22 de noviembre de 2019, 11:53:05
Opinion


Tordesillas

Concha D’Olhaberriague


La histórica ciudad vallisoletana del Tratado ibérico del 1494 se alza sobre una terraza mirador a orillas del Duero, hoy crecido, rebosante y ruidoso contra los potentes tajamares de su puente medieval.

Miguel de Unamuno lo evoca, en especial, en un hermoso poema de su Cancionero: “Durium, Duero, Douro”, donde dedica un dístico a su paso por esta villa: “Tordesillas, de la loca- de amor vas bizmando el duelo/ a que dan sombra piadosa - los amores de Don Pedro”.

Otros poetas bien conocidos lo tuvieron presente en sus versos. Claudio Rodríguez se demora asimismo en las resonancias del nombre y lo proclama el río Duradero.

Llego aquí, a pasar el día, a las pocas horas de la muerte de Miguel Delibes, hombre de bien en palabras certeras de Luis María Anson.

Al coronar el cerro, el monumento escultórico al Toro de la Vega anuncia el ancestral sacrificio que se renueva todos los años en septiembre con motivo de las fiestas del lugar.

Contemplo el paisaje abierto y hondo desde la explanada intramuros, junto al lugar que ocupó el Palacio Real de la muy prolongada reclusión de doña Juana I de Castilla, la Loca, edificio aledaño al majestuoso Monasterio de Santa Clara, entreverado de palacio mudéjar, y no puedo evitar acordarme del escritor. Le oí decir, en una ocasión, que salía al campo los domingos y hacía acopio de fuerzas para toda la semana. Tal solaz venía a ser un menester gozoso y salutífero. Lo comprendí muy bien.

De su obra y de su persona se ha escrito mucho y bien. Era de rigor. Tampoco ha faltado alguna simpleza hija del tópico. Su voz era propia y personal, no colectiva, y no era austera sino lírica y poderosa.

Rememoro al Miguel Delibes debelador de las trampas del progreso en su personaje favorito, el singular Daniel el Mochuelo de El Camino; al apasionado defensor de la naturaleza en sus extraordinarios libros de caza; a la persona dotada de ironía y sentido del humor.

Contaba uno de sus hijos como, en un paseo por el Campo Grande, se le acercó un muchacho aturdido y lo saludó pensando que era Azorín. Divertido, el escritor le espetó: “joven, Azorín lleva mucho tiempo criando malvas”. Acto seguido, se regocijaba con su hijo imaginándose al incauto mozo contando, al llegar a su casa, que se había encontrado con Azorín y éste no había querido reconocer quién era.

Antes de su postración, solía pasear por su ciudad y gustaba de pegar la hebra con quienquiera que se le acercara.
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