21 de noviembre de 2019, 20:49:39
Opinion


La culpa no es de Moratinos, es de Zapatero

José Antonio Sentís


El ministro de Exteriores español parece gafado. No sale de un problema para meterse en otro. Y todos tienen el mismo desarrollo: sorpresa general al principio, pasividad contemplativa después, agitación compulsiva más adelante, y llamada de auxilio a continuación (a la sociedad, a la oposición, al mundo o a la Divina Providencia). El cuadro se completa con un pasteleo tardío que deja un regusto de torpeza, de inseguridad, de debilidad o de cesión.

Al ministro de Exteriores español le han tomado la medida. En el marco de su competencia, las relaciones internacionales, todos saben que nuestro representante nacional interpreta un modo de hacer política basado en el deseo de hacer amigos. Lo que es extraordinario en su negociado, en el que la política exterior se basa, primordialmente, en la defensa de los intereses.

En teoría, no sería difícil compatibilizar ambas cosas, la amistad y los intereses. Pero es de uso común que los segundos son previos a la primera, y sólo se convierten en tus amigos aquellos que te respetan, y no lo son quienes se chotean de tus debilidades. Por eso, lidiar con los conflictos mundiales desde el concepto de que todo el mundo es bueno, y que se puede apaciguar a las fieras susurrándoles al oído, demuestra una ingenuidad palmaria.

En una palabra, el ministro de Exteriores tiene que tener el colmillo retorcido. No es el árbitro neutral en la partida de ajedrez: está obligado a ganarla. Y nosotros, los españoles, tenemos un ministro de Exteriores con vocación de mediador, de ONG, de juez de paz. Sólo que, desgraciadamente para esa vocación, él tiene que ser parte.

Aunque el afable Moratinos no lo sepa, su papel es el del embajador japonés que tiene que anunciar a Estados Unidos el ataque a Pearl Harbor… después de producirse. Un tipo que pone la cara a la traición al enemigo, porque es la manera de defender al propio, donde no cuenta la moral, el carácter o la voluntad personales. Y, si cuentan, uno no puede dedicarse a ministro de Exteriores, sino irse de misionero a tierras africanas para evangelizar a las tribus en conflicto con la ética de Rousseau.

Después de los ridículos acumulados en un lustro de política exterior, habría que pensar que Moratinos no es la persona adecuada para tal función. Pero eso puede no ser justo. Porque nuestro ministro de Exteriores sólo es responsable de tener un perfil orientado a la mediación en los conflictos (aunque alguien considere que su papel ahí, por ejemplo en Oriente Medio, fuera razonablemente estéril). El problema es de quien ha elegido este tipo de gestor exterior: José Luis Rodríguez Zapatero.

El asunto es de calado político, porque es Zapatero quien ha diseñado un formato de política exterior basado en la concesión, aun a costa de la humillación nacional; en el complejo de inferioridad y la necesidad imperiosa de pedir perdón por lo que fuimos, somos o seremos. Incluso de pedir disculpas por lo que deberíamos ser, a cambio, naturalmente, de no serlo.

Si el buenismo fuera una manera de hacer política, sería estúpido, pero disculpable. El problema surge cuando el buenismo no es sino una forma depurada de cobardía. Es decir, no se trata de hacerse el bueno para conseguir los objetivos que se desean, sino ser dócil para defenderte de una posible agresión. Porque no es bueno el perro que se echa al suelo y da el cuello al adversario más fuerte, para aplacar su hostilidad. Simplemente es débil o es cobarde.

Obviamente, todo lo anterior viene a cuento de los últimos acontecimientos en los que Moratinos ha naufragado, desde Somalia a Marruecos y a Gibraltar, con escala en Mauritania. Pero no es él sólo quien se estrella ante los problemas. Es que no le ayuda nadie en el Gobierno, y lo que menos le ayuda es que la vicepresidentísima se meta a coordinar nada, porque, entonces, sí que entramos en verdaderos problemas, los típicos de las políticas compulsivas e hiperactivas de una persona que ha decidido que es la voluntad la que resuelve los asuntos, en lugar de la astucia, la prudencia, la paciencia o la inteligencia.

No es ése el principal problema, siéndolo grave. La gran cuestión, conocida en el mundo mundial, es que los grandes asuntos de política exterior nunca se resuelven por una gestión ministerial, ni por el funcionamiento de la burocracia gubernamental. Ministros y resto de funcionarios interpretan órdenes, y tienen un límite a su actuación. Y cuando la cosa se pone fea, sólo queda una: el jefe de Gobierno en interlocución directa con otro u otros jefes de Gobierno.

No es Moratinos el responsable de resolver el conflicto con Marruecos en el caso Haidar. Es Zapatero, único interlocutor posible del primer ministro marroquí y, si se apura, del presidente francés y del estadounidense. Porque todos son parte del conflicto, pero Moratinos no puede alcanzar a todos ellos. Y, por supuesto, hablando de Marruecos, nada que no le llegue a su Rey será de utilidad. Y ahí también tendría que intervenir Zapatero, aunque sólo sea para pedir una llamada del nuestro.

¿No tiene Zapatero algún cromo que cambiar, algún favor que realizar, alguna deuda que cobrar a cualquiera de los agentes internacionales concernidos en el caso Haidar como para encontrar una salida? ¿No es capaz de presionar, o solicitar, algún apoyo, sea en la Unión Europea que tan solemnemente va a presidir, sea en la ONU de la Paz Mundial, sea en su Alianza de las Civilizaciones, sea por su apoyo a la guerra de Afganistán? Y, si finalmente lo consiguiera, ¿por qué tarda tanto para hacer algo, por qué se le enquistan todos los problemas, por qué es incapaz de reaccionar con rapidez y deja que todo se le pudra entre las manos? ¿Por qué, en fin, sólo sabe salir de los atolladeros pagando… con el dinero o con el prestigio de los demás?

En resumen: Moratinos interpreta la política de debilidad de Zapatero, pero Zapatero es tan débil que ni siquiera da la cara para defender en persona lo que ordena a otros. Es la hiperdebilidad de un señor que organiza un ejército de avestruces en un mundo donde basta con retroceder un paso como para que alguien te tome el terreno, sea marroquí, somalí, mauritano, gibraltareño o pirata en general.

Moratinos es un ministro muy blandito, pero su jefe es un verdadero cobarde, pues siempre prefiere la humillación al conflicto. Con lo que, como es sabido, sólo puede lograr la humillación y el conflicto. En nombre de España, claro.
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