22 de septiembre de 2021, 19:10:14
Opinión


La sociedad vigilada

Enrique Arnaldo


Cuando sales a la carretera unas cámaras adosadas a unos altísimos postes vigilan la intensidad de la circulación y retransmiten al centro de pantallas, y desde éste a las televisiones, el embotellamiento de turno. Salpicados cada 30 o 40 kilómetros y anunciados con señales luminosas nos encontramos controles mediante radar que hacen fotografías a los vehículos que ignoran el límite de velocidad.

En ciudad se multiplican las denominadas cámaras de videovigilancia fijas y orientables que toman buena nota de todo lo que acontece en el entorno del edificio protegido por el ojo que todo lo ve. Apenas puedes dar dos pasos por una calle comercial o por otra trufada de centros oficiales sin que te graben y te oteen aburridos vigilantes de seguridad comiéndose un bocadillo de chorizo. No es posible salir a la calle sin lavarse, peinarse y ajustarse la corbata y el cinturón. No hay mujer que, hoy día, pueda olvidarse del rimel y del cuidado maquillaje pues todo queda grabado y cualquiera sabe si llega a uno de los denominados programas del corazón que nos invaden como cucarachas malolientes. Estos se surten de grabaciones espurias, de “pillajes” y de trampas de una sociedad cotilla.

¡Y qué decir de los parques y jardines, de los autobuses, de los centros comerciales! O de los miles de personas descubridoras apasionadas de la cámara fotográfica de 5 píxeles que lleva su móvil para tomar instantáneas de todo y todos los que se ponen por delante. De pronto te encuentras colgado en cualesquiera de las satánicas redes sociales por Internet en una postura aburrida o con una cara de borracho o simplemente con alguien impresentable o al menos olvidable.

Ha decidido por nosotros un infecto descendiente de George Orwell que no cabe el anonimato, que lo no televisado no existe o es simplemente prescindible. En la fantástica interpretación en “Todo por un sueño” de Nicole Kidman nos horrorizamos ante un personaje que todo lo subordina a aparecer en la televisión, aunque para ello tenga que conseguir la fama convenciendo a unos adolescentes marginales para que asesinaran a su marido. No es un argumento tan irreal como alguno quisiera creer. ¿Cómo explicar que rompan los porcentajes de share los programas que encierran entre sus paredes a un grupo de personajillos aspirantes a la fama insustancial cuyos movimientos graban cámaras que únicamente salvan el inodoro?

Me apasiona mi privacidad y ofrecería una uña por la defensa de la privacidad de los demás. Mientras tanto me bajo del autobús para perderme por un pinar espeso en el que prohíban los merenderos, las radios gritonas y las Elisabeth Antonia.

La ambición del éxito efímero crea ceguera. Y ya no hay sitio para tanto invidente.

P.S. Aún me parece más humillante que me hagan mirar a la cámara para sacarme una fotografía malísima y desganada (que se incorpora a un archivo, se supone que temporal) para permitirme el acceso a un edificio. Lo que les digo, sin una buena ducha y ropa limpia no se puede ir a ninguna parte.
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