12 de diciembre de 2019, 18:18:39
Opinion


Haití: tragedia humanitaria y responsabilidad internacional

Javier Rupérez


La terrible tragedia que ha golpeado al pueblo haitiano recorre los sentimientos de decenas de millones de seres alrededor del mundo, espantados ante lo indecible y dispuestos, a prestar la ayuda que la hecatombe demanda. Los recuerdos del huracán Katrina, que en 2005 asoló Nueva Orleans y buena parte de la costa nororiental del Golfo de Méjico, o del tsunami que en 2004 se cobró decenas de miles de vidas humanas desde Tailandia hasta Sri Lanka, vienen inmediatamente a la memoria en lo que tienen de imprevisible y devastadoras las catástrofes debidas a las fuerzas de la naturaleza. En una sucesión de sentimientos, reflejan la impotencia de los humanos ante el suceso, el volumen bíblico de destrucción material y humana, las inmensas dificultades para la reconstrucción material y la terrible imposibilidad de recuperar las vidas perdidas, con sus intangibles pero no menos graves secuelas psicológicas en lo personal y en lo colectivo.

La catástrofe haitiana, además, golpea una sociedad ya en trance agónico. Uno de los países más pobres de la tierra, desde hace decenios víctima de la rapiña, la opresión, la locura o el mal gobierno de unos pocos, intentaba recuperar una mínima capacidad de autogierno bajo la tutela de Naciones Unidas y con la ayuda internacional. No es estadísticamente cierto que sean los países menos favorecidos los que, en una combinación aparentemente diabólica, reciben además la maldición de las catástrofes naturales –Katrina sería un caso demostrativo de lo contrario, como también los terremotos que recientemente afectaron gravemente la provincia de Aquila, en Italia, o las recientes y muy dañinas inundaciones en varios países de Europa central- pero no es difícil llamar la atención sobre la terrible coincidencia: es hoy Haití, como antes lo fueron varios países de América Central, como lo es siempre Bangla Desh.

Cuando la dimensión de la tragedia alcanza los niveles que hoy contemplamos y sabemos de la fragilidad del país azotado, y superada la paralización que el choque produce y colectivamente decididos a paliar en lo posible los resultados inmediatos de la devastación, cuando se trata de enterrar a los muertos, salvar a los que todavía quedan con vida y asegurar una mínima capacidad de reacción a los supervivientes, la tremenda realidad con la que nos encontramos es que, en la práctica, Haití como estado independiente –es decir, con capacidad para dotar de seguridad a sus ciudadanos, de articular una mínima infraestructura económica, de defender sus fronteras- ha dejado de existir. Todo lo que se haga para atender de la mejor manera posible a las necesidades de emergencia y sentar las bases remotas para una futura recuperación debe ser abordado y solucionado por la comunidad internacional. Cuya respuesta no ha podido ser más rápida, más generosa y mejor intencionada. También, como suele ocurrir en estos casos, complicada en este por la grave ausencia de infraestructuras de todo tipo, ayuna de coordinación y, en un primer momento, poco eficaz.

Resalta, con todo, la prontitud, la amplitud y el alcance de los medios puestos por Washington al servicio de las necesidades urgentes del golpeado país, sea ello atención sanitaria, servicios de comunicación, alimentos, medicinas o seguridad. Al amparo de una voluntad política que refleja la disposición de los dos partidos políticos del sistema, los Estados Unidos están haciendo una demostración de lo que el país puede en la guerra y en la paz. Para todos aquellos que con fruición cantan el ocaso del imperio, estas demostraciones deberían servir de urgente meditación: no hay hoy ningún país en el mundo con esa capacidad -y esa voluntad- integrada de ayuda. No sería de extrañar que la misma fuerza de los acontecimientos acabara depositando en manos americanas, las tareas más urgentes de salvamento y reconstrucción del trozo oriental de La Española. Negarse a ello, por consideraciones de prestigio nacional, contribuiría al empeoramiento de una situación límite.

Y las Naciones Unidas, que ha perdido no pocos de sus funcionarios en la tragedia, deberán estar en situación de otorgar cobertura política y jurídica a lo evidente. Sería este el momento de recurrir a la figura del fideicomiso -capítulos XII y XIII de la Carta- originariamente diseñado para facilitar el tránsito a la independencia de territorios ex coloniales pero que bien pudiera servir para países sumidos en el desgobierno por otras razones. Unas naturales -Haití- otras sobrevenidas –Somalia, por ejemplo-. En casos como los mencionados los esfuerzos para reconstruir y estabilizar rebasarán con mucho los tiempos de la tragedia y de sus emociones. Haití –desgraciadamente otros vendrán-necesita algo más.
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