20 de enero de 2020, 2:44:20
Opinion


CARLOS SLIM, EL HOMBRE MÁS RICO DEL MUNDO

Luis María ANSON


Siempre tuve interés especial por México, la gran nación iberoamericana. Nunca la llegué a conocer bien, ni siquiera en la época en que presidí Televisa España y contemplaba de cerca en la capital mexicana, durante los consejos de la empresa, el centro neurálgico de la vida de aquel país. México es tan grande, tan asombroso, tan complejo, que resultaría una ingenuidad creer que se lo conoce a fondo. El tejido político, el social, el religioso, el cultural, el racial son demasiado sutiles y el análisis de la realidad mexicana se hace contradictorio incluso entre los especialistas.

     Sigo la vida de México con la curiosidad intelectual que siempre encendió en mí la complejidad de aquella nación fulgurante. Desde hace años se me robustece la admiración por Carlos Slim, al que traté en Televisa, un hombre que convierte en oro cuanto toca pero que, a diferencia de los nuevos ricos, es discreto, sosegado, austero, enamorado de las manifestaciones culturales. La revista Forbes acaba de decretar que es el hombre más rico del mundo, con 53.500 millones de dólares. 500 por encima de Bill Gates. Su formidable organización empresarial lo abarca todo. Pero está lejos de la imagen del tiburón voraz. Es, en todo caso, una persona de bien y le preocupa la dimensión espiritual del hombre. Nada tiene que ver con esa tendencia de muchos empresarios mexicanos al bóvido y al pienso, seguros en el redil, cabe las faldas del poder.

     En su excelente libro sobre Slim, José Martínez publica una fotografía reveladora para los españoles en la que el magnate, de origen libanés pero mexicano hasta el tuétano, aparece junto a García Márquez, Felipe González y Jesús de Polanco. Intelligenti pauca. La avidez de la ceniza todavía adorna muchas escrituras despobladas. España, en fin, no es ajena a la actividad de Carlos Slim, al que según la leyenda popular, un día, en un Congreso económico en Nueva York, preguntó un periodista yanqui: “¿Carlos Slim es de México?” “No -contestó su interlocutor mexicano- México es de Carlos Slim”. Se equivocarán, sin embargo, los que juzguen al gran empresario mexicano por el hechizo de su dinero o su poder. Lo que vale en él es su conocimiento de la condición humana. Eso le remonta desde los cedros del Líbano a las culturas precolombinas. A Slim podrían aplicarse las palabras yacentes que se leen en el Museo Antropológico de la capital mexicana: “Estos toltecas eran ciertamente sabios. Solían dialogar con su propio corazón”.
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