22 de agosto de 2019, 15:45:17
Opinion


Ni pródigos ni prodigio

Fabiola Maqueda


Cuando estudiábamos periodismo en los años 80 nos decían incansablemente que la televisión estaba haciendo una gran labor educativa, sin dejar por ello de procurar entretenimiento, y ahora ¿qué? Pues, ahora, del maridaje de ambas funciones, el magacín interminable televisivo vomita esperpentos, como este de la generación NINI, sin otra finalidad que distorsionar acríticamente la sociedad decadente en que nos hemos convertido. Se me atragantan las preguntas cuando intento pensar, como televidente y como educadora, a qué clase de argumento apelar, al de la experiencia, la calidad, el buen gusto, o sencillamente al del sentido común, para que estos fabricantes de basura al por mayor pongan coto a su enfermiza imaginación.

- ¿Quién puede disfrutar, tenga la edad que tenga, del fracaso de los jóvenes?
- ¿Quiénes son ellos para dar una oportunidad de-formación a nadie?

La gente no es únicamente cliente, ni objeto de negocio, porque si nos lo plantean de ese modo, entonces, debemos respondernos que no hay límite entre la publicidad comercial y la opinión pública. Es decir que nos están abocando a responder como parte agraviada, en el campo de lo jurídico. Sin embargo, mi demanda es ética.

El plató, y yo lo he frecuentado durante más de una década, no es una celda de castigo, ni los profesores de toda suerte de academias (OT, Gran Hermano o Generación NINI) integran la mesa procesal de un tribunal inquisitorial. Su función no implica que deban ser hirientes ni cotillas, ni moralizadores, sino sólo buenos profesionales del gremio: artistas, informadores o productores, que conocen y respetan los códigos formales del trato a personas libres. ¿O es que acaso ese nuevo espacio de la Sexta trata a sus integrantes como a una cuerda de presos que tienen que cumplir alguna pena de privación de libertad, bajo la perspectiva miope de sus vigilantes? No me puedo resistir al facilismo que se me sirve en bandeja, acerca de una cuestión sin aparente respuesta. ¿quién vigila al vigilante? En efecto no es la sociedad, sino el mercado de anunciantes. De tal modo que, al final, los productos que esponsorizan esta clase de formatos los pagamos múltiples veces: a través de los impuestos, sumándole el canon publicitario, y en la carnadura de nuestros valores cívicos. ¡Qué caro, no!

En este mundo de las sallivaram (léase como convenga), los platós se convierten en panópticos rentables (así lo planeó Jeremy Bentham) para enclaustrar a gente joven, antes de que delincan; mientras que las galerías y celdas se convierten en platós, como se comprueba en la cárcel de Dueñas, en Palencia. En este penal se ha puesto en marcha un canal de 16 horas semanales para los internos. “El minuto de gloria” permite a un equipo de 20 presidiarios exteriorizar, en tono humorístico, sus experiencias, salir de su rutina y, literalmente, soñar con la libertad.

Toda esta paradoja acerca de lo que entendemos por libertad me hizo pensar en el magnífico texto de Kafka, Informe para una Academia, pronunciado por un mono enjaulado, y del que a continuación cito un fragmento muy esclarecedor.

(…) Con la libertad -y esto lo digo al margen- uno se engaña demasiado entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, así de sublimes son también los correspondientes engaños. En los teatros de variedades, antes de salir a escena, he visto a menudo ciertas parejas de artistas trabajando en los trapecios, muy alto, cerca del techo. Se lanzaban, se balanceaban, saltaban, volaban el uno a los brazos del otro, se llevaban el uno al otro suspendidos del pelo con los dientes. "También esto", pensé, "es libertad para el hombre: ¡el movimiento excelso!" iOh burla de la santa naturaleza! Ningún edificio quedaría en pie bajo las carcajadas que tamaño espectáculo provocaría entre la simiedad. No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a izquierda, adonde fuera. No aspiraba a más. Aunque la salida fuese tan sólo un engaño: como mi pretensión era pequeña el engaño no sería mayor.

Pero acaso la idea del equipo NINI de la cadena televisiva (que sí emite en abierto) no proceda de un darwinismo social a la inversa, sino, tal vez, de la variada casuística que trata de los problemas de socialización del niño salvaje. Muy rebuscado, sí, pero parecerlo, lo parece.

He barajado algunas posibilidades a modo de adivinanza: Quizás la setentera cinta de Werner Herzog, El enigma de Kaspar Hauser , que recrea la historia de un niño, encontrado en 1828 en Núremberg, , que había vivido encadenado en un zulo. A los 16 años mostraba una conducta totalmente pueril y problemas de entendimiento; contestaba a todas las preguntas que se le hacían con un woiß nit (no sé). Pero también, cómo no, la figura de Víctor, el salvaje de Aveyron, a través de cuyo célebre caso transmite Truffaut (L'enfant sauvage) la fascinación que estos primitivos ejercen sobre los «civilizados», ya desde la Ilustración francesa. La filmografía norteamericana ha dado también sus réplicas en este sentido; The Mockingbird Don't Sing, sobre el caso de Genie, una niña de Los Ángeles que fue hallada en 1970, después de sufrir una infancia de encierro y abuso. De pura ficción, sin referente en el mundo real, Nell (1994) que fuera protagonizada con regular fortuna por Jodie Foster. El inconveniente, en este asunto de Generación NINI, es doble. Ni ellos son expertos en educación para reemplazarnos, Ni tampoco funcionarios de prisiones para encarcelarlos.

Pero lo peor de todo, lo más desalentador, es la complicidad de los padres de esas criaturas de laboratorio, que no deben padecer ni deficiencia intelectual severa, ni inhabilidad física, como para delegar el cuidado de sus hijos en semejantes tutores. Cuando, además con su consentimiento, los condenan, cada día, a representar su futura marginalidad.

Desde mi punto de vista, este programa no debe ser ni sustituto ni efecto placebo del necesario y urgente debate social sobre el estado de la educación y de la enseñanza, así como de la responsabilidad de sus respectivos protagonistas. También en los centros públicos de enseñanza (IES) hay cámaras de videovigilancia, pero su contenido está protegido por la ley, porque atañe a la integridad física y moral de las personas. Y, por otro lado, no nos engañemos, no hay mayor oportunidad perdida que la de faltarnos el respeto.

Hasta dramáticamente carece de calidad. Es lo que pasa con los guiones de pega y los parlamentos improvisados, pues, como actores amateur que son, ni siempre pueden estar inspirados, ni lo que dicen y hacen es necesariamente comunicable fuera de la estricta intimidad. Parafraseando el eslogan que más seguidores ha tenido en los últimos tiempos: OTRA TELEVISIÓN ES POSIBLE.
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