26 de mayo de 2020, 22:39:38
Opinión


Diciembre es depresivo

Benito Peral


De todos los meses del año quizás sea Diciembre el más proclive a la depresión. Y lo es por varios motivos. En primer lugar está el factor estacional. Diciembre trae, aquí en el hemisferio norte, los días más cortos del año y las noches más largas. La luz solar es el factor que más influye en los ritmos biológicos. Existe una vía nerviosa que comunica la retina con el hipotálamo, una zona profunda del cerebro de la que dependen el buen funcionamiento hormonal, la vitalidad y el estado de ánimo. No es casual que los países escandinavos, donde por estas fechas apenas ven el sol, tengan las tasas más altas de depresión y de suicidio del mundo. En el tratamiento de la depresión, sobre todo en esas latitudes, se utiliza como complemento a los psicofármacos la fototerapia, que no es otra cosa que sesiones de luz con unas lámparas especiales que intentan asemejar la luz solar.

Pero además en Diciembre celebramos la Navidad. Jesús no nació en Diciembre, muy probablemente lo hiciera en Septiembre, porque sabemos que coincidió con un censo que el emperador Augusto ordenó en aquella provincia romana. Los censos suponían desplazamientos de población y solían hacerse al final del verano, cuando acababan las labores del campo y el clima era propicio para los viajes. La Iglesia Católica decidió, sin embargo, celebrar la Navidad en el mes de Diciembre y acabar así con unas fiestas paganas muy populares, las bacanales, dedicadas al “travieso” dios Baco y que se celebraban cuando los días dejaban de menguar.

Desde una perspectiva religiosa, las Navidades, que duda cabe, son motivo de alegría. Traen ilusión, buenos propósitos, deseos de paz y reuniones familiares. Pero también traen melancolía. Las felices fiestas no lo son tanto, porque algo en ellas hay que a muchas personas entristece. Algunos incluso temen que lleguen estos días. No es el caso de los niños que se lo pasan en grande, sin “cole” y soñando regalos que traen Papá Noel o los Reyes Magos. Los jóvenes también las disfrutan, siempre ávidos de fiestas con mucha marcha, mucho ambiente y llenas de jaleo. Sin embargo, los que ya no somos tan jóvenes y los mayores echamos de menos, especialmente en esos días, a los que se han ido. En Navidad sentimos más la ausencia de los seres queridos, somos más conscientes de las carencias y de las pérdidas. Y el contacto con la pérdida nos lleva a la tristeza. Es inevitable.

Afortunadamente las personas queridas nunca se van del todo, quedan de alguna manera en nuestro interior, y no sólo en la memoria sino también de una forma más profunda, yo diría que de la forma más profunda y permanente que cabe, quedan en nuestro inconsciente. Formando parte de nosotros mismos sin que apenas lo advirtamos, calladamente. El psicoanálisis y toda la psicología dinámica profunda llaman a este proceso introyección. Nuestra personalidad sería como una de esas matriuskas, de esas muñecas rusas que llevan en su interior a otras más pequeñas, y así, dentro de nosotros están, de alguna manera, los seres queridos que se marcharon. En vez de abrazarnos a la ausencia podemos abrazarnos a la presencia, a esa presencia interior que es mucho más que memoria. Cuando eso ocurre podemos recordar a la persona amada sin que nos invada la tristeza, serenamente, con una sonrisa, porque aunque ausente está presente.

Desde el siglo XVI, Diciembre es además el último mes del año. No siempre lo fue, hasta entonces era, como su nombre indica el décimo, como noviembre era el noveno, octubre el octavo y septiembre el séptimo. Con el nuevo calendario no cambiaron los nombres de los meses y en su etimología advertimos aún su origen. El hecho de ser el final del año nos lleva, como en todo final, a hacer un repaso de lo pasado, y también, inevitablemente, a considerar lo que está por venir, el futuro. Un año más y… un año menos.

La temporalidad de pasado es proclive a la melancolía porque en el pasado habita lo perdido, hoy dista mucho de ayer, ayer es nunca jamás, decía nuestro Machado. Y la temporalidad de futuro es proclive a la ansiedad, a la incertidumbre y a la angustia. Es la temporalidad de presente, el vivir en el aquí y ahora, el Carpe diem de los clásicos, lo más saludable. No hay ningún día llamado mañana y hoy es siempre, todavía.

En nuestras ciudades ya lucen los alumbrados, suenan villancicos y huele a castañas asadas, estamos en Diciembre. Así pues, y a pesar de todo, disfrutemos de las fiestas. Feliz Navidad.
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