26 de septiembre de 2021, 20:46:42
Opinión


Unidos por el espanto

Enrique Aguilar


La semana pasada me referí puntualmente a la necesidad de que el Congreso argentino se pusiera de pie para enfrentar la ola de embates procedentes del ejecutivo contra los otros dos poderes del Estado. Afortunadamente los senadores de la oposición hicieron causa común, impusieron su número y se aseguraron el control de todas las comisiones de la cámara.

¿Qué une a estas horas a la oposición? Por lo pronto, la voluntad manifiesta de derrotar al kirchnerismo. Pero este propósito no parece seguido de otros más duraderos orientados a hacer realidad, en un plazo razonable, nuestra ansiada normalidad institucional devolviéndole al país la oportunidad de resolver problemas de fondo mientras disminuyen los niveles de conflicto.

En otras palabras, daría la impresión de que todos los acuerdos que se están gestando entre los partidos y/o alianzas opositoras, incluido el peronismo disidente, tienen por única finalidad impedir que hasta diciembre de 2011 (es decir, hasta el próximo recambio del poder) los Kirchner persistan en su insaciable afán hegemónico que no se arredra ante la Constitución o la voz de la justicia. Sin embargo, y teniendo en cuenta que esa fecha es relativamente cercana, es preocupante que no se discierna en el horizonte una auténtica alternativa de gobierno, velada a lo mejor por los diferentes orígenes y extracciones ideológicas que confluyen en la oposición. Por lo demás, ya hemos tenido muy malas experiencias con alianzas electorales que, una vez en el gobierno, se fracturaron rápidamente provocando crisis peores a las que, en principio, venían a conjurar.

Tal vez sea éste un síntoma del “cortoplacismo” que nos caracteriza y que nos diferencia, claramente, de otros países vecinos donde se advierte la existencia de verdaderas políticas de Estado que no sucumben tras cada jornada electoral y que garantizan cierta continuidad dentro del cambio.

Por ahora la política argentina sigue siendo episódica. Las urgencias de hoy nos impiden ver más allá. Lo agonal (para valerme de categorías clásicas) prevalece por sobre lo arquitectónico y, mientras ello suceda, la posibilidad de que surjan grandes políticos capaces de obrar a sabiendas de que probablemente no les toque a ellos conocer el resultado de sus obras parece remota.

Habrá que ir de a poco. La semana pasada reclamábamos legisladores. Ya llegará el turno de los estadistas.
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