5 de marzo de 2021, 16:54:01
Opinión


Relativismo en la tierra

Mariana Urquijo Reguera


Cuando Obama hace un año ganó unas históricas elecciones presidenciales en EEUU, el cambio se convirtió en el lema del siglo XXI. La conciencia de la necesidad de una nueva forma de pensar el mundo, la realidad y la política, encontraron en la figura de Obama el líder idóneo y preparado para priorizar los problemas del mundo con otros criterios, para ejercer el poder con diferentes medios y maneras, para proponerse objetivos más igualitarios, en definitiva, para terminar una época y guiar la construcción de una nueva.

Un año después el líder no ha sido capaz de enseñar cuál es su proyecto, los objetivos concretos que persigue y su estrategia. Ante la difuminación de la sustancia parece que solo queda una gran campaña de comunicación de imagen que ha puesto al descubierto que ante la necesidad del cambio, no sólo la promesa-Obama no tiene un plan, sino que ningún otro estado ni líder político lo tiene.

El mundo no tiene proyecto. Estamos al límite en cuanto a equilibrio ecológico, a punto de desencadenar el proceso irreversible hacia la pobreza, hacia el caos climático, financiero y migratorio y no sabemos qué hacer.

Las esperanzas de que por fin alguien pondría un nuevo orden donde ya no valían las reglas hasta ahora utilizadas, se han esfumado dejando el relativismo en evidencia. El relativismo con el que se toman todas las decisiones políticas y por tanto, la aleatoriedad de los criterios y valores que soportan estas decisiones, en definitiva, la ausencia de un proyecto integral.

El vacío que esto provoca en la población fomenta que el relativismo se expanda como una nueva plaga por la tierra. La falta de referentes, de caminos hacia un futuro (no sólo un futuro cualquiera, sino ya, y más radicalmente, un futuro, que hoy está amenazado por la ambición en la tierra que es tan egoísta que ni siquiera implica una ambición de inmortalidad paradisíaca, con el oro en la tierra les basta y les sobra para seguir destruyendo) disemina en cada persona y en cada pequeño proyecto el relativismo, que no es sino una forma de egoísmo desorientado, materialista y carente de más finalidad que sus propios medios.

No caben acusaciones particulares, ni señalar con el dedo a los políticos; ante esta situación parece que el único remedio para el planeta y ante la baja moral de los políticos, el único remedio es la honradez, la ética, el compromiso de cada persona en su hacer diario y en sus relaciones cotidianas, compromiso consigo, con los que le rodean y con su entorno. Contra la falta de un proyecto colectivo de futuro, de la posibilidad de una mayor justicia en la tierra, el reto está en los pequeños grupos, en las pequeñas asociaciones, en el movimiento de los que aun no han perdido la esperanza en poder construir otras sociedades, menos destructivas de sí mismas y de su entorno.
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