6 de diciembre de 2019, 22:40:10
Opinion


La pasión justa de Albert Camus

Concha D’Olhaberriague


El pasado día cuatro se cumplieron cincuenta años de la muerte del escritor Albert Camus. El coche de Michel Gallimard, con quien viajaba, se estrelló contra un plátano en un lugar de la Borgoña llamado Le Grand Frossard. Aún no tenía cuarenta y siete años. Llevaba consigo el manuscrito inconcluso de El primer hombre, con una dedicatoria a su madre, menorquina incapaz de leer y casi de hablar, y el billete del tren que no cogió ante la invitación de su amigo.

Según confesión propia, toda su obra -periodística, dramática, narrativa o ensayística- se cifraba en un esfuerzo por comprender su tiempo, el de las ideologías y sus funestas secuelas. Para ello, y contra la peligrosa abstracción totalitaria imperante, coloca al hombre en el centro: “Instalo mi lucidez en medio de aquello que la niega. Exalto al hombre ante lo que lo aplasta y mi libertad, mi rebelión y mi pasión se unen en esa tensión, esa clarividencia y esa repetición desmesurada”, escribió.

La conciencia de que no podía separarse de su época, desasirse de su circunstancia, le plantea el dilema moral de vivir o morir como elección. En la libertad encuentra Albert Camus, sobre todo, una oportunidad para ser mejor.

Orteguiano declarado, creía -y así lo expuso en el discurso de recepción del Premio Nobel, en 1957- que a su generación le había tocado reconstruir el mundo en lugar de cambiarlo.

Juan Federico Arriola lo ha comparado, en este mismo periódico, con Unamuno. Y algo hay, en efecto. En don Miguel partía todo del hombre de carne, hueso y sangre.
De niño, y a despecho de la pobreza y orfandad, era optimista y su cara mostraba el placer de estar en clase, cuenta su querido e inteligente maestro argelino de Mondovi, Louis Germain, una de las personas más influyentes en la carrera del intelectual. Tuvo luego otro docente de excepción, su profesor de Filosofía, Jean Grenier. A ambos les estuvo eternamente agradecido.

Entre el revolucionario –incapaz de quererse a sí mismo, como dice un personaje de Los justos- y el Don Juan, mostró su simpatía por el segundo: “Don Juan ignora la tristeza. Este loco es un gran sabio”, leemos en su espléndido libro El mito de Sísifo.

Desde adolescente sintió gran afición por el fútbol y el teatro, mundos en los que, a criterio de su hija Catherine, aprendió sus valores morales, vividos y concretos primero, intelectuales después.

Siendo muy joven, montó una compañía teatral en su pueblo, el Teatro del Trabajo, con el fin de difundir a los clásicos. Cuando algunos críticos franceses consideraron secundaria su actividad en este campo, les replicó que él se expresaba de la misma forma en cualquier género.

Hombre de teatro en sentido plenario, fue además actor ocasional y sus adaptaciones tuvieron con frecuencia más éxito que sus obras, mal recibidas por los grupos militantes incapaces de entender los matices de su posición, por más que se esforzara en explicarla.
Les hablaré de este asunto la semana que viene.
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