30 de noviembre de 2020, 16:02:43
Opinión


La crisis en las democracias cansadas

Juan José Laborda


Esta semana participé en un seminario organizado en el BBVA sobre la economía y los cambios que estamos conociendo (o sufriendo) en nuestro tiempo. El catedrático de la Universidad de Alcalá de Henares, Santiago García Echevarría, responsable de las becas Humboldt en España, hizo una sugerente exposición. García Echevarria describió la globalización como un proceso irreversible. Y para asumir sus retos propuso tener muy presentes cuatro parámetros: economía social de mercado; cooperación además de competencia; compartir valores como método para innovar; y “la persona” como fin último de la economía.

Indudablemente era una actualización del llamado “capitalismo renano”, una fórmula que ha sido exitosa en Alemania después de la fundación de la República Federal. Contiene una síntesis del pensamiento político de los democratacristianos (y después, de los socialdemócratas germanos) con los sindicatos alemanes, tras su derrota en 1945. Lleva aparejada la metodología social de la concertación sindical, alta protección frente al paro y la enfermedad, y alta productividad enfocada a aumentar las exportaciones.

Yo intervine señalando que esos paradigmas podían servir en Europa, y no en toda Europa. También en Japón, y poco más. Siguen siendo un conjunto de países con las economías industriales más grandes del mundo. Pero las propuestas de “economía social”, “cooperación”, “compartir” y “la persona” no parecen ser valores que se encuentren en los países emergentes: China, India o Brasil. China, si su régimen autoritario no estrangula a su capitalismo (regido por comunistas), dentro de poco tiempo, será industrialmente más grande que Japón.

Ante el avance de ese capitalismo sin derechos sociales (o humanos) pero con altísima productividad, el mundo occidental, “el capitalismo compatible con las democracias” está condenado a cambiar constantemente, tanto en tecnología como en gestión y ordenación empresarial. Occidente está obligado a someterse a un “movimiento perpetuo”. Eso será muy positivo desde la perspectiva de la capacidad de innovar. El problema está en que en Occidente, especialmente, lo que yo he denominado “las democracias norte atlánticas”, son sociedades cansadas, que cifran en el descanso la meta del trabajo. Al revés que el viejo “espíritu capitalista” de los calvinistas, o el nuevo “espíritu capitalista” confuciano de los chinos.

La única manera que Occidente tiene para descansar es logrando la estabilidad de una nueva organización económica mundial. El Orden Económico que fue instaurado en Bretton Woods (1944-1946) se ha desorganizado desde los años 70. Concretamente desde el 14 de diciembre de 1973, la paridad: “1 onza de oro vale 35 dólares”, clave de los Acuerdos Bretton Woods, se rompió con el presidente republicano Richard Nixon. A partir de entonces el patrón de los intercambios comerciales es el mismo dólar. O mejor dicho, el dólar internacional de las empresas transnacionales y los dólares de la energía. El patrón no es hoy el oro sino el barril de Brendt. La crisis financiera actual, en mi opinión, surge del hecho de que el dólar es una moneda mundial cuando Estados Unidos ya no ejerce como líder económico global. Dije, además, que soy pesimista sobre la capacidad de Occidente de reformar el desordenado Orden Económico Mundial. La prueba la encontramos en que Obama tiene todas sus propuestas reformistas paradas a causa de la presión electoral doméstica. Igual que en España. El mismo cansancio ante la política que las demás democracias atlánticas.
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