28 de enero de 2020, 2:55:26
Opinion


Paradojas de la paridad

José María Herrera


Justo cuando me disponía a escribir este artículo he leído en nuestro periódico que una fotógrafa canadiense, Lisa Murphy, acaba de presentar un libro pornográfico para ciegos. Creo que es la primera vez que se hace algo así, y aunque no veo la necesidad, ni el interés, quizá los ciegos lo reciban con entusiasmo. La perplejidad que me ha producido la noticia, la misma que me hubiera causado saber que alguien ha compuesto una sinfonía para sordos (lo contrario, no es preciso decirlo, ya ha ocurrido en la historia), se ha agudizado, sin embargo, al conocer la justificación que la autora hace del proyecto. “Los ciegos –explica- han sido marginados en una sociedad saturada de imágenes sexuales.”

Esto de que los ciegos no estén ciegos, sino marginados por la sociedad, discriminados, como les gusta decir a los papanatas de la progresía, porque no pueden acceder a las revistas pornográficas y a la imaginería sexual, es un ejemplo más de las tremendas consecuencias que tiene confundir lo que debería ser con lo que es. Adoptamos como un axioma incontrovertible la idea de igualdad y, luego, extraemos conclusiones que llevan directamente a la estupidez. Es exactamente el mismo género de argumentación del que suelen servirse aquellos que afirman que todo lo que no sea discriminar positivamente a las mujeres es tanto como perseverar en su discriminación. Semejantes sofismas, amparados en los tópicos más groseros y en la falta de reflexión, prosperan con una facilidad asombrosa. Por este camino, la democracia muy pronto se convertirá en tontocracia.

Pero no es de esto de lo que deseaba hablarles. Mi propósito era comentar un asunto relacionado con el anterior. Como he consumido ya mucho espacio mostrando mi perplejidad por las que cosas que suceden ahí fuera, me conformaré con exponerlo tal y como me lo contó un amigo, testigo accidental de la escena. El asunto tiene miga, como el estilo de Baroja, que era panadero, pero es preferible que ustedes mismos extraigan sus conclusiones. La página no da hoy para más.

La escena se produjo en el pasillo de un edificio público, delante de un tablón en el que figuraba la lista de aprobados en una oposición a uno de los cuerpos más prestigiosos de la administración. Dos chicas repasaban el elenco de nuevos funcionarios públicos. Una de ellas observó que el número de mujeres que habían obtenido plaza era notablemente superior al de hombres. Esto no tiene nada de particular porque, pese a lo que se dice, las mujeres no sólo son minoría en el aparato del Estado, sino que superan con creces a los varones. Lo son desde hace tiempo en la docencia, pero comienzan a serlo también en los hospitales, en los juzgados, en las oficinas. El discurso hegemónico sigue insistiendo en que una estructura ominosamente discriminatoria impide a las mujeres convertirse en actores libres, de acuerdo con los dictados de la Constitución, pero la cosa ya no está tan clara y algunos sospechan que dicho discurso no es tan bondadoso como parece, sino una pantalla tras la cual se ocultan las sempiternas luchas por el poder.

Sea como sea, el caso es que una de las muchachas que miraban el tablón, después de terminar el recuento de aprobados y aprobadas, entre las cuales no se encontraba, comentó a su amiga con cierta irritación:

“¿Qué te apuestas a que el rollo ese de la paridad es un invento de los hombres para mantener su posición de privilegio? Dentro de muy poco habrá ocho mujeres por cada dos hombres compitiendo por los puestos de responsabilidad, y aunque estemos más preparadas que ellos, la paridad nos cortará el paso, de manera que un veinte por ciento de varones se repartirán el cincuenta por ciento de los puestos más importantes y el ochenta por ciento de mujeres el cincuenta restante.”

Mi amigo, que es argentino, descontentadizo y un poco bruto, no recuerda si la otra protagonista de la historia añadió algo, pero él se acordó de la gata de doña Flora, que cuando se la meten grita y cuando se la sacan llora.
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