20 de septiembre de 2021, 18:25:26
Opinión


La maravillosa luminosidad de la Edad Media

Pedro González-Trevijano


Llevamos sufriendo recurrentemente, no hace todavía demasiado, una preterición inmisericorde de los tiempos y trabajos medievales. Frente a la luz cegadora del Renacimiento, paradigma máximo del sobresaliente actuar del hombre -erigido incontestablemente como centro del universo-, la Edad Media se nos explicaba como una oscurantista época intercalada entre el poderoso Imperio Romano y los deslumbrantes años de un Renacimiento glorioso. Pues bien, una vez más, el que podríamos denominar tolkianamente el Tiempo Medio, se nos rebela estéticamente, y se subleva también justamente, como más que el mentado tópico tradicionalmente descalificador. Acérquense al Museo del Prado, y tendrán una prueba irrefutable de la falacia, en este caso artística, de tan manida desacreditación. Unas obras que, como constatarán prontamente, van mucho más allá del triste candil y la mortecina vela de unos siglos preñados de trasnochados adivinos, brujas y dragones.

En efecto, el Museo del Prado, al hilo de su remodelación, nos muestra una nueva mirada -cada visita a nuestra Pinacoteca nos concede la impagable oportunidad para descubrir perfiles desconocidos- sobre los avatares artísticos españoles, y por ende europeos, en los años medievales, prerenacentistas y hasta renacentistas. Ciento veinte obras, entre los siglos XIII y XVI, justifican el título de estas reflexiones: la Edad Media disponía de una inequívoca luminosidad, más allá de presentársenos como una prehistoria primitiva y anquilosada del devenir de lo moderno. Como si lo rabiosamente moderno fuera intangible patrimonio del mediato Renacimiento y del inmediato tiempo convulso de las cercanas Vanguardias. ¡Pues miren, no! Las pinturas medievales, románicas y protorenacentista impulsan y guían, desde su irrefutable calidad e innovación, el camino de los movimientos venideros. Una tarea que nunca es abordable sin conocer, y esta es una adecuada oportunidad, raíces, pasado, historia y basamentos. Entiendo así con Umberto Eco, “que el Medioveo es nuestra infancia a la que siempre hay que volver para realizar la anamnesis.” Y algo más: la mayoría de las piezas expuestas en las siete salas ampliadas del originario edificio de Juan de Villanueva no proceden, como la mayoría de sus más renombrados fondos, de las colecciones reales, sino de adquisiciones, donaciones y daciones en pago. Una circunstancia, ¡hete aquí!, más propia de los tiempos modernos, ¡qué contradicción para los circunspectos puristas!, que de las épocas habitualmente más admiradas.

Así, de manera casi mágica -¡ya que hasta no hace demasiado se postulaba el carácter fantástico del claroscuro medieval frente al alumbrado racional del arte renacentista!- el Museo del Prado nos brinda la oportunidad de aproximarnos a un conjunto único de piezas de dispar naturaleza: pinturas, tablas y murales. Desde las coloristas pinturas murales de san Baudelio de Berlanga (Soria) y de la capilla de la Santa Cruz de Maderuelo (Segovia) del siglo XII -recreadas como se encontraban antes de su traslado al Prado en el siglo XIX -, desde los frescos románicos arrumbados en los fondos del Museo, hasta las más adelantadas obras a su era, y por ende, plenamente modernas: Fernando Gallego -con su Cristo bendiciendo-, Bartolomé Bermejo -les sorprenderá, otra vez, la monumentalidad muralista frontal de su Santo Domingo de Silos entronizado-, Juan de Flandes -es imposible sentir mejor la desazón por la muerte de Cristo que en su Crucifixión-, Luis de Morales -con razón denominado El Divino, y de quien admiramos el recientemente adquirido El nacimiento de la Virgen-. Y muchos otros de nuestros mejores creadores: Diego de la Cruz, Pedro Berrugete, Fernando Yañez de Almedina, colaborador probable del mismísimo Leonardo en su fracasada Batalla de Anghiari -no se pierdan su delicadísima Santa Catalina-, Pedro Machuca -con su manierista Descendimiento y la sfumata La Virgen del sufragio-, Juan Correa del Vivar -con su Anunciación-, Juan Sánchez -párense en su narrativa La crucifixión- y Juan de Juanes, pintor de la corte de la reina Isabel La Católica -con su expresiva Última Cena adquirida en 2005-. Y una pintura referencial que no podemos olvidar por su valor histórico y simbólico: La Virgen de los Reyes Católicos, con la representación -además de los Monarcas, del príncipe Juan y de la princesa Juana- de Santo Tomás de Aquino, fray Tomás de Torquemada, Santo Domingo y san Pedro Mártir.

Un atiborrado y amplísimo recorrido por el arte español, pero eso sí, escoltado por otros trabajos más allá de nuestras fronteras. Entre todos, destacar quizás la llamativa Virgen de la leche de Pere Lembrí. Lo dicho, una genealogía artística que no podemos saltarnos, pues es tan merecedora de estudio, por su riqueza y variedad, como las posteriores y normalmente más consideradas. Demos las gracias al Prado, una vez más.
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