23 de octubre de 2019, 5:01:09
Cultura

la institución abre tras dos años en obras


El calcetín de la discordia de Tàpies, emblema de su reformada fundación


La reforma de los más de 3.000 metros cuadrados de la Fundación Tápies viene a confirmarla como un centro de referencia en el panorama cultural de Barcelona. Su espacio expositivo se renueva gracias a dos años de obras y una inversión de más de 8 millones de euros.


El edificio Montaner y Simón de Barcelona, propiedad de la Fundación Tàpies desde 1990, se ha modernizado. Dos años después de que el Ayuntamiento de Barcelona solicitara su adecuación a la normativa de seguridad y evacuación, la institución celebra haber emprendido una remodelación que le sirve, además, para consolidarse como centro cultural de referencia.

El inmueble, diseñado por Lluís Domènech entre 1879 y 1885, fue en su día propiedad de una editorial que llegó a ser considerada la mayor imprenta de Barcelona. En 1990, pasó a manos de la Fundación Tàpies con la intención de catapultarlo como centro de investigación y estudio del arte contemporáneo. El inconformista Antoni Tàpies pronto dejó su firma al diseñar ese mismo año para la azotea la obra “Núvol i cadira” (Nube y silla), una estructura de aluminio y acero de 24 metros de ancho que fue ejecutada por el escultor Pere Casanovas, dada la avanzada edad del artista barcelonés.

Precisamente Casanovas ha sido a quien Tàpies ha confiado diez años después otra obra para engalanar el edificio. En esta ocasión ha sido el "Mitjó", un calcetín agujereado de 2,75 metros, versión reducida de otro de 18 metros ideado por el catalán para decorar el Museo Nacional de Arte de Cataluña pero que nunca llegó a acogerlo. Por qué no lo hizo sigue siendo uno de los episodios más controvertidos de la escena cultural en Cataluña.

Interior de la Fundación Tàpies (Efe)


Cuando en 1991 Tàpies ideó el “Mitjó” para este museo nada hacía presagiar que la obra de un renombrado artista catalán fuera a despertar indiferencia y rechazo en su propia casa. El proyecto no planteaba dificultades a simple vista. El MNAC se encontraba inmerso por la Ley de Museos, de 1990, en una reforma que obligaba a unificar el Museo de Arte de Cataluña, el Museo de Arte Moderno y el Gabinete Numismático. Con la idea de decorar la Sala Oval de la emergente institución, la arquitecta italiana Gae Aulenti, responsable de la reforma, contactó con Tàpies para el cometido. Fue entonces cuando las dudas afloraron sobre la conveniencia de exponer una pieza contemporánea en un museo que exhibe arte catalán desde el románico hasta mediados del siglo XX.

Dos de las obras que pertenecen a la colección de la Fundación Tàpies (Foto: Fundación Tàpies)
Esos primeros interrogantes motivaron que el Patronato del MNAC tomara partido en el asunto y contactara con la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona para seguir adelante con la propuesta. Un gesto que despertó críticas por haber dejado al descubierto la incapacidad de decisión del Patronato y su dependencia de la política para salir del paso. El resultado no fue otro que la negativa a instalar la obra del catalán, lo que precipitó su olvido.

Con el “Mitjó” como emblema de la reforma y como guiño a aquella polémica, la institución que lo alberga apunta alto. Sus espacios expositivos han sido remodelados, se ha adecuado a la normativa de seguridad y evacuación, además de haber recuperado la segunda planta para uso público. Los 792.000 euros invertidos por la fundación han requerido el apoyo de 3.857.935 euros aportados por el Ayuntamiento de Barcelona, 3.400.000 euros de la Generalitat y 225.000 euros del Ministerio de Cultura. A los más de ocho millones de euros desembolsados se unen los 51.000 euros destinados a la reforma de la fachada.

Se ha conseguido transformar la fundación “en un centro de trabajo, producción y exhibición de arte”, comentan desde el estudio Abalos+Sentkiewicz Arquitectos, encargado del proyecto. “En el edificio se han realizado actuaciones puntuales que ponen en valor el carácter industrial de su origen, manteniendo la volumetría de la primera rehabilitación de los arquitectos Roser Amadó y Lluís Domènech, modificando el sistema de accesos y escaleras, y eliminando elementos que impedían una visión más clara del inmueble”, explican. Además, comentan, se ha hecho uso “del color blanco y de acabados como el pavimento de tacos de madera, frecuente en los edificios industriales de la época, para potenciar su carácter hipóstilo y unificar los diferentes espacios”.

El lavado de cara de la fundación coincide con la celebración de tres jornadas de puertas abiertas a partir de este viernes. Parte de la colección, donada en su mayor parte por Antoni y Teresa Tàpies, será expuesta en “Antoni Tàpies. Los lugares del arte”, donde podrán contemplarse obras del artista de las dos últimas décadas, además de trabajos de piezas privadas y libros, una de sus grandes pasiones. No será hasta agosto cuando la fundación vuelva a acoger en sus salas una exposición dedicada a Tàpies, en este caso para indagar en toda su trayectoria. Entretanto, las obras de la escultora estadounidense Eva Hesse, las de la franco-israelí Bracha Ettinger y las de la belga Ria Verhaegue ocuparán de mayo a agosto el espacio expositivo del edificio.
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