29 de enero de 2020, 16:51:00
Opinion


Brutal linchamiento

María Cano


El pasado martes, una niña de 3 años ingresó en un hospital canario. Murió dos días después. El novio de su madre, Diego Pastrana, de 25 años, fue detenido el mismo día del ingreso como presunto autor de abusos y posible violación de la niña, así como de maltrato. Aitana presentaba unas marcas en la espalda que los médicos identificaron, en un primer momento, como quemaduras.

Hace una semana fui tía por primera vez y ayer mismo, mientras sostenía a mi sobrino en brazos, mi hermana me preguntaba cómo es posible que haya individuos en este mundo capaces de hacerle daño a algo tan pequeño, tan indefenso y tan frágil como un niño o un bebé. Me recorrió un escalofrío la espalda al pensar sólo en la posibilidad de que alguien, en algún momento de su vida, le haga algún daño. Por desgracia, los hay. Y también, por desgracia, muchas veces nos equivocamos.

Diego no maltrató a la pequeña, ni la violó, ni abusó de ella. Ha sufrido un calvario por partida doble del que le costará mucho recuperarse, si es que lo hace algún día. Su versión de que días atrás se cayó accidentalmente de un columpio era cierta, tal y como ya le había contado la pequeña a su madre y a su profesora. Y las presuntas quemaduras han resultado ser una reacción alérgica.

Tenemos tanta información a nuestra disposición, sabemos todos tanto y tenemos tanto derecho a opinar que no esperamos ya ni a los exámenes médicos, ni a los de los forenses ni a los dictámenes judiciales, ni a nada. Juez y parte, eso es lo que somos. Asesinando alcaldes, condenando a inocentes, agrediendo a los profesores, que son carne de psicólogo en su mayoría, y dictándole, incluso, al Constitucional las decisiones que tiene que tomar.

Le hemos perdido el respeto a la Justicia, a los maestros, a la autoridad y alguien debería preguntarse por qué, qué es lo que estamos haciendo tan catastróficamente mal y cómo se puede arreglar. Cuando el pueblo comienza a tomarse la Justicia por su mano, cuando las presiones descaradas son no sólo permitidas, sino, incluso, aplaudidas, cuando nos sentimos desamparados y desprotegidos, el germen de la ira, que nace del instinto de supervivencia que casi todos llevamos dentro, comienza a crecer.

Los gobernantes deberían detenerse a pensar en lo que está pasando en nuestra sociedad. No quiero imaginarme un futuro así. Cuando dejemos este país en manos de nuestros pequeños, no deberíamos sentir vergüenza ni lamentar lo que pudimos hacer y no hicimos.
Dejemos a los jueces hacer su trabajo sin interferencias, ni amenazas, ni condicionantes de nigún tipo. Dejemos al profesorado formar a nuestros hijos y castigarles cuando se lo merezcan. Dejemos que los sospechosos sean inocentes hasta que se demuestre lo contrario, hasta que las pruebas delaten sus crímenes y, entonces, sean juzgados por ellos y el peso de la ley les aplaste. A Diego le hundirá lo que entre todos hemos hecho o hemos pensado, ese linchamiento brutal y público al que ha sido sometido. Pero eso será cuando supere la pérdida de Aitana, a la que iba a recoger al colegio casi a diario, con la que jugaba en el parque y a la que él mismo llevó preocupado al hospital cuando notó que le ocurría algo. Nada salvará ya a Diego. ¿Y a nosotros?
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