23 de agosto de 2019, 4:11:38
Opinion


Parlamentarismo católico

Norberto Alcover


A raíz de las votaciones parlamentarias sobre el aborto, pero también en anteriores ocasiones, se ha puesto sobre el tapete de la opinión pública civil y eclesial nada menos que las limitaciones doctrinales que nuestros representantes en la cámara baja tienen en su tarea política. No en vano, la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe emitía un documento, breve pero diáfano donde los haya, en el que se ponía casi fuera de la Iglesia al parlamentario que votase a favor de la ley proabortista, entre otras cosas anteriores y posteriores. De cara al futuro, además, nos espera el debate sobre la Ley de Libertad Religiosa, punto de llegada del proceso laicista del actual Gobierno.

No es ésta una cuestión baladí para la conciencia de nuestros parlamentarios católicos, con sus muy diferentes matices en su vida de adhesión a la catolicidad eclesial. Pero algo está claro: se trata de conjugar la doctrina eclesial ya comentada con la responsabilidad de conciencia relativa al bien común de la sociedad, dos instancias que un católico no puede evitar en su práctica de representación política de los ciudadanos. Es una colisión en ocasiones de graves consecuencias que solamente puede dilucidarse mediante un sereno discernimiento y con la ayuda de alguna persona experta en las cuestiones planteadas. En absoluto estamos ante algo trivial que se cierra una vez que se ha votado en el hemiciclo, como si se tratara de una legislación relativa al tráfico o algo semejante. Porque sus consecuencias serán de enorme calado para otras conciencias probablemente mucho menos formadas. Sin que valga la excusa de la obediencia debida al partido. Qué va.

Ser parlamentario católico hoy día es complejo. Siempre, por complejo que resulte, habrá que conjugar doctrina y conciencia. Todo un reto.
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