15 de octubre de 2019, 16:37:33
Opinion


Khai-tu, un gato excepcional

William Chislett


La muerte de un ser querido es siempre traumática, y da igual si es un humano o un animal. Hace poco murió mi gato, Khai-tu, a la edad de casi 16 años (80 años humanos). Era un parte integral de mi familia y todos le hemos llorado. Dejaba de comer y beber, caminaba con una cierta dificultad y empezó a encerrarse en sí mismo. No queríamos verle sufrir y decidimos llevarle a nuestra veterinaria para sacrificarle. Primero le puso un tranquilizante y luego, cuando estaba semi consciente, una inyección letal. Al día siguiente lo llevamos a nuestra casa de campo en un pueblo de Cuenca para enterrarle, envuelto en una sábana, en la finca de unos amigos, con una magnifica vista del pantano, y tuvimos una libación, rociando su tumba con cava.

Khai era un gato excepcional y nos daba mucha alegría. Una vez arrastró un pollo entero de la nevera por todo el suelo de la cocina (la puerta se había quedado abierta) y le gustaba compartir con mi hijo pequeño los cereales de su desayuno. Khai caminaba habitualmente por las teclas del piano y era capaz de reconocer el sonido del motor de nuestro coche y salía a recibirnos a la calle.

Le llevábamos los fines de semana a nuestra casa de campo. En una ocasión, almorzando en el jardín, se acercó el perro de un vecino. Khai le arañó en la nariz con su zarpa y se sentó en la puerta del jardín para asegurarse de que no volvía. Nuestros amigos con los que estábamos no lo podían creer. Había aprendido a temprana edad no correr delante de los perros sino plantarles cara, estableciendo que él estaba al mando y que su terreno era el jardín. Los perros del pueblo estaban muy desconcertados con él pues no echaba a correr ante su presencia como el resto de los gatos. Casi se les veía pensar: ¿eso es un gato? Parece un gato, huele al gato pero no se comporta como uno de ellos. Elvira Lindo escribió sobre él en su columna Don de Gentes comentando que el seguía a “su amo por la calle” y “quiere ser perro.”

Khai adoraba estar en el pueblo y pasaba muchas horas en el jardín cazando lagartijas que nunca cogía, aunque no le gustaba demasiado el viaje hasta allí. Luchaba por salir fuera de cada transportín de gatos que compramos y tuvimos que escoger una de perros. Si sospechaba que le íbamos a meter en ella, se escondía. Un caluroso domingo de julio, antes de marcharnos de Madrid al pueblo, se subió al tejado de la casa para escapar de nosotros, Pensamos que bajaría pronto debido al calor, pero rápidamente encontró la sombra de la chimenea y se acomodó ahí esperando que se nos olvidase la idea de meterle en la caja de viaje. Le tire cáscaras de almendras y le intenté tentar con comida, pero todo fue en vano hasta que él decidió bajar por su propia voluntad.

Era también un gran comunicador con un especial maullido para pedir salir de casa y otro muy alto para entrar. Si las llaves se quedaban puestas en la puerta por dentro, el las golpeaba contra la puerta hasta que alguien le abría para salir. A primera hora de la mañana del día que escogimos para su sacrificio, Khai vino a nuestra cama y se tumbó en mis brazos, como hacía de vez en cuando. Era como si él supiera que era su último día en la tierra y se despedía de mí.

Cuando llame a mi madre, de casi 95 años para contarle lo que hicimos, me dijo, casi con envidia, que era una lastima que no se pudiera hacer lo mismo con los seres humanos con serios problemas de salud y sufrimiento. Ella está en un estado de salud bastante bueno para su edad, pero ha firmado un testamento vital por el que ha dejado instrucciones precisas sobre el tratamiento que quiere que se le rinda si se encuentra muy grave y a punto de morir. Es lo más cercano a la eutanasia en el Reino Unido. Khai no firmó ninguno, pero sabemos que hicimos lo correcto.
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