27 de mayo de 2020, 18:14:41
Opinión


Constituciones sin pena ni gloria

José María Zavala


El pasado 1 de diciembre entró finalmente en vigor el Tratado de Lisboa, fecha casualmente cercana al aniversario de la Constitución Española. Los telediarios apenas resaltaron este hecho. No hubo reportajes especiales, muchos periódicos relegaron la noticia hasta el punto de hacerla difícil de encontrar, y pocos fueron los que se dignaron a incluirla en su “portada” digital, por lo que ya sería mucho pedir hacer de dicho evento el principal titular.

Las celebraciones públicas parecen haberse limitado a las típicas formalidades llevadas a cabo alrededor de la portuguesa Torre de Belem. Así que entra en juego un marco jurídico que determina los límites legales de casi cuatrocientos millones de europeos y resulta ser un martes como otro cualquiera, de esos que están en negro en el calendario, que ni sufren la pereza del lunes ni la ilusión de un viernes y ni nos han salido canas ni nos sentimos diferentes. Algunos pensarán que la presunta crisis ha llevado a los ingenieros políticos de los “Estados Unidos Europeos” a hacer un acto de sobriedad y calma. Pero seamos francos: ¿Quién iba a salir a festejar esa chapuza ilegítima?

Las iniciativas de la Unión son cada vez más determinantes y profundas, y sin embargo la participación en las elecciones europeas, desde que comenzaron en 1979, ha ido bajando progresivamente del 62 al 43 por ciento. La política a nivel europeo siempre ha estado dotada de ese aura de progreso, de concordia, de avance. Parecía efectivamente imponer una supranacionalidad objetivada, ser capaz de burlar el egoísmo de cada uno de los estados que en el pasado supuso tantos problemas. Creíamos que encarnaba el espíritu kantiano. Muchos políticos trataron de aprovecharse de ello haciendo alarde del “argumento europeísta” en sus infantiles luchas.

Será por esa fama que se había ganado, que la falta de sutileza en Lisboa me ha llamado tanto la atención. Será precisamente esa conciencia de sí misma, la que la diosa Europa ha alcanzado con el tiempo, la que le ha hecho darse cuenta de que su gran enemigo no son los incómodos parlamentos nacionales, sino la esencia democrática en sí. Cuando uno está convencido de llevar la razón, de portar los valores correctos, de hacer las cosas como deben hacerse, las adversidades en el camino no son pausas para la reflexión, sino obstáculos que han de ser eliminados. Cuando tendríamos que mejorar las vías de decisión “hacia abajo”, resulta que llevamos el poder a instituciones que están cada vez “más arriba”, y por lo tanto, más lejos.

La crisis creada a raíz de las negativas populares holandesa y francesa allá por el 2005 (¡Maldita sea… ya hemos perdido cuatro años!) ha sido “resuelta” de forma vergonzosa: esquivando el problema y ocultando los actos. Espero que ya que no nos van a preguntar, la tecnocracia política europeísta tenga algo bueno preparado para sus ciudadanos, signifique lo que signifique eso.

Quizás nos veamos dentro de 20 años celebrando el 1 de diciembre en vez del día 6, y ni siquiera nos preguntemos cómo hemos llegado a tal hecho. Simplemente, dejamos hacer.
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