugar de reunión y celebración, ocio y recreo. Todo se celebraba en el hipódromo. Escenario para música y acrobacias, durante más de mil años todos los acontecimientos civiles, juegos y competiciones atléticas, junto a carreras de caballos y carros, tuvieron lugar en el hipódromo y sirvieron de diversión a los ciudadanos de Bizancio.

De entre todos los espectáculos, el que más gustaba al pueblo eran los carreras de carros llamados cisios, pequeños y manejables, tirados por dos o cuatro caballos. En este tipo de carreras se apostaban grandes cantidades de dinero y toda la ciudad se dividía entre los seguidores de los distintos equipos. Algunos competidores llegaran a alcanzar una enorme celebridad y riqueza. Los campeones y sus partidarios formaban grupos rivales que apoyaban diferentes poderes políticos que solían llevar el nombre de un color: amarillo, rojo, verde, blanco, negros, azul. Con el tiempo, todos se agruparon en torno a dos colores: azules y verdes. La rivalidad entre unos y otros solía verse influenciada por las rivalidades políticas o religiosas, y,en ocasiones, los disturbios acabaron en guerra civil. Los disturbios más graves fueron los llamados de Niká ocurridos en el 532, en los que murieron 30.000 personas.

El primer hipódromo lo construyó en el año 202 el emperador Septimio Severo cuando Bizancio era una ciudad que sólo su estratégica situación la distinguía. Un siglo más tarde era la capital del Imperio Romano y Constantino el Grande la engrandeció con nuevos y lustrosos edificios. En esa renovación urbana, el hipódromo fue uno de los objetivos. Para su ampliación se inspiró en el Circo Máximo de Roma. Se estima que medía 430 metros de largo y 130 de ancho. Dice la leyenda que tenía una capacidad para 100.000 espectadores.

La pista tenía forma de U, heredada de los antiguos estadios griegos, y el Kathisma o palco del emperador estaba situado en el extremo este de la pista. En la parte central de la misma había un muro bajo, alrededor del cual daban la vuelta carros durante las carreras. Se llamaba la spina y estaba adornada por estatuas, obeliscos y columnas, monumentos todos traídos de distintas partes del reino. La pista fue decorada con estatuas de caballos y aurigas famosos. Ninguna sobrevive a excepción de la representación de una cuadriga con cuatro caballos realizados en bronce que durante la Cuarta Cruzada fueron saqueados y que desde 1204 adornan la Basílica de San Marcos en Venecia.

El aspecto del hipódromo debió ser grandioso. Del fantástico edificio prácticamente no queda nada, especialmente tras el paso de los cruzados por Constantinopla. Apenas sobreviven fragmentos. Pese a que no ha sido excavado sistemáticamente, se sabe que la actual plaza se eleva dos o tres metros sobre la pista original. Los visitantes se entretienen contemplando las columnas y obeliscos que, como un brote, se elevan desde la tierra en lo que fue la espina del viejo hipódromo: Constantino mandó traer desde el templo de Apolo de Delfos el Trípode de Platea, conocido actualmente como la Columna de las Serpientes, construida para celebrar la victoria de los griegos sobre los persas durante las Guerras Médicas en el siglo V. a. C. La parte superior de la columna estaba adornada con la bola dorada sostenida por tres cabezas de serpientes. La bola fue destruida o robada durante la cuarta cruzada. Del trípode sólo queda su base, la columna. Teodosio adornó el hipódromo con un obelisco egipcio. Tallado en granito rosa, fue erigido en el templo de Karnak en Luxor en el reinado de Tutmosis III. Para su traslado hubo que cortarlo en tres piezas. Sólo sobrevive la parte superior, sobre el pedestal de mármol en el que la colocó el emperador. En el siglo X, Constantino VII construyó otro obelisco de piedra en honor a su homólogo el Grande. Originariamente estaba cubierto con placas de bronce doradas que también fueron robadas también durante la Cuarta Cruzada.

Con la llegada de los otomanos, el Hipódromo dejó de ser lo que era. Sus piedras se utilizaron para construir la Mezquita Azul o el Palacio de Ibrahim Pasa, la majestuosa residencia privada más elegante de Estambul que el yerno y Gran Visir de Soleiman el Magnífico construyó en 1524. Hoy alberga el Museo de las Artes Turcas. El recinto, a la sombra de Aya Sofia, se cierra con una fuente octogonal abovedada de estilo neobizantino, regalo de Alemania, que conmemora la visita del kaiser Guillermo II en 1898 a la vieja Bizancio.

Ya no se pelean verdes y azules, pero la Plaza de Sultanahamet sigue siendo espléndida y bullanguera, llena de vida, centro del viejo Bizancio, eje sobre el que pivota lo que queda del esplendor pasado de Constantinopla. Un mundo mágico, un lugar único. No se lo pierdan.
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