21 de octubre de 2019, 20:36:30
Opinion


La tierra no es del viento, sino del general Custer

José María Herrera


Cuando se habla de catástrofes ecológicas, como cuando se habla de la muerte, la mayor parte de la gente no sabe bien de qué se está hablando. Innumerables películas y miles de libros apenas ofrecen una ligera pista. El día que Noé empezó a construir el arca sus vecinos murmuraron. Ninguno de ellos había pensado antes en la posibilidad de un diluvio, quizá ni siquiera comprendían el significado de la palabra. Fuertes tormentas sí, inundaciones descomunales, también, no un diluvio. Calamidades de esta naturaleza son difíciles de aceptar porque escapan a la esfera de acontecimientos dentro de la cual se desenvuelve nuestra lógica. Un hombre normal, de esos cuyo mayor sueño sería vivir eternamente, difícilmente imagina una situación en la que la tierra entera se convierta en una víctima.

Igual les ocurre a los políticos y los diplomáticos y, por eso, los foros destinados a hacer frente al problema ecológico mundial acaban siempre en fracaso. No bastan las buenas intenciones para vencer al materialismo, una mentalidad incapaz de concebir el acuerdo en términos que no sean lucrativos. Pero es la mentalidad hegemónica. Incluso los Estados la favorecen. Ellos más que nadie. Aferrados a sus bienes materiales, los hombres resultan inofensivos. Cualquier abuso les parece tolerable si pueden mantener cierto ritmo de vida. Quizás hasta la libertad estarían dispuestos a canjearla a cambio de seguir pagando las facturas. Amamos la naturaleza, pero todavía más amamos nuestras cuentas corrientes.

La crisis económica nos ha enseñado hasta qué extremo dependemos del dinero. Tenemos tanto pánico a la pobreza como al vacío. De repente nos hemos dado cuenta de que somos incapaces de concebir una vida desprovista de la experiencia de la posesión de los bienes materiales. Anhelamos la libertad, pero entendida ante todo como libertad para comprar. Si puedes pagar, despreocúpate. Lo que más enoja al hombre actual es un letrero que diga: “esto no puedes permitírtelo”. Es así incluso a la hora de hacer el bien. No hay solidaridad sin excedentes. Sin fondos, la libertad se desvanece como el humo. Por eso las masas, cuando ven que la estructura económica se tambalea, lo primero que hacen es buscarse un tirano.

Haber hecho coincidir el orden de lo económicamente rentable con el orden de la racionalidad, la riqueza con el progreso, tiene por fuerza consecuencias. Una de ellas es la imposibilidad de adoptar medidas globales para paliar el problema ecológico. Ningún político pragmático está dispuesto a debilitar los fundamentos económicos de su Estado a cambio de respirar un aire más limpio o de beber un agua más pura. Por mucho que se empeñen los miembros del ejército de salvación, preferimos el aire contaminado de las tabernas. Abnegación y abstinencia son las únicas virtudes que pueden salvar al planeta, pero son virtudes impopulares, intraducibles al lenguaje de las mayorías parlamentarias.

Los más idealistas, aquellos que no perciben el corto, el medio o el largo plazo, sino que lanzan su mirada todavía más lejos, conscientes de la gravedad del problema, empiezan a comprender la necesidad de que hable la Tierra. Los intereses nacionales no dejan abordar un problema que sobrepasa cualquier frontera. Para que la Tierra hable es necesario que los hombres callen; mejor dicho, no los hombres, sino los pueblos en que estos han parcelado el planeta. La tierra es del viento, ha dicho el líder de una de estas tribus, inspirado probablemente por el espíritu de Manitú. Debemos salir de ese orden irrespirable del ser que son las naciones y establecer una relación nueva e independiente con ella.

Son hermosas palabras, las palabras de un gran jefe. Lástima que la tierra no sea del viento, sino del general Custer.
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