14 de junio de 2021, 14:16:47
Opinión


La era de la trivialidad

Rafael Núñez Florencio


El reciente estreno de dos películas de cierto impacto más allá de los estrictos círculos cinéfilos –Precious y The Lovely Bones (a propósito, ¡qué majadería ésta de no traducir los títulos!)- me ha llevado a reparar una vez más en un asunto que me parece altamente revelador del tipo de sociedad en que vivimos. No entraré en los valores cinematográficos de las obras citadas, pero sí debo mencionar que ambas tienen como protagonista a un mismo tipo de persona –una chica joven, casi adolescente- que sufre una violencia extrema –desde las violaciones más sórdidas en un caso al asesinato espeluznante en el otro-. No revelo ningún secreto fundamental para los interesados en visionarlas porque esos datos constituyen casi el punto de partida. Además, los medios de información han aireado con motivo de los oscars las coordenadas del primero de los filmes (Precious) y, en lo tocante al segundo, baste decir que se basa en una novela –Desde mi cielo, de Alice Sebold- que alcanzó una gran difusión en su momento en nuestro país.

El martirio del inocente o los infortunios de la virtud, dicho en términos sadianos, es un tema clásico en nuestra cultura desde que tenemos historia. Pero ahora hay una diferencia clave: frente a la añeja voluntad edificante o al clásico tono ejemplarizador, la mirada predominante hoy en día se torna neutra, meramente descriptiva, como si lo que más se temiera en el mundo es dar una perspectiva moral, no vaya a ser que se la tilde de “moralina”. No hay drama, mucho menos tragedia, sino un naturalismo ramplón que lleva a exponer las mayores sevicias con una abierta naturalidad, como si nada importara demasiado. Al fin y al cabo, “la vida es bella”, como decía Roberto Benigni en aquella obscena película sobre el infierno nazi. Al fin y al cabo, claro, todos nos hemos acostumbrado a educar nuestra sensibilidad en la contemplación de las mayores atrocidades -no todas ficticias- sin que se nos corte la digestión ni hasta la sonrisa en los labios. Lo digo como mera constatación, sin añorar en lo más mínimo aquellas medidas del pasado -como la censura o la antes aludida perspectiva moralizante- que ya no volverán, por ineficaces o simplemente ingenuas.

Me dirán en seguida que estoy tomando como puntos de referencia obras de ficción, que ésa no es la “realidad”. Miren alrededor y vean si ese reparo resiste la confrontación con una época, la nuestra, cuyos contornos definitorios aparecen cada vez más “líquidos” (uso el término según la concepción del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, quien ha teorizado y difundido el concepto de “modernidad líquida”). La vida toda pasa hoy en día por una pantalla en la que resulta progresivamente más difícil discernir lo real de lo ilusorio, la autenticidad de la simulación, o lo verdadero de lo mendaz, para decirlo con claridad y sin circunloquios. Hace unos días se ha repetido, esta vez en Georgia, el famoso experimento de Orson Welles de La guerra de los mundos, adaptándolo a sus circunstancias sociopolíticas -ahora era una nueva invasión rusa-, con el resultado de siempre, que decenas de miles de personas tomaron por cierta la fabulación.

Más allá de las anécdotas, cualquiera puede verificar la creciente maleabilidad de nuestro mundo, con la consiguiente disolución de certidumbres y directrices. La propia noción de “realidad virtual” -un oxímoron- es buena muestra de ello. La inevitable desembocadura de todo ello es un relativismo de bajo vuelo, de andar por casa y, sobre todo, epítome de la comodidad: como no hay nada seguro ni inamovible, como todo se ha revelado provisional, adaptémonos a la corriente, vayamos tirando o, mejor, dejándonos llevar. Si nada importa mucho, más allá de su valor instrumental en un momento concreto, no es extraño que se extienda una indiferencia universal. Podría hablarse de un blando hedonismo solipsista, si no fueran términos demasiado rimbombantes para referirse a lo que en el fondo no pasa de ser algo muy parecido a lo que antes se llamaba egoísmo de niño mal criado. Infantilismo e inmadurez, para expresarlo rotundamente. De ahí que sociológicamente la niñez mental se prolongue hasta los dieciocho años, la actitud adolescente hasta los veintitantos y la juventud alcance hasta los cuarenta.

El resultado inmediato es que, no ya los viejos valores, sino hasta los altos conceptos parecen cosa del ayer, una especie de antigualla grandilocuente. Debo reconocer que no es un hecho de ahora mismo, sino que hunde sus raíces en nuestro pasado cercano. Hanna Arendt popularizó en su día, a propósito del asesino nazi Adolf Eichmann, la expresión “banalidad del mal” para referirse a la actitud irreflexiva de quienes cometen las mayores barbaridades amparándose en criterios funcionales (“cumplir órdenes”, por ejemplo). Más atrás aún, Émile Durkheim puso en circulación el concepto de “anomia”, es decir, ausencia de normas, carencia de valores. Lo que en su día pudo ser una novedad viene a ser para nosotros un elemento cotidiano, como una obviedad que, en todo caso, de tan familiar pasa simplemente inadvertida. Nos hemos acomodado en la era de la trivialidad. Sin duda, frente al fanatismo y la intransigencia de otras épocas, es una gran conquista. El problema es que la trivialidad, por su propia esencia, se consume en sí misma.

Es verdad que podría decirse de esta generalización que es un abuso de la estadística, como decía Borges de la democracia. Pero aun reconociendo lo que hay de simplificación o incluso injusticia en cualquier esquematización, me atrevo a apuntar que una de las características primordiales de nuestra época es esa inconsistencia generalizada de conductas, planteamientos y teorías. Incluso cuando se trata de las acciones más reprobables. Me pregunto si eso es “banalidad del mal” o estamos ya incluso en un estrato inferior (no por las consecuencias sino por las actitudes). Pienso por ejemplo en el personaje de Meursault en El extranjero, de Albert Camus, que llega hasta el asesinato por pura inercia. Mata por matar, sin razones, sin motivos, por aburrimiento. Desde entonces todos nos hemos acostumbrado a la presencia de este tipo de personajes en las más variadas representaciones, en especial la novela y el cine. El “psicópata americano” de Bret Easton Ellis es el nieto de Meursault, sólo que mata más y más sádicamente. Podríamos consolarnos aludiendo a la función catártica de la literatura y el arte, pero mucho me temo que, en una sociedad inconsistente, haya más peligro de contagio mimético que de sublimación purificadora.

Ya no hay dogmas, claro, ni siquiera grandes certezas, pero tendríamos que examinar si en esa deriva no hemos ido a arribar al extremo opuesto en el que todo vale lo mismo, de manera absolutamente indiferenciada. Parece como si en esto último consistiera la posmodernidad, un concepto tan etéreo e inasible como la propia realidad a la que trata de referirse. El multiculturalismo -triunfante hoy en tantas universidades europeas y americanas- proporciona una confortable cobertura teórica a ese relativismo. No es una mera cuestión ideológica, pues da la impresión de que las facilidades y comodidades que procura la sociedad del bienestar han llegado a amodorrar también nuestra sensibilidad y han anestesiado además nuestra capacidad de respuesta. En la era de la trivialidad, ya no nos exigimos a nosotros mismos ser ciudadanos conscientes. Nos basta con ser consumidores compulsivos.
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