18 de enero de 2022, 22:36:49
Opinión


América Latina: Campeona mundial de la desigualdad

Alieto Guadagni


América Latina es la región donde los "menos" tienen "más" y los "más" tienen "menos", es decir, es campeona mundial de la desigualdad en la distribución del ingreso. Baste decir que si el ingreso se distribuyera como en el sudeste asiático, la pobreza se reduciría a menos de la mitad. América Latina no es tan pobre en términos productivos como para tener más de 200 millones de pobres con una población de 530 millones y que, además, 80 millones de estos pobres no tengan acceso a adecuada alimentación. Con menos desigualdad distributiva habría muchos menos pobres. En términos generales es lícito sostener que la gran desigualdad prevaleciente en la región es el principal obstáculo a la reducción de la pobreza y que, por lo tanto, una mayor equidad distributiva tendría un impacto positivo en este campo.


Las naciones latinoamericanas registran los coeficientes que miden la desigualdad en la distribución del ingreso más altos del mundo, con la excepción de algunas naciones del África Subshariana. En América Latina el 10 por ciento más rico de la población se apropia del 48 por ciento del ingreso total, mientras el 10 por ciento más pobre apenas capta el 1,6 por ciento. En los países industrializados estos guarismos son 29,1 y 2,5 por ciento. Algo similar ocurre con el coeficiente Gini (que mide la desigualdad global de una sociedad) que en América Latina se ubica en 0,52, mientras que en los países de la OECD desciende a 0,34, en Europa del Este desciende aun más a 0,32 y se ubica en 0,41 en Asia. Baste decir que el menor coeficiente GINI en América Latina (correspondiente al Uruguay que es el país latinoamericano con menos desigualdad distributiva) es superior al mayor coeficiente GINI de cualquier país industrializado o de Europa Oriental.


En estas comparaciones hay que prestar atención al preponderante papel que juega la política fiscal al considerar los índices de desigualdad en los ingresos efectivamente disponibles por las personas. Veamos porque: si medimos el coeficiente Gini según los ingresos del mercado y antes de la política fiscal, América Latina registra un índice superior, por ejemplo al de la Unión Europea de apenas 7 puntos (0,54 versus 0,47). Pero esta diferencia más que se duplica cuando la comparación se realiza considerando los ingresos disponibles, es decir después de impuestos y transferencias fiscales (0,52 versus 0.33). Esto significa que una de las principales causas de la gran diferencia en la desigualdad efectiva de ingresos se halla en la carencia de políticas fiscales progresivas en América Latina. Mientras en los países europeos la política fiscal progresiva reduce el coeficiente Gini en nada menos que 14 puntos, en América Latina apenas lo disminuye en 2 puntos.


Una política tendente a la igualdad de oportunidades para que los más pobres puedan adquirir activos productivos (capital humano, tierras y recursos financieros), es meramente declaratoria si no se basa en la asignación de recursos fiscales, que deben ser orientados con criterios distributivos a favor de los núcleos con menores ingresos, donde se alberga y crece la pobreza estructural. La reforma tributaria es central en este esquema fiscal: el gasto fiscal progresivo también debe ser financiado por impuestos como los impuestos a la renta y a la propiedad rural o urbana que son más progresivos que los impuestos indirectos al consumo o a las transacciones. Además, deben eliminarse los subsidios a los más ricos, que son tan comunes en muchos países latinoamericanos.


En América Latina la recaudación tributaria es hoy inferior a las de otras regiones del mundo con similares ingresos per cápita, lo cual dificulta enormemente la aplicación de políticas sociales progresivas. Por este motivo, uno de los principales desafíos es la compleja tarea de fortalecer coaliciones políticas capaces de diseñar y ejecutar políticas fiscales progresivas, y que simultáneamente mantengan un sostenido apoyo a lo largo del tiempo. En realidad el desafío es aún mayor, porque para que una política fiscal progresiva sea exitosa en su aspiración de abatir la pobreza y consolidar permanentemente la equidad debe también soslayar el riesgo de debilitar el propio proceso de inversión y crecimiento económico. Ni crecimiento sin equidad, pero tampoco distribucionismo populista que anule la prosperidad económica al desalentar la inversión, que guste o no es condición necesaria para crecer.
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