15 de diciembre de 2019, 4:50:19
Opinion


Intrahistoria

Rafael Núñez Florencio


"Hoy, Dinamarca, Suecia, Rusia, la misma Polonia, Alemania, Italia, Inglaterra y Francia, todos estos pueblos, enemigos, amigos, rivales, todos arden de una generosa emulación por el progreso de las ciencias y de las artes. Cada uno medita las conquistas que debe compartir con las demás naciones; cada uno de ellos, hasta aquí, han hecho algún descubrimiento útil, que ha recaído en beneficio de la humanidad. Pero ¿qué se debe a España? Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa?"

Son las conocidas palabras de Nicolás Masson de Morvilliers, en el artículo "España", incluído en la Encyclopédie Méthodique (1782), que dieron lugar a la famosa polémica sobre la ciencia española, tema que nos ha ocupado -me temo que no muy fructíferamente- desde entonces hasta hoy mismo.

He dejado los interrogantes anteriores sin respuestas -aunque pueden fácilmente colegirse del mismo planteamiento-, porque no es mi objetivo incidir en ese debate. Vayamos simplemente a los hechos, "a las cosas mismas", parafraseando a Husserl. Casi dos siglos después (1969), en un conocido trabajo de divulgación, Kenneth Clark trazaba las grandes líneas de la civilización europea: música, derecho, descubrimientos científicos, arquitectura, filosofía..., y también, claro, franceses, italianos, alemanes, ingleses... Es el mismo Clark, tan ignorante como osado, el que parece responder a Masson: "Si se hubiera tratado de hablar de historia del arte, no habría sido posible dejar fuera a España; pero cuando uno se pregunta qué ha hecho España por ampliar la conciencia humana y colaborar al progreso de la humanidad, la respuesta es menos clara. ¿Don Quijote, los grandes santos, los jesuitas de América del Sur?"

¡Ah, claro, Cervantes, inventor de la novela moderna (si hasta Kundera le rinde tributo)! ¡Velázquez, genio de la pintura universal! Y así podríamos seguir, indudablemente: Goya, Ortega, Ramón y Cajal... La historia española desde hace cinco siglos es una sucesión de chispazos geniales en un páramo inmenso. Pero hace mucho tiempo que aprendimos -o debimos aprender- que no es con esos espasmos como se logra progresar, sino con un esfuerzo sostenido, con una continuidad -cauces de creación e investigación por donde transiten maestros y discípulos-, en un ambiente de libertad, respeto y tolerancia. ¿Qué movimiento -no individualidades- de proyección universal ha surgido en España en los últimos quinientos años?

Si no queremos recluirnos en el ámbito del lamento huero, no tenemos más remedio -como terapia de choque- que enfrentarnos con esas realidades. Sí, lo sabemos, por supuesto que todo esto lo sabemos, pero hoy, a estas alturas de comienzos del siglo XXI, aparecen signos, cada vez más consolidados, de olvido consciente y voluntario. ¿Pues qué, no estamos en Europa? O, mejor dicho, ¿no somos, no hemos sido siempre Europa? Aquí estamos, con la cabeza alta, y con todos los derechos. Somos poco más o menos como los demás socios. Sí, quizás nos quedan lastres del pasado, pero ya se sabe, en todas partes cuecen habas...

Más aún, ¿por qué negarlo?, deslumbramos a todo el mundo con nuestras movidas "culturales", somos la primera potencia gastronómica del mundo (¿o no?), quién más quién menos nos quiere copiar la transición política y hasta los japoneses vienen para estudiar el diseño de nuestros puentes. Ya, para colmo, hasta a nuestros actores los fichan en Hollywood (mientras la industria del cine español se cae literalmente a pedazos).

Nos hace falta urgentemente enfrentarnos con la realidad, pero no parece que vayan por ahí las cosas. De vez en cuando alguna voz aislada, sin el más mínimo eco, denuncia esa política del relumbrón o de la modernidad de pega, del diseño exquisito y de la tecnología punta (con patentes extranjeras), esa satisfacción de nuevos ricos que venimos arrastrando desde los fastos del 92; mientras, el país real no lee, los pocos que leen no tienen bibliotecas, las bibliotecas universitarias son escandalosamente insuficientes en todos los sentidos, las Universidades tienen las manos atadas por la masificación y el corporativismo, y en fin, el Ministerio de Educación nos prepara planes y reformas de nunca acabar que, so pretexto de Bolonia, amenaza con convertirnos a todos en analfabetos funcionales. ¡Qué panorama!

De la investigación científica, mejor no hablemos. Tuvimos que pasear en sus últimos años a "nuestro" Nobel Severo Ochoa por no sé cuantos ámbitos que no eran los suyos, desde actos sociales a entrevistas radiofónicas (siempre se le preguntaba, ¡qué agudeza! si creía en Dios). Pero, ¿no trabajaba este hombre en los Estados Unidos? ¿No fue allí donde tuvo que ir para poder investigar, tener un equipo en condiciones, unos adecuados medios materiales y el reconocimiento social (el de verdad, quiero decir, no el de los cócteles) que merecía? Y mientras tanto, hoy mismo, ahora mismo, ¿quien se acuerda de dotar a los laboratorios, incentivar la investigación, etc.? ¡Se ve que hemos aprendido...!

Quizás, tal como van las cosas, no estaría mal simplemente cambiar el rumbo y hacer una cura de humildad: abrir cualquier libro científico escrito por uno de nuestros vecinos europeos o un norteamericano -da casi igual en qué especialidad- y rastrear allí los nombres españoles. Hojear cualquier revista de prestigio internacional y buscar allí las últimas grandes aportaciones de equipos de investigación españoles. A un nivel más superficial, repasar sencillamente la lista de los Premio Nobel en Física, Química, Economía, Medicina... En una encuesta reciente sobre los grandes genios de la pintura del siglo XX los críticos consultados coincidían en colocar en el número uno a un español, Pablo Picasso. No estaría de más en este contexto recordar que Picasso vivió en Francia casi toda su vida adulta, fue París la ciudad que le acogió y el ambiente de las vanguardias de la capital francesa el que posibilitó su arte revolucionario. ¿Qué hubiera sido de Picasso en España? ¿Qué le dio España a Picasso sino la puerta para correr? ¿Es extraño que nuestros vecinos se apropien de él? Aunque sólo sea como cura de humildad, no nos vendría tampoco a nosotros nada mal asumirlo así.

No quiero desembocar en el socorrido recurso de responsabilizar a éste o a los anteriores gobiernos o administraciones (¿hasta dónde tendría que remontarme?), no tanto porque crea que no se lo merecen, cuanto por el hecho de que el problema es realmente más profundo y complejo, nos afecta a todos, y hemos de ser todos los que asumamos nuestra cuota de responsabilidad sin diluir ésta por encima de nuestras cabezas. En este sentido no estaría de más por ejemplo ir cambiando esa filosofía del bon vivant mediterráneo por algo que se asemeje a la seriedad, en su más amplio sentido, de nuestros socios allende los Pirineos. Como no creo que la transformación desemboque en un nuevo tipo de español-calvinista, bueno será en todo caso el esfuerzo que nos deje en el aristotélico justo medio. ¿Quién ha dicho que los pueblos no pueden cambiar sus esquemas mentales y valores vitales? ¿Se imaginan, ya que somos un reino, el paso de España, simplemente, del reino de la chapuza al del trabajo bien hecho? ¡Un cambio revolucionario!

A otro nivel, haría falta un auténtico debate, con medidas concretas, discusión de propuestas, delimitación de propósitos: más recursos destinados a la infraestructura cultural y científica, y menos animadores culturales; más bibliotecas y menos centros culturales polivalentes; menos demagogia, menos populismo barato, menos fichajes de figuras, menos exposiciones efímeras y carísimas, menos charlatanería, menos falsas reformas educativas que encubren la nada con palabrería rimbombante; más seriedad, más rigor, más, sobre todo, esfuerzo sostenido sin esperar rendimientos a corto plazo. No nos engañemos: se trata de un trabajo de generaciones. Pero si no empezamos hoy, entonces sí que, seguro, nunca lo veremos.
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