23 de agosto de 2019, 15:41:35
Opinion


¿Libertad religiosa?

Regina Martínez Idarreta


El griterío mediático que se ha armado alrededor del caso de la niña de Pozuelo y su pañuelo, está obstruyendo las entendederas de eso que llaman opinión pública y cada cuál lanza sus consignas al viento, como si de un diálogo de sordos se tratara. Como en cualquier tema en el que se toque, aunque sea de refilón, la cuestión del velo islámico, todos los defensores de lo políticamente correcto han saltado como locos, para defender una supuesta libertad religiosa que en ningún momento se ha puesto en cuestión. Lo que está en el punto de mira es la famosa autoridad perdida del profesorado y el derecho, mejor dicho, la obligación de éstos a fijar unas normas y hacerlas cumplir a sus alumnos.

Llevamos meses oyendo hablar de la pérdida de autoridad de los profesores, de alumnos que agreden física y verbalmente a sus tutores, en muchos casos con la connivencia e incluso colaboración de sus padres. Periódicamente los medios de comunicación se hacen eco de la necesidad de volver a construir un marco de autoridad para los profesores, ya que sin él el ejercicio de su labor resulta prácticamente imposible. No se puede obligar a un chaval de 16 años a asistir a clase a punta de pistola, ni castigar a alumno pegándole con la regla en la mano o colocándole de rodillas contra la pared por no hacer caso al profesor. La única baza con la que juegan los profesores para poder imponer sus normas a los alumnos es una barrera invisible, implícita, que les sitúa en un nivel de cierta superioridad. Pero esta barrera es muy fina y si una de las partes decide saltársela queda totalmente invalidada.

La barrera se construye de muchas formas y una de ellas es el respeto a las normas del instituto o que impongan los profesores. Si una de ellas es no permitir a los alumnos acudir al mismo con la cabeza tapada, ya sea una gorra, una mantilla o un pañuelo islámico, hay que respetarla. Porque si cada cuál opta por adaptarla a sus gustos, la tan manida autoridad necesaria para educar queda en papel mojado. La política de actos consumados que están llevando a cabo esta chica y su familia, cuando sabían de antemano cuál era la postura del centro ante el pañuelo, tiene un tinte impositor y desinformador, más aún cuando de manera intencionada se está mezclando el debate con cuestiones de libertad religiosa e incluso de derecho a la educación. Ellos sabían cuáles eran las normas del instituto y por tanto deben respetarlas.

Imaginen ahora que, si en vez de sobre un pañuelo islámico estuviéramos hablando de una niña que reivindica su derecho a asistir a clase enseñando el tanga y todas sus compañeras de curso se solidarizaran con ella haciendo lo propio. Obviamente, unos cuantos tangas a la vista, por encima de un pantalón, no hacen daño a nadie ¿Si las niñas se ponen burras, habría que primar su derecho a la educación por delante del respeto a las normas? Pues lo que se está debatiendo aquí es lo mismo, con la diferencia de que, al mezclarse con cuestiones de corrección política e interculturalidad panfletaria, poca gente se atreve a hablar con claridad, por miedo a que le tachen de retrógrado. Empezando por el ministro de Educación, que poco favor ha hecho a todo el sector educativo al no mostrar su apoyo al instituto. Si ni siquiera él lo tiene claro, mal vamos.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es