22 de octubre de 2019, 11:02:04
Opinion


Comerciantes y viajeros ingleses en el mundo islámico

Víctor Morales Lezcano


En el vasto territorio de las Humanidades clásicas -grecorromanas o semíticas- existe un paraje de topografía suculenta al que hay que regresar con frecuencia. Me refiero al habitualmente reconocido como territorio del Orientalismo, o conocimiento y reconocimiento del Oriente musulmán en su dimensión más polémica, de un tiempo a esta parte.

Cuando Bernard Lewis publicó en 2002 una de sus últimas obras (What Went Wrong. Western Impact and Middle East Impact), de la que hay edición al castellano en Siglo XXI de España, estaba vivo todavía el fuego de la polémica sobre el cruce de reto-respuestas entre el hemisferio euro-americano y el Oriente musulmán. A la tesis central de Lewis, que giraba en torno al papel poco estimable que el Islam -según él- ha venido dispensando históricamente a la mujer, al esclavo y al extranjero; y a las consecuencias empobrecedoras para la civilización musulmana que han engendrado tal misoginia y misoneismo, se había opuesto desde muy pronto una legión de scholars nada desdeñables.

Con diferente argumentario, en ocasiones, aunque repetitivo, sin embargo, el frente intelectual de orientalistas refractarios al magisterio y elaboración interpretativa de Bernard Lewis, había venido recorriendo una trayectoria prolongada durante un cuarto de siglo, de manos de Edward Said (The New York Times Review Book) y M. Shahid Alam (Counter Punch), entre otras plumas descollantes de la cátedra orientalista americana.

No es, ésta, ocasión adecuada para volver al núcleo del argumentario que, por ambas partes, nutrió una polémica que tuvo casi siempre ribetes de diatriba maliciosa entre sus protagonistas. Por ello, pasaremos de puntillas sobre el asunto.

El transcurso del primer decenio del siglo XXI no ha suavizado el tenor de las relaciones políticas entre los frentes anglosajón y musulmán. Piénsese, si no, en el reguero belicoso que se ha expandido por Mesopotamia y Afganistán a partir de 2003, para convencer al más fervoroso apóstol de la alianza de civilizaciones de que su ideal es, sin duda, noble, pero que todavía le falta recorrido que hacer para que aquélla culmine en un futuro, por lo pronto, impredecible.

Libros como el que nos ha regalado James Mather al final del año 2009, vienen, por el contrario, a poner una tregua en el combate, sin pretender olvidar que sigue ardiendo el horno en cuyo interior se cuece un dramático desencuentro histórico. Pashas. Traders and Travellers in the Islamic World (Yale University Press; New Haven and London) es un erudito y bello relato de los periplos hechos por viajeros mercantiles de la Inglaterra pre-industrial (de finales del siglo XVI a la primera mitad del XVIII) que se agruparon en la Levant Company (1581-1825) para comerciar con las ciudades más atractivas del imperio otomano: Alepo en la actual Siria, Alejandría en Egipto, Esmirna y Gálata; o sea, la Constantinopla abierta al universo mundo, otra de sus caras que aquélla que estuvo hiper-determinada por la Sublime Puerta en sus tiempos dorados.

Mather, un producto universitario de la simbiosis entre Cambridge y Harvard, nos cuenta a partir de fuentes archivísticas e impresas británicas, la saga de los aguerridos, codiciosos y diplomáticos Pashas, o comerciantes impulsores de la londinense Levant Company, durante más de dos siglos de su azarosa penetración mercantil, y cultural, en tierras de las “Gentes del Libro”. Es decir, en clara alusión al legado judeo-islámico con que se encontraron los osmanlíes a partir de 1453, coincidiendo con el Acontecimiento de la época en aguas del Mediterráneo: la caída en manos del Islam de Bizancio y su urbe cosmopolita, Constantinopla, futura Estambul de todos los prodigios sincréticos que sirvieron a Arnold Toynbee para interpretar la Historia.

De la interpenetración entre dos civilizaciones, la cristiana en su versión anglicana y la islámica en su manifestación sunní, es testimonio bibliográfico la narrativa de que hace gala James Mather en Pashas. Traders and Travellers

El relato del autor, siendo como es, reconciliador, no puede hacer menos que, al final de su recorrido, dibujar el trazado de una frontera que gradualmente se fue estableciendo entre la era del gran comercio de la seda a través del imperio otomano, de una parte, y los decenios precursores de una penetración masiva de los intereses del Reino Unido en su apogeo imperial, de otra.

Fueron los años del final de la primera mitad del siglo XIX los que hicieron del “hombre enfermo de Occidente”, para la retina europea, un residuo y un despojo, aunque también un paraíso para arqueólogos, y “entomólogos”
de toda suerte. Se había iniciado, pues, la era del orientalismo occidental a cara descubierta, en cuanto operación intervencionista de orden colonial en los aledaños territoriales de Anatolia. Es decir, en el futuro Oriente Medio de 1914.

En aquellas nuevas circunstancias históricas, ni la Levant Company, ni los Pashas ingleses que habían hecho una realidad empírica del solapamiento mercantil y cultural de siglos anteriores, habían dejado de tener sentido. La proa de la nave imperial británica había enfilado otros derroteros, como la travesía del canal de Suez, y otras estrategias, como la que supo encarnar la East India Company en el subcontinente asiático.
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