23 de abril de 2021, 0:45:40
Los Lunes de El Imparcial

reseña


Robertson Davies: La lira de Orfeo


Robertson Davies: La lira de Orfeo. Traducción de Concha Cardeñoso. Libros del Asteroide. Barcelona, 2009. 488 pág. 21,95 €


El intemporal mito de Lancelot, de evocaciones bíblicas, que ha renacido repetidas veces desde la Alta Edad Media, acaricia con firmeza a los personajes de La lira de Orfeo (1985), tercer volumen de la Trilogía de Cornish (una de las cuatro que conforman la producción novelística de Robertson Davies). El autor canadiense llegó a obtener, en los años 40, un importante reconocimiento académico y literario, e incluso fue propuesto para el premio Nobel. La lira de Orfeo –peculiar y alambicada obra– arranca con el compromiso de la Fundación presidida por Arthur y su esposa María, albaceas del legado del mecenas Francis Cornish, de embarcarse en el proyecto más arriesgado que ha acometido hasta el momento: la reconstrucción y puesta en escena de la ópera inconclusa de Hoffmann Arturo de Britania o El cornudo magnánimo.

En el empeño del equipo investigador por crear el clima que inspire las decisiones sobre el libreto, la música y la escena del melodrama, los protagonistas se sumergirán –medio en broma y auxiliados por el inconsciente– en una especie de “pseudotrance” donde, rodeados de símbolos artúricos, se sentirán impelidos a representar a sus símiles en el relato mítico (Arthur y María al Rey Arturo y a Ginebra, el reverendo Dacourt a Merlín…); y las largas tertulias nocturnas bañadas con el mejor inductor de sueños del que se nutren los mitos, abundante vino y alcohol en general –por supuesto “artúricos”–, les conducirán, también en sus vidas, a doblegarse a la leyenda universal. ¿Existirá alguna escapatoria?

Davies, en el exordio, cita a Hoffmann: “La Lira de Orfeo abre las puertas del otro mundo”, y es que los dos mundos (vida y muerte, intuición e intelecto, sentimiento y pensamiento…) andan tan entreverados, que ni siquiera en el arte es posible ya encajar nada nuevo; pero no se debería desestimar la importancia de la imitación, porque es al atraer el destino hacia sí como –mofándose– puede aflorar alguna sorpresa, y esto no sucederá si no se ama “…la libertad, sin la que la creación artística no podía existir”, o si nos abandonamos a la “filosofía del filisteo”.

Por Inmaculada López Molina
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