14 de noviembre de 2019, 7:44:51
Opinion


Berzosa prueba de su propia medicina



Todo aquel que acude a dar una charla a la universidad se expone a ser recibido con división de opiniones. Ha pasado en multitud de ocasiones, aunque no en todas los “estudiantes” -muchos de los que acuden a protestar a este tipo de actos suelen ser reventadores profesionales- se han comportado con el debido respeto. Es parte de la cultura antidemocrática de la irresponsabilidad: derechos sin deberes. Bien lo sabe ahora el rector de la Universidad Complutense de Madrid, Carlos Berzosa, quien esta semana sufría en sus propias carnes la ira de unos jóvenes profundamente descontentos con el deterioro de las instalaciones donde viven; en este caso, colegios mayores dependientes de la propia Complutense.

Nada justifica los empujones, salivazos y demás excesos intolerables que los estudiantes cometieron contra el rector. La mucha o poca razón que pudieran tener se pierde por completo en el mismo momento que alguien se extralimita en su protesta. Así, el rector Berzosa hace lo correcto al denunciar semejantes hechos y anunciar que se expedientará a los responsables. Pero hay aquí tres cuestiones que merece la pena analizar. En primer lugar, el deplorable estado de algunos colegios mayores, para cuya conservación Berzosa ha recibido de la Comunidad de Madrid más de 140 millones de euros. Insistimos en que nada justifica los improperios que padeció el rector, pero basta echar un vistazo al interior de alguna de estas residencias universitarias para entender el descontento y la irritación de quienes allí viven. En segundo lugar, los estudiantes en cuestión se han disculpado por su actitud, algo tan loable como poco habitual. Y es que cada vez que se producen altercados de orden público en el ámbito universitario, lo normal es que los causantes se vayan de rositas.

Lo cual nos lleva al tercer punto, y es la actitud del señor Berzosa ante casos semejantes. Preguntado por la bochornosa actuación de algunos estudiantes no hace mucho, cuando Rosa Díaz intentaba dar una conferencia en “su” universidad, el rector se defendió arguyendo que él ha sido elegido democráticamente. ¿Y acaso Rosa Díez no? Con todo, la condición de haber sido elegido no es el requisito fundamental para respetar la libertad de palabra en un recinto académico. Un académico culto como el profesor Berzosa debería saber que la democracia es primordialmente “discusión pública” y que la “libertad de palabra” (isègoria), el derecho de todos a intervenir (parrhésia), que es el término que utiliza Herodoto para caracterizar el régimen político ateniense, significativamente precedía a –y estaba en el origen de- la democracia.

Hay que decir que su silencio ha sido igual de clamoroso en situaciones semejantes anteriores, como cuando calló ante el acoso que sufrió María San Gil en Galicia, también dentro de un acto universitario. O todos o ninguno. La libertad de expresión no puede nunca llevar como efectos colaterales agresiones y faltas de respeto. Nadie puede ser privado del derecho a expresarse libremente en un entorno como el universitario. Y, desde luego, la protección de este derecho ha de hacerse extensiva a la totalidad de personalidades que intervengan allí, pero a todos por igual, y no dependiendo de la simpatía que la ideología de los conferenciantes suscite al rector de turno.
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