9 de diciembre de 2021, 12:26:50
Opinión


Ramón Gómez de la Serna, el regreso de una pluma prodigiosa

Concha D’Olhaberriague


Ramón Gómez de la Serna dijo una y otra vez que sólo en los haikus encontraba ejemplarios remotos para su invención verbal, breve y multiforme, llamada greguería. Jorge Luis Borges, en cambio, atribuía la paternidad a Jules Renard, uno de los fundadores del Mercure, y no ha faltado quien vio una gran cercanía entre las composiciones ramonianas y la pintura de René Magritte, sobre todo su Llave de los sueños, el curioso cuadro de objetos cotidianos inconexos, cada uno de los cuales lleva un nombre decididamente inapropiado.

Rebosante de ingenio elocuente y con un talento para la imaginería de la lengua inigualado, Ramón fue siempre, a despecho de su popularidad, un autor de minorías. Escribió con fecundidad y no halló un género a su medida. Su vigor expresivo transformaba todo. A veces no hacía más que orear un poco las palabras y al punto emergían con una coloración inicial nunca vista; otras encontraba un contraste o un parangón insólitos.

Como Salvador Dalí y otros artistas notables de la época de las vanguardias, estaba dotado para el espectáculo y era lo que hoy llamaríamos un comunicador excepcional. Carecía, en cambio, de maña para los negocios. El pensamiento poético matizado de alegría melancólica produce delectación y ánimo pero no se puede exhibir como obra de arte adquirida para ornato del propietario.

Con frecuencia escribía a destajo para la prensa y aceptaba encargos editoriales con el fin de conseguir el dinero necesario. De esta forma vieron la luz en periódicos de España y la Argentina cientos de greguerías. Con ellas afinaba su instrumento creador. Para cada una, como el pintor con los bocetos del cuadro, hacía varios borradores. Yo creo que su lengua, toda, está conformada por una agregación sintáctica de greguerías. A su través vislumbraba la polémica de la vida, lo efímero y lo esencial antes que lo actual. Quizá por ello tuvo unas dotes proféticas asombrosas.

En el Diario póstumo, editado en 1972 pero escrito mucho antes, en los cincuenta, bajo el epígrafe “Artículos nuevos que escribir”, leemos lo siguiente: “Llegará la T.V. a pagar una gran cantidad –ricos para toda la vida- a las parejas que dejen televisionar su noche de bodas”.

Fue Ramón precursor y adelantado de muchos acontecimientos que ahora nos parecen originales. Quería visitar el Museo del Prado de noche y lo consiguió cuando su amigo Aureliano de Beruete fue nombrado director.

Hace unos días, supe por este periódico que salía a la venta un nuevo libro de greguerías, ilustrado con fotografías de Chema Madoz.

Acuciada por la penuria, Luisa Sofovich, la viuda de Gómez de la Serna, vendió a la universidad de Pittsburgh más de sesenta cajas repletas de papeles de su marido.
La investigación de tales inéditos la lleva a cabo la profesora francesa Laurie-Anne Laget. Merced a su minucioso trabajo podemos, ahora, disfrutar de la pieza ramoniana que mejor resume su estilo y, además, en una versión de la época madura. Más adelante -anuncia- publicará un diccionario de voces recreadas, inventadas o comentadas por el escritor. Esperemos que sea pronto.
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