28 de febrero de 2020, 16:19:59
Opinion


El escudo de Andalucía: reflexión iconográfica

José María Herrera


Sumándose a la iniciativa emprendida por varios municipios próximos, los ediles de Sayalonga, un pequeño pueblo de la Axarquía malagueña, han acordado sustituir la imagen de Boabdil encadenado que figuraba hasta ahora en su escudo consistorial por la de una paloma, símbolo de la fraternidad entre los pueblos. La histórica resolución ha coincidido con el cuarto centenario del decreto de expulsión de los moriscos, “nuestros ascendientes moriscos”, según palabras de la alcaldesa socialista de la localidad. Cómo se pueda ser descendiente de alguien expulsado hace cuatrocientos años es algo bastante misterioso, pero puesto que todos hemos conocido a algún indiano con apellidos vascos que acusa a los españoles de haber cometido en América las tropelías que en cualquier caso cometieron sus abuelos, mejor será pasar por alto el detalle. De la restitución de casas y haciendas a los herederos legítimos de aquellos moriscos desterrados todavía nadie ha dicho esta boca es mía, aunque estamos a la espera de un pronunciamiento oficial que esclarezca para siempre la situación.

Yo celebro la valerosa decisión del consistorio de Sayalonga. Gestos como estos no cuestan nada y, sin embargo, ponen de manifiesto que aún queda gente en el mundo dispuesta a pagar el precio que sea por realizar sus ideales. Debemos felicitar además a la señora alcaldesa porque no se ha querido escudar en pretextos heráldicos de ningún tipo, sino que se ha limitado a notificar con la claridad que el caso exigía que el Boabdil de su pueblo era un elemento xenófobo, dictamen que ha aceptado al parecer la Junta de Andalucía, el régimen, según se dice allí ahora. El hecho ha soliviantado a los expertos en heráldica, emblemática e iconografía, quienes han asegurado que por este camino no se puede descartar que las asociaciones defensoras de los derechos animales exijan en un futuro la eliminación de las serpientes que hay a los pies de las inmaculadas y cosas por el estilo, pero la alcaldesa de Sayalonga, convencida presumiblemente de que nadie conoce la casa de uno mejor que uno mismo, no ha hecho caso de la pedante pataleta y ha probado con su actitud que el Boabdil del escudo es, sin duda, lo que dice que es. Por otra parte, y como ha declarado ella misma, la supresión del infamante motivo permitirá al rey nazarí “descansar en paz sin formar parte del escudo como trofeo de guerra", una muestra suprema de solidaridad que revela, entre otras cosas, la existencia de un más allá aconfesional.

De lo que no cabe duda es de que la imagen aborrecible mancillaba el esplendor natural de Sayalonga y ensombrecía la fama de sus habitantes. Más que un escudo era un baldón, un estigma semejante al pecado original, prueba de su pertenencia a una raza xenófoba, asentada por la fuerza de las armas en el territorio de otro. Afortunadamente, y emulando a Houdini, el famoso escapista que presumía de haber previsto algo incluso para cuando lo enterrasen en su tumba, la alcaldesa nos ha enseñado la forma de escapar de la jaula de la Historia, un truco sencillo, barato y limpio: borrarla.

Si hay que juzgar a los individuos no por lo que son, sino por lo que aman, tanto la alcaldesa de Sayalonga como los ediles que, en nombre de la fraternidad y la alianza de civilizaciones, han liberado a Boabdil del cautiverio en el que se hallaba, merecen sin duda el máximo respeto. Yo los aplaudo y les animo a seguir por esta senda de progreso emprendiendo una campaña similar con el escudo de Andalucía. Tal vez los jóvenes de ahora, ocupados todo el tiempo en aprender a aprender, no sepan que Hércules, el héroe orgulloso que luce junto a dos leones en la bandera andaluza, fue un machista irredento: infanticida, verdugo de mujeres, maltratador impenitente. Quizá lo ignoran y por eso no han sentido hasta hoy la necesidad de protestar, pero, una vez aclarado el detalle, ¿no es una vergüenza ser representado por este arquetipo retrógrado y falocrático? Desconozco quién tuvo la ocurrencia de utilizarlo cómo símbolo de Andalucía (probablemente algún viejo bachiller desprovisto de valores ciudadanos y traumatizado por la costumbre de la memorización que vio en él solamente al aniquilador de monstruos, el primer héroe de la época olímpica, la época machista por antonomasia), pero lo cierto es que las cosas han cambiado mucho y que llegado el punto en que estamos no queda otro remedio que modificar la perspectiva y tomar cartas en el asunto.

Muchos andaluces se sienten silenciosamente ofendidos por el papel de símbolo patrio otorgado al maltratador griego, una figura violenta que además se cubre con una piel animal, prueba de su escaso respeto por los valores ecológicos. Aunque por suerte no fue representado con su característica maza, atributo genital que indignaría a cuantos luchan contra las tinieblas masculinas de nuestra tradición, hay que admitir que se trata de un logotipo desafortunado y que haríamos muy bien promoviendo su eliminación. En cuanto a las alternativas, yo abogo por la solución palomina de Sayalonga. El problema es que entonces nos veríamos obligados a sustituir los leones del escudo para garantizar la coherencia del símbolo. ¿Dónde se ha visto que una paloma subsista entre dos fieras carniceras? A mi entender, esta dificultad se salvaría fácilmente recurriendo a cualquier especie autóctona en vías de extinción, el lince ibérico, por ejemplo, preservado en los parques andaluces, y si tampoco es seguro que los linces no devoraran a la paloma, tal vez pudiéramos acompañarla con un pacífico burrito andaluz y un tierno mono magrebí, ambos unidos, no atados, a las columnas de Hércules, representadas ahora claramente con los peñones que a un lado y a otro flanquean el estrecho. De esta forma el escudo adquiriría un poder de significación que ahora no tiene, encarnando al fin la alianza de civilizaciones y los buenos deseos para España y la humanidad que entonan las gentes de Andalucía cada vez que cantan su himno.
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