27 de septiembre de 2021, 16:30:18
Opinión


Jerusalén, entre el Holocausto y la Nakba

Víctor Morales Lezcano


A principios del año en curso, ha salido a la venta un libro-testimonio de Kai Bird, ciudadano estadounidense y premio Pulitzer en su momento. Crossing Mandelbaum Gate. Coming of Age between the Arabs and Israelis: 1956-1978 (Scribner) comparte, en puridad, un género publicístico que se sitúa a mitad de camino entre la crónica periodística y la evocación personal. La anfibología del libro de Kai Bird no le resta actualidad a su tema central, cuenta tenida de la reciente puntualización del presidente americano en fecha tan próxima como es todavía el 13 de abril pasado: “resolving Middle East dispute is a vital national security interest of the United States”.

O sea, la administración política de Obama parece haber llegado (finalmente) a la conclusión de que, no sólo la agitación permanente en Gaza y Cisjordania, sino muy en particular la candente disputa en torno al presente y el futuro inmediato de Jerusalén, constituyen obstáculos mayores para reiniciar el maltrecho proceso de paz (entre israelíes y árabes-palestinos u otros), desactivar a formaciones islamistas radicales como Hamas, particularmente en la ciudad de Gaza, y Hezbollah, desde sus reductos libaneses, respaldado por Siria e Irán conjuntamente.

Para el presidente Obama, gran parte del legado hostil que gravita en torno a Estados Unidos en todo el Oriente musulmán, proviene del contencioso israelo-palestino. Esta aparente convicción de Estado supone un giro copernicano con respecto al enfoque, hoy impugnado, que dispensó a la cuestión George Bush durante los dos mandatos de signo republicano que le tocó presidir.

A babor, Estados Unidos tiene garantizada la enemiga -o, al menos, el despecho- de amplios sectores del Islam meridional; mientras que, a estribor, no sólo la coalición formada por likudíes y ultra-ortodoxos, sino, desde hace semanas, lobbies de la judería internacional -eminentemente americana- están reiniciando una movilización compacta de la opinión pública a lo largo y ancho de los Estados Unidos. No hace falta subrayar en qué sentido apunta esa movilización.

El Israel Public Affairs Comité se ha dirigido recientemente a la Secretaría de Estado para expresarle su inquietud por la tensión que se ha generado entre Obama y Netanyahu de resultas del tema del este de Jerusalén, mientras que una figura del relieve de Elie Wiesel ha venido a proclamar urbi et orbi que “si Jordania no se hubiese coaligado con Egipto y Siria en la guerra de 1967, la vieja ciudad de Jerusalén sería, todavía, árabe”. Añadiendo que Jerusalén es el corazón de la religión judía, aparte de ciudad-santuario de cristianos y musulmanes.

Israel, el Judaísmo en parte, sigue latiendo al compás sinusal de los tiempos del Holocausto. Todas las evidencias apuntan en tal sentido. Y, no ya los palestinos castigados por la derrota árabe sufrida en 1947, sino también el Oriente musulmán en su conjunto arrastra el sino de la Nakba (Derrota) y de la serie de reveses encadenados que vino a sufrir ese referente desde entonces hasta, prácticamente, 1979. Fue con el triunfo arrollador de la República iraní de los ayatollahs cuando empezó a ganar “confianza en su misión” el Oriente musulmán. Mientras que el Holocausto y la Nakba continúen retroalimentando los cuarteles generales de israelíes y árabes, la muralla divisoria entre sus fieles no hará sino endurecer su masa pétrea.

Es éste un recordatorio que no parece inoportuno airear en momentos tan delicados como el que está atravesando el replanteamiento de la cuestión israelo-palestina.
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