23 de septiembre de 2019, 21:43:19
Opinion


Nostalgia catalana del 2009

Ángel Duarte


Dos de enero de 2010 ¿qué ha pasado con Félix Millet? ¿Dónde está Bartomeu Muñoz, el hasta hace poco alcalde de Santa Coloma de Gramanet?

En términos literales deberíamos decir que en casa. En sentido figurado podríamos comentar que se han difuminado. Han pasado a ser pequeñas columnas de humo que el viento ha hecho desaparecer. ¿Cómo? ¿Por qué?

Ensayemos una respuesta, una breve explicación…

Millet, recuerden, ocupó, durante unas pocas semanas del año que acabamos de dejar atrás, la atención de los catalanes. Por extensión, la de unos españoles asombrados. Por unos momentos la escrutadora mirada del dinámico, omnisciente y más que uniforme sistema comunicacional catalán se centraba en el espejo que reflejaba todas y cada una de nuestras miserias. Estrictamente locales. La televisión autonómica y la prensa subvencionada se desentendían de la letanía de la financiación o de las jeremiadas del Estatuto y el Constitucional para debatir una herida increíble. La sajadura que nos había ocasionado carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre. La apoteosis, como era de prever, pasó pronto. Bien deglutido –el hombre está enfermo, ¡ojo, no nos carguemos la sociedad civil!,…-, el trance del Palau acabó siendo una simple excoriación.

El otoño, con todo, no dio tregua. El destino nos deparaba, a los catalanes, otro sobresalto. Justo cuando, entre todos y más por complicidad que por pudor, apartábamos la vista del espejo deformante del Palau de la Música resulta que la madre de todos los municipios socialistas nos colocó de nuevo frente a nuestro vivo retrato. Todos mezclados. En extraña pero eficiente simbiosis. En rigor, como siempre, la culpa era de Madrid. Aquí nadie se había enterado de nada. También nos costó demasiado rumiarlo. Lo hemos acabado solventando a nuestra manera: abriendo una cuenta corriente en una caja de ahorros.

Seamos sinceros, todo ello no es nada grave. Se trata de fracasos que acompañan el devenir cotidiano de las sociedades de nuestro entorno más inmediato. El relativismo frente a la legalidad, la corrupción política, las connivencias sociales, la ausencia de controles eficaces para todo aquello que aparezca recubierto por la pátina sagrada de la patria. Lo habitual, ya les digo. No somos perfectos.

La cuestión es que se nos hace difícil asumirlo. Somos como somos y representamos lo que representamos. Estamos preparados, con el objetivo de parecer y encarnar lo que fuimos, para cuantos liftings sea preciso a fin de continuar creyendo que seguimos siendo los más bellos del lugar. Yo, mi, me, conmigo. Nos hemos quedado en este punto. Nuestras desdichas, empezando por las heridas a nuestra dignidad, a nuestro ser colectivo, siempre vienen y vendrán de fuera. Hostes vingueren que de casa ens tragueren.

La prensa, en toda esta historia, no ha sido un mero mensajero. Uno de los rasgos del susodicho sistema comunicacional catalán es su protagonismo. Crea realidad. Cierto, admite unas gotitas de disidencia. Pocas. De hecho, en Cataluña no tenemos una brunete, no, disponemos de toda una Panzer division mediática con el propósito de construir nación. Todo por la patria.

Así ha sido. Así será, Dios mediante, también en 2010.
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